Semana
08
Meri Catania

La espera-I

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Relato
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En una esquina oscura del café, con el ángulo de visión más amplio del local, allí le veo digiriendo el periódico de forma pastosa. Pasa cada hoja con lentitud. Toma un sorbo de café y reemprende la lectura tras echar un breve vistazo a la clientela. Le conozco de vista y me fascina. Desde la barra, no sé muy bien por qué, se produce una ceguera selectiva. Las caras se traducen en comandas: un con leche, dos cortados, un pincho y una caña por favor....A veces “por favor”. A estas alturas me es indiferente, esbozo una sonrisa de cortesía que ni siquiera esperan. Es puro trámite. Es mi trabajo. Pero este hombre le veo allí, siempre en la misma esquina si la suerte y el resto de los clientes se lo permiten.

Sé que pronto ese café con leche se convertirá en un crianza. Bebe mucho, lentamente y solo. Se le nota en el cuerpo y en el ligero temblor de manos. No consigo imaginarme su profesión ni su rostro cuando era joven. Aparenta casi 80 años y exhibe un gesto de orgullo y de dignidad poco frecuente. No se por qué, le veo tan elegante y tan ajado a la vez, que imagino su vida intensa. Como quien vive al límite ganando y perdiendo guerras y el tiempo le condecora con marcas indelebles: las líneas que trazan su rostro, y las manos, tan cuidadas pero tan vencidas que titubean al levantar la segunda copa. Y aún así , este hombre no se ha rendido. Aún espera algo.

Hay un metrónomo invisible que marca el ritmo del café. Es infalible aunque caótico: el sonido de las cucharillas en las tazas, de los vasos sobre las mesas...Cuánta más gente hay avanza más rápido.

Alrededor del “señor que espera”, sin embargo, el tiempo hace un paréntesis de un café y tres tintos. Un día tras otro, al último trago de la tercera copa pliega el periódico, se levanta despacio y me lo devuelve. Sonríe levemente y hace un gesto con la cabeza parecido a un saludo militar. Casi le falta golpearse en los talones. Soldado, marino... no se qué genera ese aire tan marcial pero estoy a punto de responderle “Gracias general “. Pasa una semana y otra, se retira el invierno y se lleva su presencia. Me olvido de él entre Baileys, licores y café expresso. La vida continúa.

La ceguera habitual me posee en estos días iluminados. El sol resplandece con pereza y el tedio impregna mis pensamientos. Esta tarde de primavera no promete nada. Simplemente comienza a transcurrir. Alguien abre la puerta del café, noto un aire rebelde en mi espalda. Cuando me vuelvo para atender me sorprende ver al “General” acompañado de una mujer. Dos pares de ojos inteligentes me escudriñan sin ánimo de intimidar. Él me pide el periódico, un coñac y un vino dulce para su acompañante.

Sirvo a la mujer su cariñena y me sonríe, a mí, y luego a él, pero de otra manera. Brinda al aire resuelta.

_¡Por la vida!_Da un pequeño trago y vuelve a modelarse en su rostro una sonrisa de carmín granate oscuro. Mientras ordeno las botellas y busco el coñac, les observo a través del espejo. Sobretodo a ella. Ha sido su amante. No actúa como una esposa. Quizás aún son amantes.

Con un brazo rodeando sin llegar a tocar la cadera de la mujer , el General , la conduce hacia el rincón favorito. Pienso que los ojos del General delatan sus emociones con una intensidad y una habilidad inusitada. Quiere mostrarse enamorado. A mi jamás me ha mirado un hombre de esa manera .Me sorprende mi pensamiento novelesco. Seguidamente me reconozco a mi misma que es cierto. Ni siquiera “el Difunto “ en seis años de convivencia. No quiero pensar en él. No quiero.

Comienzo a colocar los vasos del lavavajillas con rapidez e intento introducir la bandeja con tan mala fortuna que una de las copas resbala y se rompe en dos trozos. Enfadada me precipito a recogerla y no siento el cristal en mis venas hasta que se tiñe de amapola la puerta blanca del aparato. Olvido el dolor agudo del fragmento al salir de mi muñeca y me asusto por la gran cantidad de sangre que brota sin parar. Rojo intenso. Carmín agranatado. Me desplomo y en la negrura oigo una especie de crepitar, mil campanillas suenan al arrastrar con mi cuerpo otra bandeja en mi caída. Aturdida la mente me transporta a un lugar del pasado.

Para mi el Jardín del Edén era el Club de Oficiales. A los 20 años, con las hormonas agitadas por la turmix de la naturaleza, mi cuerpo clamaba por desafiar a mis padres. El sol indómito de un Agosto de libertad extrema me calentaba las ideas. Sobre mi piel las gotas de sudor se enfriaban al penetrar en el bar del Club donde, estaba segura, mi padre no había acudido ese día.

Los ventiladores blancos trabajaban siseando “ no te la juegues, no te la juegues”. El humo de los cigarros se disipaba absorbido por aquellas hélices que agitaban el aire convirtiéndolo en un cóctel refrescante. Como con un subidón de alcohol, caminé sobre mis tacones intentando sentir la seguridad del mármol liso.

Mesas y sillas de reja y cristal blanco contrastaban con los uniformes verde caqui. Había gente vestida de civil. Algunos hombres se volvieron a mirarme. No reconocí sus rostros a contraluz. Me cuadré, barbilla en alto y traté de no trastabillar con las jarapas que dibujaban el pasillo. Avancé sintiendo que mi vestido de lino blanco se volvía transparente.

La estancia se dividía en tres áreas. La de la derecha con las persianas a “media asta.” En la penumbra se encontraban los butacones de mimbre con cojines de color limón y sombras de diferente tonalidad grisácea que degustaban copas invisibles desde donde yo estaba. Oía como se posaban sobre el cristal. Tintineaban los hielos de los güiskis.

A la izquierda comenzaba la L de la barra que se extendía en paralelo a una terraza plateada donde nadie osaba estar a estas primeras horas de la tarde. Y allí en la barra estaba “El Hermosísimo”, como le llamaban las indiscretas señoras en la piscina. “Era alto y rubio como la cerveza”_se carcajeaban mientras canturreaban por lo bajini regodeándose de su ocurrencia.

Nunca me había dado cuenta del terror que me producían esa panda de cotillas: “las Binoculares”. Así las llamaban mis amigas. Y no había mejor nombre para quien veía de lejos todo lo que pasaba en el club y retransmitía con descaro sus descubrimientos. Por ellas me enteré yo. Mis amigas, falsas, me evitaban aquellos días después de la fiesta. Nunca supe si lo hicieron aposta o se les escapó.

Recuerdo que me encontraba en el vestuario de mujeres , en una cabina luchando por desanudar el bikini, cuando escuché entrar a algunas chicas parloteando sin parar …que si fulanita tal , que si menganita cual, que si el Cabo Sebastián o el sargento Ventas…Hasta que una voz calló a las demás:

_¿Y lo de Luisa?_dijo.

_¿Quién?_respondió otra voz.

_¡Luisa y “El Hermosísimo”¡ Jajajaja _reía la primera.

_¡Venga ya!_exclamó asombrada la segunda voz y la otra comenzó a relatar como yo me había enrollado con Andrés, El Hermosísimo, que lo sabía de buena tinta .

Empecé a temblar de rabia. “Ya lo ha largado todo”_pensé. Comencé a vestirme para salir a callarlas cuando oí la voz inicial que decía:

_¡Uy! Y eso no es todo. El Cabo Suárez me ha dicho que Andrés se había apostado con él que la conseguía. ¡Se jugaron a las cartas a la hija del Capitán Sainz! Jajaja. Espera a que se entere su padre. _Un coro de risas estridentes resonó en las duchas.

Cuando sentí que todas se habían ido salí de la cabina. Las lágrimas no me dejaban ver, estaba roja de furia .Conseguí calmar algo mi rostro con el agua fría del lavabo pero por dentro ardía y me rebelaba. Fue entonces cuando me dirigí al bar de Oficiales atravesando las salas comunes del Club impelida por un sentimiento de ira que me ofuscaba.

Y allí estaba Andrés que al verme mudó de color mientras sus compañeros se daban codazos y se reían. ¡Plis!¡Plas! Le volteé la cara con el dorso de la mano tan rápido y con tanta saña que le clavé el anillo en los labios. Comenzó a sangrar en rojo agranatado.

Mi abuela me consolaría después. “Primer amor, primer dolor” diría. Mi padre, el Capitán Sainz, que era una de las sombras del bar, me expulsaría de su vida desde aquel preciso momento. Mi madre, si alguna vez estuvo, se dio a ella misma por desaparecida y se mimetizó con los muebles de la casa. Se había abochornado tanto con mi comportamiento que me ignoró totalmente durante el corto tiempo en que mi padre dispuso mi partida para estudiar en Zaragoza. Y allí conocería al “Difunto”

Publicado la semana 8. 20/02/2018
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