Semana
18
P. G. López Ilich

La autobiografía no es de valientes

Género
No ficción
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   Ya está. Ya lo he dicho.
   Hace unos meses que empecé la asignatura de Lifewriting, cuya traducción literal al castellano es escritura de vida, es decir: libros de viajes o de campo, memorias, entrevistas… Siempre me había definido como, por encima de toda mi práctica creativa, relatista. Relatista autobiográfico. No sé dónde empieza y acaba la ficción y la no-ficción, pero sí sé que demasiadas veces la realidad es mucho más extraña que la ficción.
   He descubierto con esta asignatura a Tahir Shah, el hijo del gigante del sufismo Idries, a Hemingway, boxeador por fuera y noqueado por dentro, a Maya Angelou, la primera mujer conductora de tranvías en San Francisco. A muchos más también, pero en estos tres autores estoy centrando el ensayo que tengo que escribir y que colgaré aquí en un mes. Si lo subo antes, correré el peligro de que TurnitIn señale mi trabajo como un plagio, aunque sea a mí mismo. Con una temática relativamente abierta, decidí centrar mi trabajo en la intencionalidad de quien escribe al escribir, el por qué y cómo. Me interesa qué es eso que lleva a la autora a dejarse la piel en escribir autobiografía. Rebuscando, me doy cuenta que lo importante no es lo que es, sino lo que no es.
   Para que haya algo tiene que no haber otro distinto. Leí Autobiography, de Linda Anderson, un estudio crítico de este género literario. Entre otros muchos asuntos, Anderson aplica sus conocimientos y técnicas de psicoanálisis a diversas escritoras (utilizo el femenino de manera inclusiva) y las desmonta – literalmente. Empapada de post-estructuralismo, indaga. Busca y halla. Al hallar, sigue rascando para hallar más. Cuando lo halla, insatisfecha, mira alrededor para comprobar qué no ha hallado, y ese, ESE, es su mayor hallazgo.
   Yo tampoco sabía que era post-estructuralismo hasta que me lo explicó Anderson, que lo define como escuela crítica que señala que los textos no son fijos y estáticos, y que bajo un análisis certero pueden revelar mucho más, incluso lo irrevelable. Ella considera la deconstrucción el pilar principal sobre el que se apoya el post-estructuralismo. Estoy seguro que habrá muchas teorías y críticas narratológicas más, pero esta me ha desmontado. Lo agradezco infinitamente, aunque me haya enseñado lo que ya sabía, quizás en un ejercicio supremo de mayéutica socrática. No obstante, el conocerme a mí mismo implica un conocedor y un conocido – y con esto hemos dado con una de las raíces de la ineludible problemática de la autobiografía.
   Del mismo modo, una crítica implica lo criticado, y viceversa, y el asunto trasciende la problemática de la interdependencia: como en la ciencia, la analizadora y su método alteran los resultados, anulando la posibilidad de un Resultado Supremo. A más conocimiento de la velocidad, menor de la localización, y a mayor de la localización, menor de la velocidad. ¡Corre, a ver si me pillas!
 A veces pienso: ojalá me pasen cosas, cosas que quiera y pueda escribir. A veces busco esas sensaciones, personas, eventos. En mi día a día justifico mucho ‘por la literatura’. A veces escribo, y veo que he contado mucho más al escribir lo no-escrito que lo escrito. 
   Las razones iniciales (o quizás las que he decidido dejar por aquí) por las que escribo son universales: porque es un desahogo, porque quiero hacer feliz, u homenajear, o hacer feliz a alguien, porque quiero cambiar el mundo y cambiarme a mí mismo. Aquí hay una mezcla muy clara de tiramientos y empujes: hay factores que me empujan, desde atrás, a escribir, y hay factores que me tiran, desde adelante, a escribir. Factores que son míos, pero, ¿quién empuja o tira a quién? ¿Quién es realmente quién escribe? ¿Qué es lo que realmente se escribe a través de mí?
   Una de las primeras, si no la primera lección que aprendí de mi primer profesor de creación literaria, Tomás Blanco, no fue una enseñanza, fue una afirmación: la escritora es, por encima de todo, auto-consciente. La auto-consciencia no llega con la edad, llega con la observación, la crítica (propia y externa), la problematización. Maya Angelou, en su poema My guilt dice que su crimen es estar viva, y su pecado no gritar lo suficientemente alto.
   Yo siempre he dicho que, por encima de todo, escribo para mí. Vamos a desmontar esta afirmación: para Pablo (es decir, para mí, o para Pablo, no lo sé) escribir tiene ‘tiras’ y ‘empujas’ que son claramente personales (si lo personal es político, lo político es personal). Tiremos de UNA sola de sus razones expresadas, su afán de desahogo: ¿desahogo, de qué? ¿Tiene derecho, se victimiza, qué busca al hacerlo público? ¿Reconocimiento, cuidado, atención? Dice que su desahogo va de la mano con otros asuntos e intencionalidades que hacen el texto válido para ser sacado a la luz. ¿Por qué nunca ha escrito sobre la funesta relación con su padre que le come más de lo que él cree? ¿Por qué nunca ha escrito sobre sus pasadas actitudes machistas que tanto la reconcomen? ¿Por qué escribe tan poco sobre política, en el sentido estricto de la palabra, teniendo en cuenta lo político que se considera? Podría mantener la regla de tres, y lo hace a medias, porque ¿por qué omite mencionar ahora sucesos, pensamientos o actitudes que le producen multitud de sentimientos y que prefiere esconder? Todas estas preguntas tienen sus respuestas, y yo las lanzo, cógelas. ¿Por qué ha escrito tanto sobre sus relaciones sexo-afectivas? ¿Por qué ha escrito tanto sobre religión/espiritualidad/misticismo? ¿Por qué ha escrito tanto sobre sí mismo? Porque lo que ha escrito sobre sí mismo no es todo, es lo que ha querido. Sabe disfrazar bien que presentándote honesto, la gente asume que lo eres al cien por cien siempre. Eso lo digo yo, porque Pablo nunca lo admitirá. O sí, pero te rebotará la pregunta al preguntarte si no jugamos todas a nuestro propio juego de supervivencia particular. Es más, lo acaba de hacer. Dice que lo único que ha escrito para alguien más que para él es Tras la cortina de terciopelo, que nunca ha salido a la luz y que solo ha sido leído por amistades muy selectas, no necesariamente cercanas a él, y las mujeres que pasaron por su vida románticamente, mujeres a las que está dedicado el relato. En él, toca muchos temas y confiesa muchos asuntos, dejándose otros por el camino, pero claro, cuando confiesas algo inevitablemente te guardas otras. A la fuerza. Decir: he cometido gula, es guardarte el por qué, cómo, por qué no otro pecado. Si incluyes estos asuntos en tu confesión, las preguntas suben de nivel: ¿de dónde viene la necesidad de no dejarte ningún detalle? ¿por qué sientes la necesidad de confesarte, y de esta manera en concreto? ¿por qué te confiesas conmigo? Ha dicho confesión. ¿No es sino el acto de confesión una mera escenificación para el reconocimiento, admiración y perdón ajenos? ¿Cuánto le importan a Pablo esas otras personas sino como simple herramienta narrativa (o vivencial, ¿qué diferencia hay al final?) para iluminar su buen-hacer? ¿Está ahora Pablo intentando sembrar la duda para luego recalcar que él no es así?
   Dado que las preguntas dejan de ser abstractas si continuamos, asumamos, y repito, asumamos, que la pregunta por qué te confiesas conmigo se la ha preguntado su excompañera Rebeca. ‘Porque pasé muy buenos ratos contigo y te mereces algo así, porque creo que tienes que saberlo, porque a pesar de todo te sigo apreciando’ ¿Serían las mismas respuestas a alguien que no es Rebeca? No ha mencionado que tiene espinitas clavadas con ella ¿por qué? ¿cuáles?, ni que a pesar de todo la sigue teniendo miedo, y que ella y lo que pasó le seguían rallando mucho. Procederíamos entonces a diseccionar las respuestas. Podríamos continuar casi infinitamente. Las ramificaciones de las preguntas son increíblemente numerosas, pero el Sujeto no es un esqueleto fácil de radiografiar. No hay ninguna exageración ni un demasiado lejos, simplemente el miedo, puro miedo, a que cuanto más avances en la disección de alguien (incluso si esta actividad por si sola se pudiese vaciar de sentimentalidad), más avanzas en la tuya propia. Yo te animo.
   Pablo confiesa ser sincero, pero no te dice que a veces retoca (¿retocado?) ciertos eventos cronológicamente para que cuadren literariamente. Pablo confiesa ser sincero, quizás porque tiene miedo (y muchos sentimientos más) de que no le crean. Pablo quizás confiesa ser sincero porque cuando no lo es y quien lee no tiene manera de saberlo, le crean. Pablo ha escrito quizás. ¿Es cierto? ¿Por qué? ¿Qué hay de las razones para hablar de no-sinceridad en lugar de mentira?
   Ante esta afirmación Pablo se siente obligado a decir que su sinceridad nunca ha sido utilizada para fines perversos, opresivos y escondidos. Pablo sabe que esta afirmación está sujeta a análisis, se expone a eso, pero tiene la consciencia limpia al saber que está diciendo la verdad. Pablo vuelve a rallarse porque todo lo que diga podrá utilizarse en su contra (y también a su favor), y solo confía en que quien le lee le de el voto de confianza. Pablo lo ha vuelto a hacer. Pablo se va a callar ahora. ¿Pero por qué?
   Pablo desiste de estructurar este análisis, porque al tirar de un hilo le llevan a cuatro ovillos, mientras se deja unos cuantos hilos esperando a ser tirados. Es conocida la propuesta literaria de Hemingway, llamada ‘teoría del iceberg’: solo es necesario contar el pico y superficie de la historia, y que todo lo que es omisible debe estarlo. También es conocida su actitud de macho, sus gustos de macho, su escritura de macho. Menos conocido es el hecho de que al aumentar su popularidad aumentó su performance de macho. Me pregunto, entonces: ¿el escribir como macho, actuar como macho, vivir como macho, no es esto solo la punta del iceberg? Hemingway, como autor, y autor de tal talla, es un experto en lo que auto-consciencia se refiere. Es entonces consciente de su papel de macho, y juega ese papel con clara intencionalidad, sabiendo que estaba directamente relacionado con el aumento de su fama, dinero y reconocimiento como literato. Hemingway hizo carrera de ser macho y por dentro estaba lejos de ello. La problemática política de esto salta a la vista.
   ¿Por qué nunca he escrito sobre mi madre y mi abuela, tamañas influencias en mi vida y a quien tanto quiero? ¿Por qué y para qué empiezo a querer definirme como autobiógrafo y no relatista? ¿Por qué y para qué me estás leyendo? Pablo acababa de saltar a la primera persona de nuevo, ¿por qué? La duda es nuestra amiga, que no se dude de esto nunca. La escritora es auto-consciente, y se sabe leída. Hay muchos tiras y empujas.
   Leyendo a Anderson desmontar a otras autoras, sentía su dolor. Sentía el dolor de estar clavado como Cristo a la cruz. Sí, acabo de comparar a las creadoras con Cristo. Si Dios es la Verdad, somos sus hijos (que no Él), condenados a gritar, y a ser auto-conscientes de poder gritar más alto y no hacerlo, así lo confiesa Angelou. ¿Por qué y para qué? Nuestro crimen es estar vivas, pero ya que lo estamos, ¡vivamos! ¡escuchemos!¡gritemos!
     El dolor de la creadora desmontada es estar en el laboratorio del lector entrenado, observador y crítico y, mucho más importante, armado con un bisturí. La anestesia es opcional pero no siempre depende de la creadora. Lo que no es opcional es asistir, y sentir, esa deconstrucción. A abrirte el estómago, tomar muestras de tus pulmones, estrujar cada recoveco de tu cerebro. Luego está el corazón, el corazón que como delator que es, late a riesgo de explotar porque esa es su tarea. Precisamente, la misma tarea de la escritora: latir. La Verdad fluye por nuestras venas, quizás seamos testigos de esa verdad o quizás portadores de ella, pero proclamémosla. Proclamemos que la Verdad nos hará libres.
   Allá cada escritora, allá cada lectora. Sabemos qué hay y qué no hay. La escritora es por encima de todo, egoísta y manipuladora, pero en sus manos está el qué hacer con la auto-consciencia. Transformarla en acción, proclamación para alcanzar la redención. La redención nunca es propia – te la otorgará la Verdad. Pero tú sí sabes no si has gritado lo suficientemente alto, sino si te has arrancado las cuerdas vocales al intentar proclamarla.
   La escritora es también lectora, y se sabe lectora. Las lectoras que no cargan con la cruz de la Proclamación, que ya cargan con otras, deben entrenarse para señalar a quien no proclame la Verdad. ¿De dónde viene el afán crítico de los post-estructuralistas? Pues quizás dirían que de la búsqueda de la Verdad. Yo digo, o mejor dicho, Pablo dice, que sí, que es cierto, pero que desmontar a alguien es placentero, y que te hace olvidar que tú también tienes trapos sucios. Cuando la post-estructuralista destroza a alguien se sabe destrozable. No obstante, no solo se sabe destrozable, sabe hasta dónde llega la posibilidad de destrozo, porque es auto-consciente.
   Tomad esto como una declaración de intenciones. Tomad esto como queráis, o más bien como lo que halléis y no-halléis al desmontarme. Es más, tomad esto como una invitación al desmonte – y seré todo oídos. La noche después de la fast-expo de Maite Pez Espada, hablaba con María, también del colectivo, por notas de voz. Le contaba sobre una rallada de la cual no había escrito y que ella no sabe, y comentaba yo que no entendería mucho porque estaba hablando en abstracto. Pablo dice no recordar la rallada, pero yo no estoy tan seguro, o quizás solo dice esto para recordar la importancia de la labor de deconstrucción constante. En cualquier caso, María entonces dijo que sabía perfectamente de qué estaba hablando, y que mis relatos son mucho más transparentes de lo que creo. Ahora veo que los textos que salen de las entrañas son mucho más que transparentes, son pistolas de luz en otras muchas direcciones.
   La autobiografía es veneno, antídoto y serpiente. Desmontemos a todo el mundo, no solo a las creadoras, asegurémonos de quiénes son fieles a la Verdad o no, quiénes a pesar de ser humanos gritan reventando sus pulmones que la Verdad nos hará libres.
   Pero por encima de todo, por encima de todo lo demás, por encima de todo lo habido y por haber, proclama la Verdad.
 

Publicado la semana 18. 06/05/2018
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