Semana
43
Meri Catania

La caja de Swaroski

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Relato
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 El edificio de gran altura se yergue sobre una plaza, y la construcción más próxima dista unos veinte metros. Los cuatro ventanales que dominan el apartamento no necesitan ni visillos ni estores. Están expresamente desnudos para permitir que el día se asome curioseando en la intimidad. Un sol gaseoso se despide de la noche. En el interior del piso, las sombras de las nubes se mueven caprichosamente sobre el cuero del inmenso sofá cama que ocupa la mayor parte de la estancia. A su derecha un armario empotrado con un panel de espejos. A su izquierda la puerta del aseo.  A sus pies, como una pequeña muralla, se levanta la encimera que separa la cocina americana. Una resma de folios destaca inmaculada sobre el mármol negro.  Sentada en un taburete, dándole la espalda al sofá y a un hombre que duerme, hay  una mujer desnuda. Mientras bebe juguetea con las diez únicas hojas escritas.  Ya las ha leído. Más de una vez. La mujer levanta el vaso hacia los labios y divaga, en silencio:

«Al agua que yo bebo le falla la memoria, por eso es transparente. Olvidó de qué nube vino para verterse en la montaña, para cruzar el valle y ser una ola. El agua que yo bebo no tiene memoria, no tiene sabor. Ni es dulce ni amarga. Parece una mujer que se encuentra en la treintena sin saber si es amante o es amada… Es esa gota de agua en el caudal de la vida la que desborda el vaso y moja la existencia. La que molesta. Me imagino un río que me arrastra a una cascada y me da menos miedo que la conversación que tendremos cuando el día amanezca, tras un clásico —Tengo que irme, sin ducha ni nada.  Me asustan las horas que siguen al encuentro fortuito vividas tantas veces ya que no hay otro guión posible… No quiero volver a las sábanas. Están empapadas de nosotros  aunque  tú, una vez más, te vayas. Miro tu sombra en mi cama y me aferro al agua sin memoria, ni dulce, ni amarga…Has cambiado de postura y te haces el dormido. Vuelvo a tomar tu texto. Ni siquiera te has dignado a ver mis trabajos. Hoy no te diré nada del tuyo.

En la alcoba salón el hombre se revuelve despacio entre las sábanas. Abre los ojos y piensa:

«El reloj y el calendario parece que me raspan los ojos. En sólo cinco días tengo que presentar un libro de cuentos y no tengo ni uno. Despierto en la misma pesadilla que ayer. ¡Esta maldita resaca! Levantarse resulta tan agotador como quedarse en la cama. Mi cabeza hueca late al ritmo de un martillo pisón. Me incorporo y trato de no mirarme en el espejo del armario. También trato de no coincidir con la línea de tus ojos. No estoy para reproches. Sentada  en la cocina bebes agua, me das la espalda, pero sé que me sientes. Sara, espero que no te des la vuelta mientras voy al baño. Necesito tiempo.»

El sonido del  vaso sobre el mármol coincide con el de la manilla del cuarto de baño donde Darío se ha deslizado sigilosamente. Sara sigue pensando:

«Te he oído caminar hacia el aseo. Te escondes. Yo también en cierto modo. No te puedo decir Darío lo que siento y aún menos lo que me duele verte en este estado. Recuerdo bien  cuando me explicabas de dónde venían tus historias. Decías que tu cerebro es como una gruta sumergida en el océano. La marea baja y queda una cavidad fresca y en penumbra. Dices que  la bóveda de la gruta está llena de palabras vivas que resuenan al moverse, estallan chocando entre ellas y se convierten en otras. Unas se hunden para siempre en el agua y las olvidas. Las que se reflejan en el espejo de la superficie brillan creando el delirio del que nacen las historias que escribes. Si la   cueva se queda sin agua, queda muda,  y el efecto del vacío  son estas palabras cadáver. El texto no me transmite nada, es un “muerto” más en forma de mal cuento.

Tu cueva está sumergida en alcohol, anestesiada y tú ni te das cuenta. Yo no llego a entenderlo. Me niego a aceptar que el vodka con naranja haya invadido tu vida para siempre. Te exprimes el cerebro y el único jugo que surte la pluma  es transparente, huele a mala colonia y se seca antes incluso de rozar el papel. No consigues enlazar las tramas. Yo tengo que corregir tu trabajo. Cierto es que aún no te lo he explicado…No me atrevo. Si en la editorial supieran que estoy contigo me acusarían de mala profesional, de que no puedo ser objetiva. Seguro que dirían eso. Si tú lo supieras… Me siento ruin.»

Darío refugiado en el baño se va recuperando:

«¡Dios qué dolor de cabeza!  Abro el grifo y las tuberías protestan tanto que hasta  mi estómago tiembla con ellas. Debo conseguir enfriarme la nuca…Si no hubiera venido ayer hubiera sido mejor. Mejor para Sara al menos. No me hubiera visto así. No debería haberme enrollado con alguien que trabaja para la editorial. ¡Qué estúpido! …No muerdas la mano que te da de comer. Además prefiero distanciarme. Esto se está poniendo serio. A mi no me apetece seguir viéndola. No tanto al menos. En breve me pedirá que me instale aquí con ella o peor… en mi apartamento. Tengo que evitarlo. Le diré  que me voy de viaje. A trabajar. Esta mujer es demasiado….Demasiado todo. Es demasiado dura, demasiado rara, demasiado inteligente y demasiado bonita….¿Pero qué digo? Apenas la conozco y me está pillando. Aunque con esta cara que  me estoy viendo en el espejo no me extrañaría que me echara de una patada.»

El sonido de la ducha  al correr  el agua sorprende a Sara. Extrañada se levanta del taburete y se pone encima la camisa de Darío. Está tentada de acercarse a la puerta del baño pero decide coger una de sus carpetas de dibujos y sentarse a esperar:

«Se está duchando.»

Darío se refresca bajo la ducha fría que cae en un chorro grueso y sigue pensando en Sara:

 «Es extraño que trabaje en la editorial  y no publique, y más  increíble que nadie me haya dicho nada hasta la semana pasada de su verdadero trabajo. ¡Hay que joderse! Y encima me miente diciéndome que sólo es ilustradora. A ver cómo consigo devolver su novela al cajón ¿Está en el pendrive azul o en el otro? No creo que se haya dado cuenta de que la he cogido. Ni esta ni las demás. Me siento como si hubiera robado el examen a una  profesora por la que estoy colado. ¡Y me va a pillar¡»

Sara está sobre la cama con su carpeta de dibujos. La camisa vaquera de Darío le roza el pecho. Hay algo en el bolsillo. Son dos llaves USB. Una azul y otra morada. Ella tiene también varios pendrives de la misma marca. Son corrientes. Saca el portátil de debajo del sofá cama y lo enciende. El pendrive morado es el primero que logra cargar. Hay varios archivos. Reconoce los dos primeros nombres. Son libros conocidos: Los Renglones torcidos de Dios y Concierto para instrumentos desafinados. Continúa leyendo: Contra la depresión, Manual del tratamiento bipolar. Síntomas negativos y positivos en pacientes esquizofrénicos, Conclusiones sobre la Clozapina, Zypresa y Leponex...El listado de artículos es extenso.

Baja  con rapidez la tapa  y desliza  el portátil debajo de la cama. No se oye ya el correr del agua. Darío no va a tardar en salir. Sara escucha la mampara desplazarse con el gruñido quejumbroso habitual. La puerta del botiquín tiene los goznes oxidados y chirría un poco.

—Sara, ¿tienes ibuprofeno?

—Sí, en el botiquín —la voz ahogada de Sara llega como un susurro doloroso y vuelve a un silencio muy largo. Decide preparar un café. La mente de Sara vuela hacia un lugar lejano en su vida. Una voz joven repica entre sus recuerdos, la suya, una voz de diván y Prozac que habla de Magdalena su hermana mayor:

«¿Qué es la locura? Un tabú. ¿Qué es la mente? La mente es la caja de Swaroski. Esa caja de cristal fino con forma de polígonos iridiscentes. No hay que tocarla. Se puede romper. Todos vemos la caja desde fuera. La vemos completa, con sus colores, con sus aristas, poliédrica. Al destaparla se puede jugar a mirar a través de los cristales y todo se distorsiona como en  la mente de mi hermana presa en la caja de Swaroski. Así me lo explicaba ella misma cuando salía del letargo inducido por las pastillas, cuando las dejaba y parecía estar bien. Pero no lo estaba...»

Darío revuelve el botiquín y encuentra un neceser negro semioculto tras una bolsa de plástico con maquillaje. Lo abre y suspira. La visión del contenido le hace resoplar nuevamente:

« ¡Mierda! ¡Mierda! y mierda una vez más. No tiene ibuprofeno pero de ansiolíticos y antidepresivos está bien surtida. Algo era ello. Ese cansancio permanente. Rarita no sé, pero está claro que no se encuentra bien. ¿Dónde me he metido? Creía que era la investigación de una novela y se trata de su propia biografía. Como se de cuenta que he leído su pendrive me va a machacar. Tenía que haberlo supuesto. ¿Cómo le explico que llevo un mes leyendo sus archivos?»

Abre la puerta y se encuentra a Sara haciendo café. Al acercarse ve sobre la cama el pendrive azul. La pantalla del ordenador brilla mal escondida debajo del somier.

«¡Buff! Ya ha encontrado su pendrive. Va a estar cabreada.»

Darío se sienta en el taburete. Coloca un botecito de Prozac sobre la encimera.

 

— Buenos días.

— Buenos días. — replica Sara volviéndose con dos tazas de café en las manos. No se besan. La mirada de ella se para brevemente sobre el botecito.

— No encontraba el ibuprofeno —sigue Darío y la mira a los ojos. Sara se vuelve a buscar el azúcar. Darío continúa en tono de mofa:

— Igual endulzamos con un par de estos. Seguro que nos pega un subidón.

Darío coloca  ahora unos blister de orfidal tratando de provocar a Sara:

— Dicen que dan mucho aplomo y seguridad ¿ Tú qué opinas?

 

— Opino que tu trabajo es un tanto pobre —inclina la cabeza hacia los folios de la encimera. Darío no ceja y aprovecha la observación:

— Tendré que probar, a ver sime sale una buena novela. Los que escriben bajo la influencia de estas cosas siempre resultan unos genios ¿No crees?

— Pues no. No especialmente.

— Sí mujer. Hay infinidad de ejemplos del uso de opiáceos por escritores famosos y no tan famosos. No hay más que verlo.—Darío señala con la barbilla el pendrive azul sobre la cama. Sara que aún no se ha dado cuenta de que es su pendrive lo único que ve es el ordenador relucir por debajo del sofá cama. Se pone nerviosa pensando en que a Darío le va a molestar que le haya fisgado los documentos y con voz suave responde:

— Está bien. Perdona. No quería inmiscuirme en tus cosas. Me he encontrado tus pendrives y he echado un vistazo a lo que había. ¿Estás trabajando en los cuentos?

— Más o menos. He encontrado una temática fascinante: la locura. ¿Te suena?  Quizás me puedas dar un par de lecciones sobre la materia.

 

Sara molesta replica:

— Está bien. Perdona. No quería inmiscuirme en tus cosas. Me he encontrado tus pendrives y he echado un vistazo a lo que había. ¿Estás trabajando en los cuentos?

— Más o menos. He encontrado una temática fascinante: la locura. ¿Te suena?  Quizás me puedas dar un par de lecciones sobre la materia.

Sara molesta replica:

— Sobre esto y sobre muchos temas. El primero como no resultar un cabronazo con falta de tacto. ¿Qué? ¿Te ha gustado Los renglones torcidos de Dios?

Sara trata de buscar una escapatoria. Darío ataca:

— Prefiero hablar de la locura real y no de un personaje.¿Cuánto tiempo llevas drogándote?

— Supongo que el mismo tiempo que tú alcoholizándote, capullo.

Darío no entra al trapo. Quiere saber a toda costa:

 

— Vamos, cuéntamelo. ¿Tuviste una gran depresión porque un tipo te trato mal? ¿Tienes crisis de ansiedad tras esa apariencia tan perfecta? ¿Qué hay en esa cabecita que tanto escondes?

— Darío eres idiota. El 90% de la población sufre depresiones una vez en la vida. Que te leas tres libros sobre el tema no te convierte en psiquiatra. No estoy enferma. No actualmente. Tuve un problema. Se solucionó. Punto.

— No te enfades mujer si lo explicas muy bien. La verdad es que estoy un poco celoso. —Sara sigue sin entender y Darío retoma la palabra:

— Has hecho un trabajo estupendo. No se si es algo autobiográfico o no. Me has tenido días enganchado a esa novela que estás preparando. El texto no está depurado pero obviamente hay un buen estudio detrás. He intentado ponerme al día. Creo que te puedo ayudar un poco. ¿Por qué no la publicas? Así me das más tiempo a mí para preparar lo mío.

Sara se va encendiendo. Corre hacia la cama y saca el ordenador de debajo. Introduce el pendrive azul en el puerto libre y allí aparecen todas las notas sobre el diario de su hermana Magdalena. Darío se sienta a su lado.

Sara está llorando. Sin hacer ruido. Darío se arrepiente de haberla estado pinchando y comienza a pensar  que aquello no son los apuntes de una novela. Ha sido cruel pero desconoce hasta qué punto.

— Sara, yo no pretendía...

No se le ocurre qué decir. Ha metido la pata. Sara se calma y empieza a hablar sin casi mirarle:

— Todo lo que has leído son recuerdos sobre mi hermana. Son reflexiones mías y de ella. Son cuentos de otros pacientes. Historias reales o inventadas por Magdalena tras sus estancias en el psiquiátrico.No podía saber a veces a qué se refería, ni siquiera si era una experiencia real o no, así que pasé su diario, sus cuadernos y mis recuerdos y los uní en este archivo. Le doy forma desde hace tres años y busco la manera de entenderla, de que no se vaya de mi mente. Trato de adivinar por qué Magdalena decidió dejar la medicación.

— ¿Qué le pasó a tu hermana?—Darío supone la respuesta pero piensa que debe hacer la pregunta.

Sara no responde.

Ese silencio es un cuerpo inerte flotando  en un mar del norte. Ese silencio es el que sigue al ruido del cristal al romperse. Cuando la caja de Swaroski de Magdalena se hizo añicos todos los que la querían se cortaron con los trocitos afilados.

 El abrazo de Darío mitiga apenas la sensación de frío, su voz tiene una cadencia casi paternal:

— Sara, tranquila, Sara…No hay culpables. No es culpa de nadie. En la vida hay momentos horribles y no todos aguantan. Hay gente oxidada.

— La odio. No tenía derecho a hacerme esto.

Darío abraza aún más a Sara y habla:

— Estaba enferma… ¿Y tú Sara? ¿Cómo te sientes tú? ¿Quieres vivir?

— A veces sí, a veces no. Me pregunto cuándo se convirtió la vida en una elección. Magdalena optó por la cobardía y tú también.

— ¿Yo?

— Sí, el alcohol

— ¿Qué alcohol?—Darío le mira sorprendido.

— El que tomas a todas horas!

Darío respira profundamente, aparta a Sara de su cuerpo y la mira de frente:

— Sara, no soy alcohólico. A veces bebo. Bebo para calmarme cuando siento angustia. Pero no siento angustia a todas horas. Y bebo cuando hay eventos. Nunca bebo solo.

— Bebes tanto que no estás escribiendo nada.

— No Sara, no es así. No escribo porque estoy leyendo algo que me interesa. Me interesa mucho y no tengo tiempo para desarrollar mis ideas. A lo único que he estado enganchado en este tiempo es a tus escritos.

— Las últimas cinco veces que hemos quedado has terminado borracho.

—Sara  las últimas cinco veces que hemos estado juntos hemos salido a cenar y a tomar copas. Y tú también estabas achispada—Darío le guiña un ojo.

—Sara reflexiona: «Quizás sea cierto.»

—Siempre te vas. Siempre tienes prisa por las mañanas.

—Te recuerdo que tengo un hijo que llevar al colegio.

—Nunca hablas de él .

—Ni tú de tu hermana. Ni de tu vida apenas. Fuera del trabajo en la editorial no te conozco. Incluso me mentiste, tu puesto no es de ilustradora. Sé que eres tú quien hace las primeras correcciones de mis propios trabajos. Eres hermética. Puedes hablar durante horas con habilidad pero no dejas traslucir nada tuyo. Sí, he leído parte de tus escritos, tus archivos....Ahora comienzo a saber quién eres. Tú me has estado leyendo desde hace tiempo también. Todos los originales que envío a la editorial pasan por tus manos.Antes de conocernos tú jugabas con ventaja. Al principio me hizo gracia tu mentira, luego francamente me cabreó.

—No lo había pensado.

—Mira Sara, yo no se cual es tu fantasía sobre mi pero me estresa demasiado el intentar deslumbrarte. Tampoco puedo hacer desaparecer el dolor que sientes.Sara,deberías pasar páginay vivir. Deberías publicar e intentar ser feliz.

Darío se levanta a recoger sus pantalones y se viste. Se marcha. Sara no sabe qué hacer para retenerlo. Tampoco sabe si  quiere hacerlo.  Se queda de pie frente a la cristalera y escucha el ruido de la puerta al cerrarse.

Darío se aleja del edificio pensativo. Sus manos tiemblan involuntariamente. No puede detenerlas. Entra en el primer bar que ve:

—Un vodka con naranja, por favor.

Consume con urgencia la mitad de la copa mientras retoma su conversación con Sara mentalmente:

«Sara no puedo mitigar tu dolor, ni el mío, ni el de nadie. Tienes razón, soy un enfermo o un  borracho, como prefieras llamarlo…Y efectivamente soy un cobarde incapaz de reconocerlo»

Desde su apartamento  Sara no escucha estos pensamientos. Se debate entre la tristeza y el alivio. Tumbada en el sofá  le da por pensar que los ventanales son parte de una caja de Swaroski inmensa y por primera vez se da cuenta que la luz también penetra en el interior de la caja.

Duerme durante horas como hacía años que no lo hacía. Al despertar decide que ese mismo Lunes hablará con el director de la editorial sobre sus propios escritos.

 

Publicado la semana 43. 28/10/2018
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