Semana
22
Meri Catania

Cuestión de confianza

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Relato
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Anoche, en mitad de la tormenta, lo vió  nadar en la piscina.  Los fogonazos del cielo iracundo iluminaban de forma intermitente el jardín de la hacienda, en un zigzagueo que obligaba a forzar la vista.

Benedicte se desplazó desde la cocina al porche sin atreverse a salir. Observaba desde el ventanal. Lo primero que llamó su atención fueron las vallas blancas del cercado arrancadas y esparcidas por el suelo. Poco después, descubría una forma en el agua, una masa blanquecina y rosácea que evolucionaba a ras del bordillo, luego emergía sobrepasándolo e  invariablemente desaparecía en la oscuridad para volver a ser iluminada por los rayos unos metros más allá.

La mujer siguió observándolo mientras valoraba la conveniencia o no de encender una de las lámparas. La lluvia refulgía sobre aquella especie de armazón cerámico. El ser que deambulaba por su propiedad, ajeno a su presencia se recreaba girando sobre sí mismo en piruetas imposibles.

La lluvia amainó y los ruidos de la noche se acentuaron. No podía verlo, pero escuchaba como si la panza del animal se restregara contra los arbustos del camino hacia la casa. Las ramas se movían. Sonó un crujido de  madera en las escaleras del  porche y el último fogonazo iluminó la cabeza del caimán durante un breve y aterrador instante, allí mismo, delante suyo.

El gran caimán albino bostezó por tiempo interminable, separando las mandíbulas y por la impresionante oquedad de su garganta, ella vislumbró un tiempo pretérito y ancestral. Pensó en gritar pero sus labios permanecieron en tensa cerrazón. Aseguró la puerta acristalada  echando el  pestillo e inmediatamente  dirigió su mano hacia el teléfono de una mesilla donde tenía las llaves de la furgoneta. Apostada tras el ventanal contiguo a la puerta, Benedicte evaluaba la posibilidad de huir. En aquel rincón del mundo se asentaba un complejo hotelero de veinticinco bungalows de distinto tamaño  sobre tierras robadas a los pantanos. Sintió que aquel lugar era más propiedad de aquel ser que de los ricos inquilinos.

En ese instante, la puerta  se resquebrajó en añicos como escamas de cristal por el impulso del latigazo de la  extraña cola rosácea.

Incapaz de moverse, Benedicte miró las fauces abiertas de nuevo  ante sus ojos y  le pareció que aquella oscuridad diferente a la de la propia noche  la iba a engullir. El caimán cerró la mandíbula y sus dientes rechinaron. La miró impertérrito, desde sus ojos rojos de albino ciego. Seguro que podía olerla y sentir su agitación, sin embargo caminó bamboleante hasta la cocina y se acomodó sobre las losetas blancas. Quieto como una estatua de nieve y algodón de azúcar, formando un charco que olía a cloro. Miraba hacia los fogones donde  en un cazo rojo el agua borboteaba. Girando el tronco impulsó su cola hacia el cazo y lo empujó hasta que se vertió el líquido sobre la piel del lomo que se enrojeció y deformó como si fuera de cera dejando una gran llaga abierta, con una carne de apariencia gelatinosa.

Benedicte sabía que no podría escapar. Los caimanes son muy rápidos incluso  fuera del agua. Mientras pensaba en ello  escuchó una voz en su interior. No era la suya, no eran sus pensamientos. La voz dijo:

—    ¡Fuego!

Benedicte pasmada no entendía. Aquel caimán  le sostenía la mirada. La voz   se repitió en su cabeza suplicando:

—    Dameee fuegooo..¡Préndeme!

Estupefacta Benedicte se dirigió a la encimera y cogió una caja de fósforos.

—    Con eso tardarás siglos.

Colgado de un clavo había un cucharón de madera. Lo untó en aceite y lo encendió con el fogón que llameaba. La improvisada tea lucía en su mano. Benedicte no se atrevía a acercar la llama al extraño ser que le rogaba que le quemara, no se atrevía a acercarse simplemente. Aquella cola podría lanzarla a ella contra la cocina; mientras dudaba  volvió a oírle urgiéndola.

—    ¡Quémame ya, te digo! ¡Rápido mujer!

Hipnotizada por la voz que escuchaba, no pensó más y alargó el brazo con la antorcha sobre la carne que se reblandeció licuándose sobre las losetas de la cocina. Las llagas dejaban ver la viscosidad  translúcida que se movía en espasmos  y ante sus ojos  iba cobrando forma una silueta reconocible, algo parecido a un hombre en cuclillas se puso en pie, en el rostro acuoso dos canicas negras parpadeaban. Ahora eran redondas, ahora dos curvas semicirculares y una fina raya debajo de la inexistente nariz le sonreía  mientras agitaba unos brazos que terminaban en dos manos amuñonadas, sin dedos.         

La transparencia inicial del ser iba espesándose hacia un color blanco luminoso que recordaba una cáscara de huevo. En un momento él le tocó la mano, ella comenzó a comprender  y  se sintió muy mareada. Tomó asiento, su mente había sido trastocada por una  información que pesaba como una pequeña pluma en el ser que estaba delante, pero que en su cerebro era un yunque y  la hacía sentirse muy cansada. Tanto que pensó que se iba a ir dormir para olvidar que un enorme caimán albino que se había colado en su cocina estaba a punto de resquebrajar toda una vida de creencias absolutas. Así al despertarse se habría acabado este asunto.

Él se sentó enfrente de ella. Su aspecto ahora era el de un hombre espigado y  atlético, con la consistencia de la  arcilla blanca. En algún momento le habían crecido los dedos de las manos que extendió sobre la mesa cerca de las manos de Benedicte. Se fijó  en que la presunta piel se movía como si hubieran tirado una piedra en un estanque  de  leche. Mirar esas pequeñas olas que surcaban la superficie de aquel cuerpo luminoso terminó por tranquilizar a Benedicte que sentía también como la consumía una curiosidad feroz. Quiso saber más, necesitaba respuestas y preguntó:

—    ¿Conoces el pasado, el presente y el futuro?

«Ni siquiera sé tu nombre.» —escucha  en su cabeza.

—    Benedicte, me llamo Benedicte. ¿Y tú?

Él volvió a tocarla con suavidad. Benedicte supo el nombre pero era imposible convertirlo en fonemas, el nombre era una imagen compuesta de luces. Juzgó que era un ser considerado  que había  dejado de producirle pánico. De hecho, en ese momento solo sentía la gratitud de estar viva y la certeza de que todo era real, lo que la llenaba de júbilo. Se sintió especial.

La voz resonó en su interior:

«Cuando llegamos nos instalamos en el ánima de la propia Tierra,  en las nubes, en los océanos, en el magma, en cada volcán. Después encontramos en las pequeñas vidas humanas una experiencia diferente por la complejidad de vuestras emociones. Evolucionamos porque queríamos vivir esas emociones a través de los hombres y decidimos regalaros una  segunda vida. Hay mucha energía en la forma de sentir de los humanos  que  nos nutre y, por ende, facilita el  Equilibrio Total.»

—    ¿Por qué tenías forma de  caimán blanco?—preguntó Benedicte.

«Compartía mi  vida humana  con un hombre sabio, que conocía las plantas y sus propiedades y aplicaba remedios a vuestras enfermedades. Para ti sería un médico, en otras épocas le llamarían chamán, pero en aquel momento de vuestra historia la humanidad vivía inmersa en los miedos a cualquier avance y cualquier diferencia. Le quemaron vivo a él y a la mitad de su tribu en nombre de un dios desconocido e implacable. Cuando  estaba ardiendo en la pira mi esencia logró separarse de su espíritu y  antes de ser completamente incinerado logré introducirme en el cuerpo de uno de los caimanes que observaban las llamas desde  el manglar. Llevo casi cinco siglos manteniéndolo con vida y su piel apergaminada ha comenzado a perder el color tan solo hace cuarenta años. No sabría decirte por qué, nunca había habitado en un caimán.»

—      ¿Por qué has venido a mí?

«Necesito completar mi ciclo vital para poder trasladarme en forma de lo que tú llamas luz a otros universos. Todo se basa en la confianza mutua. Yo te ayudo en la vida, te doy conocimientos, te hago más  hábil e inteligente y tú me dejas morar en tu cuerpo. Cuando mueras por primera vez, salvo que te quemes y me destruyas, yo haré que renazcas con consciencia de todo lo vivido y tendrás una segunda oportunidad. También conocerás mis diversas existencias. Lograrás lo que desees.»

— ¿Qué ganas tú con este pacto?

 «Vivir tus emociones, eso me nutre, me da fuerza y genera equilibrio. No queda mucho tiempo. Debes decidirte al alba…»

El sol está saliendo con enojo.

Benedicte recuerda porqué está allí, tan lejos de su casa, su aislamiento deseado, su desazón por perecer. Hacía mucho tiempo que el dios cristiano no era una opción, sólo su cultura. Siempre se había aferrado a algo. Recorrió un camino plagado de mentiras y  falsas posibilidades: curanderos, drogas iniciáticas, regresiones hipnóticas; llegó al  esoterismo buscando una cura para su alma, ahora para su cuerpo también. Su pecho amputado, el enemigo que la carcomía. ¿Y si ese ser que le ofrece una vida la engaña? ¿Y si muere antes de tiempo?

— ¿Qué ocurre con mi cuerpo?

 «Tu cuerpo se mantiene vivo y sano.»

— ¿Y si ya estoy enferma?

«Sanarás.»

— ¿Qué ocurre con mi mente? ¿Quién piensa, tú o yo?

«Ambos.»

Los ojos  ahora grises y dulces hablan a la vez que las palabras que sin llegar a ser sonidos repiquetean dentro de Benedicte. Delante de ella el hombre de luz se ha transformado y en este momento las curvas redondeadas de su cuerpo imitan las formas sinuosas de una mujer perfecta. Se levantan de las sillas y se miran mutuamente. Benedicte asiente  y extiende los brazos. El ser se  introduce en sus manos con sus propias manos blancas, ahora opacas, ahora translúcidas. Como una niebla que penetra en el cuerpo le acaricia el interior de los brazos, codo con codo y las manos están ya cerca del cuello, los pulgares en la yugular, calor, dolor, presión…Una corriente de energía en el bulbo raquídeo… ¿Y si ahora me posee el pensamiento y me hace desaparecer? ¿Es esto la muerte?

Ahí está la voz, en la zona más profunda de su cerebro:

«Déjate llevar, te prometo otra vida.»

—      Pero no seré yo.

«Será tu mismo cuerpo rejuvenecido.»

—      ¡No quiero morir!

«Sabes que pronto lo harás, esta es la única solución.»

A Benedicte le asaltan dudas. ¿Y si es corrupto y su poder la transforma en un monstruo?

 «Eres una mujer. Continuarás siendo una mujer.»

Me siento desvanecer y tú dominas mi mente, lucho por seguir despierta, mis párpados caen, se extingue la luz exterior y noto que los límites de mi cuerpo se expanden, mi piel no es una barrera impermeable, te ha dejado entrar y te siento  y dejo de pensar, hay  una inconsciencia negra  que dura menos de un segundo y…

 

«…Y nosotras abrimos los ojos y vemos la cocina, recordamos que somos Benedicte y nuestra vida, nuestro cuerpo enfermo. Buscamos un espejo y nos quitamos la camisa, el sujetador…»

El saquito de arena, esa protuberancia ortopédica, cae al suelo.

En el espejo ellas se observan,  ven el cuerpo semidesnudo de Benedicte y la tersura de unos senos firmes y redondeados. El rostro sonríe. Ellas lloran de felicidad.

 

 

 

 

Publicado la semana 22. 03/06/2018
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