Semana
25
P. G. López Ilich

Temporada 20, Episodio 173: Mi jodida vida

Género
Relato
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No sé cuánto más van a durar mi madre y mi padre. Espero que poco, por el bien de por mi madre, y el de mi abuela, y el de mi hermano. Yo ya estoy inmunizado de sus idioteces, y solo me afecta porque sufre mi familia.
   Hoy le tocaba spinning, empieza a las 21:00. Yo estoy aquí, escuchando a Amy Winehouse a la fresca después de haberme hecho una paja, y pensando en ponerme a leer Ciudades Invisibles de Italo Calvino. Me lo quiero terminar antes de irme a China, me lo recomendó mi profesor de relato de este año tras leerme Kyrie Eleison (versión sin revisar aquí https://cpezespada.wordpress.com/2017/10/18/18-oct-kyrie-eleison/). Dice que mi descripción de Bristol era muy similar a la de las ciudades de Calvino. Efectivamente, he aprendido de él, y me ha recordado cuánto hay que leer a Borges si eres capaz de atreverte. Me voy a lanzar a sus Cuentos completos en China.
  Mi padre entra por la puerta. Kyra está tirada en el sofá y ni siquiera le mueve el rabo. Es la 01:00. Se toma su tiempo dejando la mochila de deporte, para encima dejarla en todo el medio. No sé qué anda rebuscando.
  -¿Cuándo te vas a China?
  Me lo preguntó ayer, y le contesté.
  -Hola. El domingo.
  Sigue rebuscando en su mochila. Me quito un auricular, pero no pauso Valery de Amy.
  -Hoy ha venido un amigo al taller, que se va a China pronto.
  -Ah. ¿A qué?
  -A comprar unos zapatos.
   Me pongo el auricular. Justo encima de la pantalla del portátil veo que por fin encuentra lo que fuera que andaba buscando. Me encantaría poder inventarme qué ha sacado en un intento de alardear de ingenio, pero eso se lo dejo a quienes escriben ficción. No obstante, a veces pienso que me van a tachar de mentiroso porque mi vida esté llena de conversaciones surrealistas, coincidencias que lo son demasiado y personajes variopintos. Si Dios existe, debe escribir telenovelas, y no muy bien que se diga. ¿Telenovelas para entretener a quién? Supongo que a nosotras.
  “Bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación. Satisfecho con la ridiculez de sus historias, sabiéndolas buenas, encomendó a las escritoras contar su Telenovela” (Génesis 1, 3-5).
  Llevo varios años soñando que no puedo matar a mi Padre. No sé si Freud acertó con esto o no, lo que sí sé es que, aunque sea sugestión, entiendo que no le he debido de matar. Quizás no simbólicamente. Mi Padre me enseñó bien poco, o, mejor dicho, me ha enseñado mucho sobre cómo no comportarse. Mi Padre es católico, igual que su familia, la misma que tiene colgado de la pared el último mensaje de Franco a los españoles antes de divinamente ascender al Cielo. Mi Padre nunca falta a misa un domingo, la misma a la que mi madre ha dejado de ir por no ir con él. Mi Padre aparece en la Biblia, además varias veces, especialmente en Mateo 23. A ver si os vais a pensar que la Biblia no es relevante para el S. XXI cuando los mercaderes están más afianzados en el templo que nunca, los fariseos más poderosos que en tiempos de Jesús y pululan decenas de Poncios Pilatos lavándose las manos tras condenar a revolucionarios.
  Un amigo, Manu, que con setentaitrés años está escalando los Andes me dijo hace un tiempo que por fin había descubierto de dónde radica mi profesión por el anarquismo. Supongo que nunca escondí que he carecido de figura paterna en mi vida temprana, y que ésa la repartí a partir de la adolescencia entre tres o cuatro hombres, uno de ellos arriba mencionado. Si mi Padre nunca ha existido, ¿es por eso que no puedo matarlo?
  No es casualidad que cuando era pequeño, David, mi hermano empezara a llamar a mi abuela mamayaya. Se ha hecho cargo de todo lo que ha podido y más, hay mucho que aprender de la generación de la posguerra. Este año, la tutora de mi hermano solo le ha regañado una vez. En clase, les hicieron dibujar un diagrama con sus referentes vivenciales: David nos puso a mi madre, a mi abuela y a mí.
   -¿Y tu padre? ¿Por qué no está?
   -Bueno, ¿por qué lo voy a poner si no es uno de mis referentes?
  Ni hablemos del Padre de mi Padre, del que hablo de esta manera porque de abuelo tiene poco. El papá de mi mamá, es decir, el marido de mi mamayaya, murió cuando yo tenía ocho meses. “Ay, si tu abuelo estuviera aquí… hubieras sabido lo que era un abuelo de verdad.” He crecido con esta retahíla, aún la sigo oyendo a mis veinte años. No todo el mundo ha llegado a completar la frase, pero sé que sí la terminaron en su cabeza. Como ya declaré en Tras la cortina de terciopelo, estés donde estés, te quiero, papayayo.
  Esther, una amiga del instituto, me ha dicho más de una vez lo mucho que le gustaría que su padre no se hubiese muerto. Yo lo único que puedo decirla es que es mejor no tenerlo a que exista pero que no lo sea.
  Creo que no he hablado suficiente de mi sueño recurrente. La situación varía siempre: es un sueño plácido, o al menos no negativo, y aparece Él. Preguntando. Interrumpiendo. Observando. Le intento echar, y no puedo. Le intento callar, y no puedo. Desesperado ya, le intento matar, y no puedo. El sueño siempre acaba así.
   Llevo escribiendo más de tres años en serio, y en todos mis textos ha salido muy poco sobre esto. El por qué no lo sé, imagino que si Él se cuela en lo que no puedo controlar me aseguraré de que no entre en lo que puedo controlar.
   No obstante, creo que me he excedido. Ha hecho treintaicinco grados hoy, y al terminar de rebuscar en la mochila me ha cerrado la puerta del salón. Repito: cerrado. Quizás no debería haber escrito sobre esto, pero me ha salido solo, yo quería escribir sobre Barcelona y Zaragoza, y mis amigas allí. Quizás debería haberme terminado Ciudades Invisibles, pero me lo ha impedido el ser hijo de Pedro Páramo. Quizás debería callarme, pero entonces todo me va a reventar por dentro.
   ¿Qué significa exactamente que estamos hechos a imagen y semejanza de nuestro Padre?

Publicado la semana 25. 23/06/2018
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