Semana
04
Meri Catania

La Intrusa

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Relato
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En la cocina de su casa, una mujer esbelta se debate en una lucha feroz por desplumar un pollo. Se llama Wally pero la niña que la observa no lo sabe todavía. Wally lleva el pelo recogido en un moño alto, un vestido azul bajo el delantal blanco y parece estar pasando un mal rato. Astrid  la espía desde un callejón detrás del vallado del jardín. Wally la puede ver aunque la niña piensa que está bien escondida. De hecho ya la lleva vigilando  por el rabillo del ojo desde que inició la pelea con el pollo.

Un hombre joven aparece detrás de Wally y la coge por la cintura. Wally da un respingo y ríe. Ambos se ríen. El animal a medio pelar tiene un aspecto desolador. La mujer gira el cuerpo hacia el hombre y le habla. Astrid siente curiosidad. No es la primera vez que se escapa de casa, se ausenta desde primera hora. Astrid no va a la escuela, prefiere vagar por la ciudad envuelta en su capa gris, único  atuendo que posee contra el frío, y vigila desde su refugio a todo el vecindario. Su lugar preferido para espiar es la casa de esta pareja joven. Son divertidos. Él pinta y siempre salen de su casa niños, algunos conocidos de Astrid la miran por encima de los hombros. Astrid ha visto a Herr Schiele tomar un lienzo blanco y pulcro y convertirlo en escenas, en retratos de rasgos recios con curvas sinuosas que desaparecen y luego se adivinan.

Una vez, Astrid pudo acercarse al estudio hasta ponerse en cuclillas debajo del alfeizar y pudo ver a las modelos. Mujeres semidesnudas con calcetines de colores. Bailarinas mustias con grandes ojos amoratados, casi que le recuerdan  a Gertrud, su madrasta, cuando se le corre el maquillaje que lleva de noche y vuelve de mañana, borracha, despertándola para que prepare el desayuno. Astrid preferiría una madrasta guapa y elegante como Wally, que sigue desplumando malamente al animal. <<No se hace así>> piensa Astrid y mientras  esas palabras pasan por su mente la presión de unos dedos sobre sus hombros la sorprende. Grita e intenta zafarse pero Egon, advertido por su esposa de la presencia de la pequeña intrusa ha salido por delante con el objetivo de capturarla.

— Bien, bien señorita, por favor, no grite...Veo que le gusta nuestro jardín ¿Se puede saber que está usted haciendo aquí?

Astrid se revuelve intentando morder la mano de Egon y él espera sin soltarla a que Wally avance por el camino de la cocina al callejón.

—Hola—saluda a la niña— ¡Egon! No le aprietes, le haces daño. —sonríe a Astrid.

Wally toma la mano de la niña que hipnotizada con el mimo con el que le habla la mujer se deja conducir hasta la cocina donde la cabeza del pollo cuelga de la mesa bamboleándose. Wally le sigue hablando todo el trayecto, la sienta en una silla y le ofrece pastel de chocolate.

¿Es para mí? Muchas gracias Frau Schiele.

A Wally no le extraña que conozca su nombre, figura en la puerta de entrada. Mucha gente lo sabe.

—Me llamo Wally y él es mi esposo Egon.

—Yo me llamo Astrid —farfulla la niña con el pastel de chocolate en la boca_  Los pollos no se despluman así.

Egon y Astrid cruzan una mirada—Uhmm — dice Wally—quizás me puedas ayudar con esto mientras nos vamos conociendo.

La niña le explica la forma de quemar los pelos del pollo con la lumbre de la cocina. Wally la supervisa temerosa  de que se pueda quemar, pero la niña es hábil, lo ha hecho muchas veces.

Wally va sonsacando información de su pequeña nueva amiga. Egon, parapetado detrás de la encimera garabatea sobre el papel los ojos de Astrid con máximo cuidado.

Astrid va tomando confianza y aunque no concreta dónde esta su casa les habla de su vida con Gertrud y con su padre.

Wally la anima esperando una pista y concluye, tras sus indagaciones, que a la niña no la está esperando nadie. Tiene esa madrasta horrible y un padre violento. Eso no se  lo cuenta Astrid sino las sombras violáceas y verdosas sobre su piel de armiño, se ven en los brazos e incluso en las piernas.

Astrid que había observado tan atentamente al vecindario les relató una serie de anécdotas sobre las costumbres de los habitantes de las casas próximas dando todo lujo de detalles. Egon, que seguía retratándola le preguntaba— ¿Y que sabes de nosotros?  Wally le dijo que se callara con una mirada rápida y Astrid cambió de tema.

—Una vez le vi cómo dibujaba a esas mujeres. Un jueves. ¿Puedo ver su dibujo?

Egon riéndose le mostró sus apuntes y pensó que aquel saco de huesos olía a rancio y tocándose la nariz  con la punta de los dedos se volvió hacia Wally. Ella tomando la barbilla de la niña con su mano le preguntó — Astrid, ¿Te gustaría quedarte esta noche con nosotros? Wally quería protegerla. No podía irse sola a ese hogar terrible— El pollo estará listo en media hora y es muy tarde para volver a casa.

Astrid asintió incrédula. << ¡Al fin iba a conocer toda aquella casa y sus dueños eran amables con ella¡ ¡Un pollo para cenar! >> Con aquellos ojos tan abiertos como su boca Astrid siguió a Wally que la invitó a subir al piso de arriba. << ¡Qué suerte! >> pensaba Astrid << ¡Qué suerte!>> Y se dejó desvestir y bañar como si fuera una muñeca. Astrid ­no había visto nunca una bañera de verdad y aún menos la había utilizado. La espuma del jabón olía tan bien que intentó comerla y terminó tosiendo, cosa que hizo reír a Wally.

            Astrid escuchaba la risa de Wally y sentía una emoción lejana, un recuerdo de algo que probablemente conociera cuando aún vivía su madre. Una vez seca, con el pelo recogido en una coleta y una camisola que Wally le ajustó como un vestido, Astrid brillaba.

Egon las vió descender la escalera. El pelo de Astrid era una mata densa del color de la hojarasca que cubría el jardín, estudió su forma de mirar tan inquisitiva, se desplazaba en pequeños pasos, muy rápidos, quizás porque su camisola le llegaba más allá de los pies. Wally en cambio tenía aquel porte, un andar largo, sinuoso y seguro, con pasos firmes y silenciosos.

Egon pensó en la esencia femenina. Astrid era una incógnita incipiente y Wally una pregunta resuelta. Esos interrogantes que avanzaban escaleras abajo le obligaban a desear captar lo más íntimo. ¿Cómo interpretarlas? ¿Cómo plasmar su alma? Recordó un famoso lienzo de su maestro Gustav Klimnt, “las tres edades de la mujer” y anheló tiempo para poder idear el lienzo perfecto para ellas.

Astrid aún tenía un poco de miedo a Egon, y cuando Wally la dejó sola con él la niña miró hacia las puertas por si tuviera que salir corriendo. Egon captó el gesto y abrió la puerta que daba al jardín. El frío del Otoño contrastaba con el calor del hogar de los Schiele. Astrid decidió que no se iría de esa casa mientras pudiera. En su presente inmediato deseó quedarse para siempre. Egon sin cerrar la puerta le echó una manta encima y Astrid se abrazó a él.

 

Publicado la semana 4. 22/01/2018
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