Semana
05
Meri Catania

¡No soy Silvan!

Género
Relato
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Enfrentado al sol, con los brazos en cruz, yo permanecía inmóvil observando la aparición del viento. Tras él llegarían las aves del Norte. Suelen pasar sobre  mi trigal urucallándolo si sus polluelos necesitan descansar. Mi pantalón y mi chaqueta nueva lucían extraños sobre mi cuerpo de paja, mi cabeza se erguía por encima de la cosecha  y mis ojos medio ocultos por el ala del sombrero apenas vislumbraban  la casa de Silvan. .

Zuripanta me olisqueaba con impertinencia desde hacia rato. Iba y venía de la casa al trigal y del trigal al granero ladrando inquieto. Normalmente no me hacía caso y sin embargo aquel día  en que yo me veía espléndido con mi ropa nueva, no paraba de juguetear bajo mi sombra, restregando su hocico húmedo y maloliente.

En un momento determinado se coló en la casa. No le vieron. Minutos después, Zuripanta me trajo las pantuflas de Silvan. Me mantuve quieto recibiéndole sorprendido. Yo no tengo pies y no puedo andar. Los espantapájaros no hacemos eso.

Sostuve la mirada de Zuripanta  durante un tiempo considerable. Soltó un ladrido y vuelta a la carga. La segunda vez decidió traerme la pipa de Silvan. La posó en la tierra y me miró fijamente. Pasó un largo rato moviendo la cola sin cesar y dando vueltas a mi alrededor casi mareándome. Unos cuervos comenzaron a acercarse y le distrajeron. Les atacó gurteando y ellos se zafaron entre graznidos. Se volvió hacia mí, jadeaba esperando mi aprobación y enseguida salió disparado fuera de mi vista. Me empecé a sentir más incómodo.

Cuando Zuripanta  me trajo el libro de Silvan  no supe que pensar. Había un sarzón extremo en el ambiente. Algo viscoso y espeso que se extendía y no me dejaba articular palabra. En realidad, Zuripanta no me hizo ninguna pregunta. Apenas me dedicó unos ladridos lastimeros. Sentí que le tenía que hablar  y no podía expresarme en su idioma. Los espantapájaros hablamos espantapelia. Los perros no. Me sentí tan agaluto que volteé la zirimaluka y mi cabeza se desorganizó. También pudo ser culpa del viento que sopló racheado en ese instante. El caso es que las briznas de paja que formaban mi pelo amarillo resbalaron hacia un lado junto con el sombrero viejo de Silvan. Los ojos, zurcidos en el saco que es mi cara, se quedaron al aire, descubriendo al fin el color del sol.

Zuripanta, que miraba inquieto, marchó de nuevo a la casa. Me empecé a enfadar. ¡Zuripanta y sus regalos! ¡Qué pesado! Aunque yo llevara el pantalón de Silvan, la chaqueta de Silvan y el sombrero de Silvan, ni me iba a poner sus pantuflas, ni a leerme su libro, ni a fumarme su pipa. Los espantapájaros no hacemos esas cosas.  Zuripanta regresó con la pelotita con la que jugaba con Silvan. La posó a mi lado y me ladró invitándome a lanzársela. Sonó un solo ladrido más pero acompañado de un gruñido entre dientes. Impaciente ante mi silencio comenzó a elevar el tono. Se movía en círculos y se aproximaba o alejaba según el viento me zarandeara hacia un lado u otro. Cinco minutos después casi aullaba: Lo hacía de forma intensa, cada vez más alto, más rabioso. Midiendo sus fuerzas se comenzó a agazapar  enfrente de mi,  me enseñó los dientes. Babeaban de su boca colgajos de espuma y  los colmillos  me recordaron la guadañas que usan los campesinos  al desbrozar los campos. Zuripanta se abalanzó sobre mí. Mis brazos de escoba jarapearon tronzándose :

—¡No soy Silvan! Zuripanta, ¡No soy Silvan! ¡No puedo jugar contigo! —le repetí angustiado— ¡No soy Silvan!_mordió la paja, me tiró de la entrepierna— ¡No soy Silvan!

No soy nada. En el trigal se escaramujaron mis restos. El sarzón humedeció el aire  como en el día que murió Silvan. Mi cuerpo desparramado, a merced de cuervos y alimañas, no tiñó el trigal de rojo. El de Silvan sí lo hizo. Su sangre se extendió tan rápido como se le fue la vida, a la primera dentellada al cuello. Zuripanta ni se dio cuenta de lo que  hizo. Yo ya no estoy y Silvan tampoco y  se que en el pueblo  aún seguirán pensando que fueron los lobos.

Publicado la semana 5. 29/01/2018
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Luar na lubre, Los chicos del maíz , Edgar Allan Poe , Noches de acampada, en tierras labradas , No somos nadie, no somos nada
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