Semana
03
Meri Catania

Y volverá a amanecer sobre los Apalaches Azules

Género
Relato
Ranking
0 129 2

 Ethel consiguió finalmente encajar el equipaje y despedirse de los Andrews, su familia de acogida. Arrancó el coche ya hace dos horas y puso rumbo a su destino, primero Washingtown, luego en avión hasta la universidad de California. Va con tiempo de sobra, por tres razones: tiene que devolver el auto, van a cerrar las carreteras si llega la ola de frío y la tercera, quiere alejarse definitivamente de aquella familia.

Los Apalaches están situados enfrente, entre la niebla; parece como si no hubiera amanecido, como si nunca fuera a amanecer. Inmensas columnas desordenadas de árboles centenarios se mantienen firmes a ambos lados de la carretera. La insalvable frondosidad verde y blanca impresiona.

Enciende la radio, cualquier emisora servirá de compañía. Nadie más conduce hoy por el camino de Forks Canyon, no hay ni un vecino en muchas millas a la redonda. La música que emite esta emisora le desagrada. La impacienta. Mira hacia el botón del dial y lo va girando con la mano derecha, sin percatarse que ha girado también la izquierda  y con ella el volante, tarda unos segundos en levantar la cabeza y en darse cuenta de que se va a salir de la calzada a la cuneta. El coche resbala y cae, estrellándose contra el fondo de placas de hormigón. La nieve apenas amortigua. Ethel siente el tirón del cinturón de seguridad que la retiene con un golpe seco.

El coche queda inclinado con el morro hundido y Ethel, confusa aún, trata de desprenderse del cinto. Toca el claxon para que alguien la oiga, pero sabe que no hay nadie, piensa que tiene que lograr salir del coche. El móvil está en su bolso, pero allí es muy probable que no haya cobertura.

Desplaza la mano derecha hacia el cierre del cinturón y lo desbloquea. La cinta retráctil le golpea el rostro de refilón y a la vez su cuerpo se desplaza hacia el volante. Apoya el brazo izquierdo sobre este y resuena nuevamente el claxon como una sirena de barco en medio del Ártico; coloca también el brazo derecho e intenta a pulso echar el cuerpo hacia atrás y mover las piernas, algo se lo impide. La bota derecha se ha encajado de alguna manera entre el acelerador y el freno. Puede subir algo la rodilla izquierda, pero no la derecha. Intenta durante cinco largos minutos librar su pie de aquella trampa, pero cuanto más lo intenta más daño se hace en el tobillo.

Al escuchar música de fondo se da cuenta de que el motor continúa encendido, la radio no se ha estropeado. La calefacción tampoco. Entonces, ¿de dónde viene el frío? La luna delantera está cuarteada y a través de ella ve la nieve de la zanja en la que está metida, recorre con la mirada la línea inferior de la luna hasta que ve el hueco y los cristales rotos como un reguero de hormigas transparentes, parte en el salpicadero pero en su mayoría sobre el capó del coche. Por la ventanilla de la derecha, el paisaje está distorsionado por las  mil y una líneas en que se ha rajado el cristal; acierta apenas a ver unas formas oscuras inmóviles sobre la nieve, son troncos y quizás la base verde de alguna copa baja.

El bolso que al comienzo del viaje estaba sobre el asiento del copiloto se encuentra ahora sobre la alfombrilla. Le duele el cuerpo, gira la cabeza y se encuentra mirándose en el espejo retrovisor. La hebilla del cinturón de seguridad le ha dejado marca. Sobre la sien y el pómulo hay una franja roja y azulada, se lleva la mano al rostro y se sujeta sobre el volante con el brazo izquierdo; la herida  escuece, duele  incluso al tacto, ha comenzado a hincharse. También siente dolor en el pecho, quizás por la tensión al intentar mantener la postura.

Tiene que alcanzar el bolso. Está al fondo, parte del contenido desparramado. Puede ver la cartera y las llaves; el móvil debe estar aún encajado dentro. Si pudiera alcanzar el asa y acercarlo…La bota bloqueada le impide estirar más el cuerpo, desesperada intenta recuperar la posición inicial y el claxon suena consiguiendo exasperarla. Lo golpea intermitentemente con rabia un buen rato.

Un ronroneo extraño del motor la inquieta aún más. Si apago el motor me congelaré antes. ¿Y si no lo hago y explota? Comprueba que su abrigo está  a mano en el asiento posterior y  decide desconectar el encendido. Se echa el abrigo encima y se coloca las mangas del revés para poder entrar en calor. Si se rinde el frío la matará. No sabe desde hace cuánto tiempo pero los copos de nieve se cuelan por el agujero de la luna frontal. Lloraría pero eso no la va ayudar.

Mete las manos en los bolsillos: el tabaco, el mechero… ¡Dios!, ¿cómo puede llegar al móvil? Aprieta las manos para entrar en calor. ¡El mechero, el mechero! Lo saca, lo enciende un par de veces. Tira del cinturón de seguridad todo lo que puede y lo quema hasta que consigue romperlo. Quita las llaves del arranque, pasa la improvisada cuerda plegándola por la anilla que une la llave al esquimal metálico, regalo de los Andrews. Los dedos comienzan a entumecerse, frota sus manos contra el abrigo, por fin consigue engancharlo bien; vuelve a estirarse hacia el asa del bolso, logra balancear el gancho improvisado, tiene que conseguir arrastrar el bolso hacia ella y las llaves servirán de contrapeso.

A la quinta vez que lo intenta el bolso se desplaza lo suficiente como para rozar el asa con los dedos. Una vez más y atrapa el borde entre el índice y el medio, casi no los siente, con suavidad da un tirón y finalmente coloca el bolso sobre sus rodillas. Busca dentro y saca el móvil. Llama a emergencias. Explica su situación. ¿Qué a qué altura de la carretera está? ¡No sabe! Que active el GPS le dice para acceder al emplazamiento.

El operador de emergencias se vuelve a presentar:

—Hola soy Clark. Ya sabes como el de Superman— ¿Cuántos años tienes Ethel?

 —Diecisiete.

Le pregunta si está casada:

 —No— le pide nuevamente el teléfono de sus padres:

—No hay padres.

— ¿Alguien conocido a quien avisar?

 <<Los Andrews no tienen teléfono>> piensa y responde:

—No. Nadie. ¿Cuánto tardarán en llegar?

Clark continua, no le llega la ubicación con claridad, pero no se lo dice.

—Alguien habrá. Perdona que insista. ¿Hacia dónde te dirigías?

En el centro de emergencias, Andrew, el compañero de Clark, le insta a seguir hablando con Ethel. Tienen que mantenerla despierta, la brevedad de sus respuestas y su tono indican los primeros síntomas de la hipotermia: confusión y somnolencia.

El  GPS enviará la señal al satélite, eso le han dicho. Ethel se lo imagina flotando en el espacio, tan frío, tan negro,  la cámara de un dios que  la enfoca sonriendo y esperándola mientras envía la ola glaciar sobre los Apalaches azules. No quiere mirar a la pantalla del móvil, no quiere darse cuenta de que está a más de tres horas de cualquier centro urbano, que ha descendido la temperatura muy bruscamente, que empieza a responder vaguedades al teléfono, que no habrá helicóptero porque la ola de frío se ha adelantado.

 La temperatura ha caído quince grados en algunas zonas del este y es imposible acceder por aire a ningún punto. Clark le hace las preguntas. Andrew le apunta bromas en un papel. Lo de Superman no ha tenido efecto, no se ríe.

Ethel se acurruca contra la puerta del coche y la voz de su interlocutor se va desvaneciendo. Mira el cinturón de seguridad y las llaves con el esquimal. ¿Qué más da si explota? Al menos tendrá calor. No van a llegar. Pone la llave en el contacto y se da cuenta de que  no puede arrancar. No siente los pies. La radio comienza a sonar. Suelta el móvil.

Piensa que el dios que juega con el satélite ha desplazado el Ártico sobre la Tierra,  para que no pueda salir de los Apalaches y nunca tenga una vida propia. Escucha de nuevo la sirena de un barco. Se repite, cada vez más cerca. La emisora de radio emite noticias pero no quiere saber. Suena el móvil y la sirena intensa, como la de un rompehielos. No puede coger.

—Accidente en la ruta de Fork Canyon, mujer atrapada en su vehículo—en el  enorme trailer de Paul Thorton la radio no  cesa de dar alarmas. Todos los camioneros de la zona están hablando entre ellos, le han dado la dirección exacta desde el centro de emergencias.  Cuando el aviso por radio se extiende se da cuenta de que  puede llegar el primero y hace sonar el pulmón de hierro de su camión para avisar su llegada. Clark y Andrew intentan contactar con ella desde el centro de emergencias.

Publicado la semana 3. 15/01/2018
Etiquetas
Tres colores: Azul , On the road , A resguardo, con mantita, en una tarde invernal
Compartir Facebook Twitter