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04
P. G. López Ilich

[Mitología feminista #1] Māui, el primer hombre en morir

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    Māui aspiraba a dar un paso más. Empezó lazando el Sol con un trozo de la mandíbula de su abuela, que no se quejó mucho. También había generado la isla del sur, a la que ahora llaman Te Waka-a-Māui en su honor. Incluso se había aventurado a recuperar el fuego de las uñas de Mahuika, quien al verse violentada prendió fuego a toda tierra y mar, llamas que apagó la lluvia por la que rezó Māui a sus ancestros. En el culmen de su vida, ¿a qué podía aspirar? Solo había una meta que le motivara.
   -Sé que eres un hombre valiente, fuerte, ¡un semidiós!, pero la última ceremonia bautismal no fue acertada.
   -Voy a ir igualmente, padre.
   -No, Māui. No vayas, la diosa de la noche es demasiado poderosa.
   -Nadie es más fuerte que el sol, y te recuerdo que lo conseguí agarrar. Nadie es más fuerte que el mar, y le conseguí arrebatar islas enteras. Nadie es más fuerte que el fuego, y conseguí domar a la diosa.
   -Māui…
   -Ya veremos si esto me depara vida o muerte. Yo, sé cuál es el premio y eso es suficiente.
   -Māui, no…
   El semidiós ya había salido de la estancia, dispuesto a empacar y emprender el viaje al Inframundo.
   Canturreaba en el camino, charlando con su compañero pájaro repasando su plan: si era capaz de revertir el ciclo de la vida alcanzaría por fin el súmmum de los galardones. Él, desde luego, era merecedor de ello.
   Sin mucho esfuerzo, llego a la morada de la diosa Hine-nui-te-pō, que descansaba de su ajetreada gestión de la muerte, noche e Inframundo.
  -Esta es mi oportunidad.
  -¿Estás seguro? ¿Lo has estudiado suficiente?
  -Claro, ¿quién crees que soy? Eso sí, no te rías, por favor. Una vez que termine el trayecto, podrás reírte todo lo que quieras.
   -Tranquilo, Māui. Sabes que puedes confiar en mí.
El semidiós no lo pensó dos veces: caminó hacia su vagina.
   El cuerpo de la diosa se hinchaba y deshinchaba con cada respiración con una tranquilidad que Māui reflejaba por igual. El semidiós saltó dentro, esperando un deslizamiento no solo sin esfuerzo, pero placentero incluso. Se quedó atrancado, con medio cuerpo dentro. Empezó a patalear intentando impulsarse, sin éxito. Empezó a acalorarse, a faltarle el aire. Empezó a mover todo su cuerpo como un gusano, pero seguía sin avanzar en su camino hacia la boca de Hine-nui-te-pō. Si conseguía salir por ella, habría alcanzado la inmortalidad, vencido a lo invencible. Al pensar en su hazaña, hizo un último esfuerzo por proseguir, pataleando con todas sus fuerzas.
   Su pájaro-compañero, que había observado la escena, no pudo contener la risa ante la absurdidad de esta situación. Al oír la risa, Māui dejó de patalear, sintiendo las contracciones de la vagina de la diosa, su sueño interrumpido. Se incorporó ligeramente, no tardando en mirar hacia abajo y descubrir un par de piernas saliendo de su vagina. Ella tampoco pensó dos veces: cerró sus piernas. Las piedras de obsidiana de sus labios partieron a Māui en dos. Hine-nui-te-pō retiró con dos dedos la mitad del semidiós que había quedado en su interior y se volvió a recostar, cerrando los ojos.
   Como castigo a la osadía de Māui, de ahora en adelante la humanidad sería mortal.

Publicado la semana 4. 28/01/2018
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