Semana
22
P. G. López Ilich

Contra el deseo

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Relato
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Me alegro de que me haya rechazado. Me alegro de corazón. Me alegro porque eso significa que estoy vivo.
   Siento que no he escrito desde hace demasiado tiempo, aunque la última vez fuera hace menos de un mes. Antes de que preguntéis, en Los 52 Golpes he estado reciclando material inédito, por mi falta de tiempo e ideas, pero sobretodo de lo primero. Lo último que escribí fue La autobiografía no es de valientes, proceso (más que texto) que ha marcado un antes y un después en mi desarrollo como persona que escribe - que no escritor. La importancia de este proceso la supe desde que puse él último punto a la última frase del último párrafo. No es un relato al uso, sino relato para anteriores y posteriores relatos. Ya van dos veces que me trasladan que mis textos son mucho más transparentes de lo que yo me creo. La primera vez, me sentí algo confuso, pero por encima de eso, domado. No me sentí débil, ni desganado, simplemente tocado, como si el Titanic se hubiese estrellado con el iceberg pero no hubiese llegado a hundirse, obligado a navegar a mínima velocidad y sin giros bruscos.
   Entiendo que si hicimos a Dios a nuestra imagen y semejanza (y quién sabe si al revés también), mis textos son también a mi imagen y semejanza. Los míos y los de todo dios. La segunda vez que me dijeron que mis textos son mucho más transparentes de lo que creo, y me lo dijo la persona que puso este relato en marcha, me sentí muy distinto a la primera. Me supe creador, me supe similar a las autoras famosas que comento en los ensayos para mi carrera, me supe real. No escribiré como ellas, ni de lejos, pero también hay muchas escritoras famosas más vacías que la hucha de pensiones del Estado Español. Las físicas dicen que algo solo es transparente si la luz lo traspasa, pero yo pienso que solo sabes si algo es transparente si hay algo que ver detrás.
  Ella -¡he estado a puntito, ahora, de escribir su nombre! Me tienta. ¿Por qué?- me dijo que aprecia mucho nuestra relación, y que soy una persona más fuera de lo común que las personas fuera de lo común. Esas fueron sus palabras, para decir después que tuvo que acostumbrarse a nuestra amistad. No porque la resultase incómoda, forzada o desagradable, sino porque era algo fuera de lo común. A mí esto me alegra a varios niveles, uno de ellos mencionado en el párrafo anterior, pero también me alegra porque veo que a ella eso le hace feliz.
   No fue un no rotundo. Fue un no sé, y de ahí es de cajón que nazca un no. Yo había asumido un no mucho más simple y rotundo. No miento al decir que tampoco había pensado mucho en qué realmente quería con ella, más allá de lo tan jodidamente concreto como comerla el coño y de lo jodidamente abstracto como quererla – nada en escala de grises. Para empezar, está la distancia: este año voy a pasar siete meses en Inglaterra, tres meses y una semana en España, y mes y tres semanas en China, donde ni siquiera tengo comunicación cómoda (aunque sí acceso a Los 52 Golpes). Por otro lado, ella comentó que le gusta estar con alguien, pero que también sabe que necesita estar sola, al menos en este momento de su vida. Esta decisión también tiene una carga política que es de admirar. Podría narrar la conversación de una manera mucho más detallada, pero no le veo necesidad. No porque sea íntima, sino porque no es relevante al hecho de que me alegre que me haya rechazado.
   Hoy lo hablaba con Adri, que me pseudo-preguntó ayer mientras me insultaba en búlgaro de pedo. Hoy ni recordaba lo que la palabra que le enseñó su amigo Vene, pero yo sí recordé contarle lo de anoche. Según explicaba lo que pasó, me di cuenta que sí, que realmente he de agradecer que no sea recíproco. De serlo, nos hubiésemos visto en la problemática de querer tener algo sin poderlo tener, o al menos de quererse de ciertas maneras que nos harían más daño que bien. De ser así, todo concluiría en un distanciamiento que por activa y pasiva nos negamos a que ocurra. Quizás esta sea la razón más común por la cual me alegro de que no haya prosperado una relación sexo-afectiva.
   En el tren de vuelta, hablé con Ana. Llevo meses sin contarle lo que pasó entre Sara y yo post-relación. Ana y yo sufrimos un distanciamiento considerable hace unos años, y como ella sabe (y quizás vosotras también, que mis textos dícense de transparentes), me plantearía seriamente volver con ella si ella lo quisiese. Pero no es algo que desee como tal, estoy increíblemente contento, y ella lo sabe (y quizás vosotras también, que mis textos dícense de transparentes), de que a día de hoy nos llevemos tan bien. En lo que concierne a qué pasó entre Sara y yo tras dejarlo y cómo lo he vivido yo, Ana sabe bien poco (al contrario que vosotras, que seguro que lo sabéis porque mis textos dícense de transparentes).
   Me alegro porque son unas victorias relacionales tremendas, la de Ana y la de anoche. REVENTEMOS la concepción de que las victorias relacionales son solo de pareja. Ana y yo conseguimos reactivar la química entre nosotras, y hemos alcanzado cotas de comodidad y complicidad que deseaba en mis mejores deseos, esos que vienen en la cama cuando estás intentando dormirte. Yo creía haber perdido a Ana, y ahora he conseguido mucho más que relacionarme con ella, y poder llamarnos por teléfono durante una hora y media y que ella piense que solo ha pasado media. No la habré contado lo de Sara, pero ella fue quien primero conoció que quien ahora me gusta me ha rechazado. Si en algún futuro, cercano o lejano, la relación entre Ana y yo se desarrolla incluyendo volver a juntar nuestros labios y quizás nuestros cuerpos por primera vez, y quién sabe si hasta nuestros corazones, no habría razón para estar más feliz de lo que lo estoy ahora por estar como estoy con ella.
   Me alegra, entonces, que me guste alguien, sobre todo teniendo en cuenta mi dura y larga recuperación emocional tras la separación con Sara, y todo lo que vino después, que en algún momento se escribirá (aunque quizás sepáis hasta más que yo de esto, por aquello de mis textos transparentes). Me alegra, entonces, que haya podido declararme a alguien cuando no lo hacía desde hacía cinco años. Me alegra que haya sido ella, y me hubiese alegrado igual de haber sido otra, porque existe un valor inherente a los sentimientos. Una vez María me preguntó que cuál era mi valoración emocional de un evento del que ella se había ido horas antes, ¿y sabéis qué contesté? Si realmente lo adivináis antes de que lo diga, me haría bastante feliz. Por lo que, de verdad, os pido que os paréis un momento a pensar, el tiempo que os haga falta, para dar una respuesta.
   Respondí que mi valoración emocional era pobre, porque no había sido intensa. Es por esto que me alegro infinitamente de que sienta amor, y sienta rechazo, porque eso significa que estoy sintiendo. Significa que alguien me ha brindado la oportunidad de sentir. Significa que en un mundo en el que no hay espacio ni tiempo para sentir, y menos para que los hombres lo hagamos, sienta.
   Hace un tiempo escribí Tras la cortina de terciopelo, relato que he mencionado más de una vez y que ya creo que no es tan íntimo, no por el número de personas que lo han leído o escuchado, sino porque creo, o sé, mejor dicho, que estoy contando más de lo que he dicho. Recuerdo que el relato lo escribí, entre otros motivos, en acto de gratitud a las cinco mujeres que románticamente habían pasado por mi vida. Si lo re-escribiese hoy, ella ya sería parte de ello. No por el simple hecho de que me gusta, y de que por fuerzas mayores debe disfrutar de su espacio tras la cortina de terciopelo, sino porque lo que me ha regalado desde ya es motivo para una inmensa alegría.
  No obstante, voy mucho más allá con todo esto, y es que realmente lo que siento no es alegría. Lau me ha dicho más de una vez que la gusta mucho que saque aspectos positivos a lo negativo, y sí creo que todo lo negativo acarrea algo positivo y viceversa. Está el clásico de todo se aprende¸ que es cierto e importante, pero aparte de cliché es demasiado insuficiente. No voy a entrar en la subjetividad de las categorías positivo y negativo, sino continuar con la idea de la necesidad de los opuestos. Para que yo esté alegre, significa que a veces he de estar triste, o, al menos, que la tristeza existe, y que estos sentimientos se pueden manifestar a la vez. Que te digan no, que no haya manera viable de iniciar en una relación, que no puedas besar sus labios de azúcar debe ser igual motivo de celebración que que me dijese adelante, que se pudiese caminar juntas romántico-sexualmente, que nuestras lenguas pudiesen jugar a ser mayores. Esto me alegra por igual porque es la prueba de que no estoy atascado, de que revelo el cristal que permite ver el río de las emociones, de que SOY.
   Esto es lo que me alegra, pero mucho más importante, aspiro a que me deje de alegrar. Eso significaría que todas funcionamos así. Por lo pronto, la daré las gracias. Las gracias desde lo más profundo de mi ser, porque me ha recordado que precisamente ese ser, existe y resiste.
  Subiré esto y lo difundiré, pero la pedirá que no lo lea, porque voy a imprimir esto y dárselo por su cumple junto al regalo ya pensado, que me abstengo de mencionar porque va a ser el regalo de cumple de más personas, algunas de las cuales quiero pensar que van a leer esto.
   Hay algo que me hace aún más feliz que todo lo arriba mencionado, en lo relativo al mismo tema. ¿Sabéis el qué? No es la primera vez que lo digo, ni será la última.

Ahora vais y pensáis porque el número de haikus es cinco:
 

   María dice:
“Escribe poesía”
pero yo no sé.
   Aunque creo que
lo dice porque sabe
que yo sé hacerla.
   Recurro al haiku
pero ella me dice “no,
dale a la lírica.”
   Incluso veces
que lo intenté de verdad,
no pude. Lo siento.
  Urjo y escribo,
o hago poesía, creo, en
la vida real.

31 Mayo 2018, nótese el número

  

Publicado la semana 22. 03/06/2018
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