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Meri Catania

Lo que aprendí de los vascos o Extracto de una carta a Galana

[…] Lo primero que aprendí es que a las nubes de azúcar se les llama jamones. Y que jugando al escondite no puedes ser cascarón de huevo sino asto zuri_ caballito o burrito blanco_ y pensé en Platero…”pequeño, peludo y suave…tan blando por fuera que se diría todo de algodón”. Y encontré que decir tía a una amiga no era una ordinariez pero llamarlas japuta resultaba ser altamente ofensivo y peligroso.

Aprendí que mis faldas de volantes eran horteras y que el vestido repolludo de mi nueva vecina-amiga estaba bien.

Txiki no es un insulto, me lo explicó el quiosquero, significa pequeño aunque el tono que usen me parece abrupto. De momento me lo puede usted llamar—le dije al señor y me llevé El País con el dominical.

Las monjas del colegio no son “hermanas” son “madres”, aún no me aclaro que implica esto. Tampoco hay que levantarse cuando entran los profesores.

En mi primera clase de Eureka _ a la hora del recreo para ponerme al día_ nevó  y la profesora me dejó salir al patio. Las compañeras se reían con mi cara de asombro al tocar los copos. Aprendí a no preguntar tonterías como ¿Qué es Gran Vía? que les hacía estallar en carcajadas, a no hablar de la calle de la Sierpes que no les interesaba para nada  y a no corregir sus vendría por viniera. Todo iba bien. Y de repente desaparecieron el arenal de la Feria, la Plaza de Cuba y las compañeras de mi infancia, salvo tú, Galana, que todavía me escribiste muchos años. Mis cartas siempre terminaban con la misma frase: Están locos estos romanos.

Desde mi ventana, por la noche, podía ver las fumarolas rosas de Altos Hornos en la otra margen de la ría que, por cierto, es más estrecha que el Guadalquivir. No tiene un barco que baje a Sanlúcar de Barrameda pero sí un puente metálico y una plataforma móvil donde se montan coches y personas. Un lado es la margen izquierda, donde están las chimeneas y la otra la margen derecha donde están las casas grandes. Era importante saber a qué margen pertenecías, te preguntaban mucho dónde vivías y también como te apellidabas.

Me gustaba pasar en  el bote a la margen izquierda. Las escaleras de piedra tenían el mismo verdín que los bajos de las columnas del puente de la Plaza de Cuba, donde vivían los vagabundos, y además había mejillones pegados a la pared. No, no sé todavía donde duermen los mendigos en este pueblo.

La ría olía a podrido en ambas márgenes, igual a como olía el embarcadero del club cuando había carpas muertas flotando panza arriba.

Después de la explosión del concesionario tomé conciencia de muchas cosas. No se pregunta ¿por qué?, sino que se dice ¿pues? De hecho, en según qué temas, simplemente no se pregunta ni se comenta nada. Escuché un silencio engorroso disfrazado de discreción. Me especialicé en intentar descifrar todos los silencios: el cómplice, el mezquino, el rabioso, el cansado, el irónico, el prudente…pero no acertaba bien a identificar los motivos de cada uno y la curiosidad me carcomía.

Aprendí las palabras maketo y coreano. Nunca jamás las usaron a mi cara. Mi primera amiga del colegio nuevo vivía al lado del cuartel de la Guardia Civil y corría hacia el portal todos los días contando hacia atrás: diez, nueve, ocho…¡casa! No hay bum.

La inocencia conque me enseñaron a amar cada una de las tierras en las que viví  se esfumó un día que bajé al Casco Viejo—No digas que eres andaluza—primera advertencia de otra amiga. Desde el balcón de su casa oíamos las consignas: ¡Ez erosi frantses produktoi!  La madre de mi amiga nos regañaba y nos metía hacia dentro. Rebotaban las pelotas de goma.

Salimos al acabar la manifa. Hubo bronca en los bares, la gente se metía con un chico, le azuzaban, decían algo de zipayo y txakurra muerto pero yo no entendía bien y pregunté.  Habían matado al padre de aquel chico de un tiro en la nuca, era un mando de la policía vasca, y lo que le decían era el próximo tú.

—Estáis enfermos—lo dije en alto—Todos estáis enfermos—repetí. Se rieron de mi. Y una pedorra de mi grupo me dijo —Tú no has nacido aquí y no lo puedes entender.

Galana, te digo que creció el rencor a la vez que mis pechos. Con el paso del tiempo me acobardé y participé del silencio. La prudencia que te da la edad.

Igual que tú me enseñaste lo que era ser socialista cuando yo no entendía de política  y podría habérmelo enseñado otra persona, esto último que aprendí de los vascos, lo podría haber aprendido en cualquier otro lugar del mundo, pero lo hice aquí.

 

Publicado la semana 49. 09/12/2018
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