Semana
07
P. G. López Ilich

[Mitología feminista #2] Japón, la tierra del sol moribundo

Género
Relato
Ranking
0 169 0

   Amaterasu siempre se maravillaba al escuchar las historias de su concepción: Su padre Izanagi, tras fracasar en la valiente gesta de rescatar a su pareja Izanami del yomi, el Inframundo, completó el baño de purificación ritual. Al secarse la nariz, engendró a Susanoo; al secarse el ojo derecho, engendró a Tsukuyomi; y al secarse el ojo izquierdo, la engendró a ella. Izanagi consideró apropiado dividir sus poderes entre sus vástagos, y otorgó a Amaterasu el dominio del sol y el cielo, a Tsukuyomi el dominio de la luna y la noche, y a Susanoo el dominio de la tierra y el mar.
   Susanoo demostró desde pequeño una actitud fría, rígida y agresiva que hizo cultivar la paciencia de Amaterasu, frecuente objetivo de sus burlas. Amaterasu y Tsukuyomi, se amaban tanto que se casaron. Su relación fue sana, estable y provechosa, hasta que el dios, o kami, asesinara a Uke Mochi, diosa de la comida, después de ver cómo ésta sacaba alimento de su boca, nariz y ano. Amaterasu, decepcionada, señaló a su hermano y marido como un ser maligno, desalmado y cruel con el que rompió relación. Esto daría lugar a la separación entre noche y día que hoy conocemos.
   No obstante, el sufrimiento que los hombres causaron a la megami, la diosa, provino de su otro hermano especialmente: Susanoo. Éste la había guardado rencor desde el principio, descontento con el reparto de dominios que su padre llevó a cabo. Susanoo era un gran aficionado a la bebida, y en una borrachera intensa arrasó con los campos de arroz de su hermana, destruyendo también su sistema de irrigación y arrojando excrementos a su palacio y templos. A pesar de ello, Amaterasu aún guardó la paciencia, exigiendo a su hermano que cesara sus actividades destructivas y que se disculpara. Éste la ignoró, dando un paso más allá: desolló al caballo celestial, dejándolo caer sobre los telares donde Amaterasu y sus amigas trabajaban. Al romperse los telares, muchas mujeres resultaron heridas y algunas llegaron a morir. Furiosa, la megami del sol se escondió en la Cueva Celestial, sellando la entrada.
   El mundo se sumió en tinieblas durante días, meses, años. Las cosechas se arruinaron, los seres enloquecieron a falta de luz y el resto de kamis se sumieron en la más absoluta desesperación, incluido Susanoo. En definitiva, el caos imperaba sobre el Cosmos, habitado por multitud de espíritus malignos cuya única preocupación era infligir daño.
   Todos los dioses, algunos dicen que 800, otros 8 millones, y otros que eran tantos que eran incontables, se reunieron en la entrada de la Cueva para discutir qué hacer.
-Lo hemos intentado todo, no va a salir.
-Esta situación no puede seguir así. Susanoo, es todo culpa tuya.
-Tengo una idea –dijo Omoikane, kami de la inteligencia-, nadie se puede resistir a la danza de la megami Ama No Uzume. Daremos comienzo a una fiesta donde ella será el centro de atención. Amaretasu no podrá resistir a la curiosidad y retirará el sello de la Cueva. Entonces, la mantendremos afuera, y no hará falta ni violencia, ni fuerza, ni presión.
   Los dioses, o kami-gami, murmuraron entre ellos. Ama No Uzume confirmó su agrado con el plan, pero nadie tenía claro cómo convencer a la megami del sol de abandonar su escondite definitivamente.
   -Lo comprobaréis a su debido tiempo.
   La fiesta empezó: los kami-gami reían, la comida y bebida fluía, Ama No Uzume hipnotizaba a quienes la observaban con sus golpes de cadera, la voluptuosidad de su vientre, la armonía presente en cada uno de sus movimientos con los brazos. Amaterasu, por primera vez en muchísimo tiempo, quiso prestar atención a lo que ocurría afuera dado el jolgorio, y acabó por decidirse en abrir ligeramente la puerta de la Cueva. Omoikane, alerta, puso en marcha su plan: según Amaterasu salió por completo de su escondite, se encontró de frente con un espejo.
   La megami observó su reflejo por primera vez en su vida: se vio preciosa, fascinante y resplandeciente. Sintió la luz alimentarse y multiplicarse con la de su reflejo, y según éste aumentaba el jolgorio disminuía, y los kami-gami se quedaron con la boca abierta. Todos salvo Omoikane, que aprovechó para cegar la entrada de la Cueva. De todas formas, no hubiese hecho falta, dado que desde ese día, Amaterasu tomó plena consciencia de su poder, de la necesidad de esparcir su luz y de combatir las injerencias masculinas que tanto dolor la habían causado a ella y al mundo: no las toleraría nunca más.
   El mundo -Japón- la necesitaba. Más tarde encomendaría a su nieto pacificar la sociedad, siendo Jinmu, hijo del anterior, el primer emperador de Japón. Éste sería descendiente directo de la única megami capaz de poner al mundo entero al borde de la destrucción completa, a la vez que la única capaz de nutrirlo, iluminarlo y amarlo en su totalidad.

Publicado la semana 7. 18/02/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter