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02
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Bajo el flexo, al lado  del ordenador, Bego teclea sin descanso. En los lucernarios de la buhardilla la lluvia arrecia  haciendo un ruido insoportable. Son las dos de la mañana y el cuento que escribe está casi finalizado. Normalmente tiene encendida la radio. Hoy no. Entre el viento que brama tras las ventanas, las ramas de los árboles golpeando la fachada y las gotas que estallan contra el cristal, es imposible escuchar música.

Bego levanta la cabeza de la pantalla cuando nota que todas las luces comienzan a parpadear. “Un guiño desde el infinito” piensa y se ríe. Tras unos minutos se repite el temblor de las luces por, quizás la sexta vez. “Los fantasmas y los electroduendes no paran de alborotar.” Desconecta el ordenador, por si acaso.

Mira hacia la pared detrás del escritorio, las sombras de las ramas de los árboles se pelean furiosas sobre la pintura agrietada, se zarandean y atacan y luego se repliegan para enfrentarse otra vez. Bego, atenta a las formas que crean, se siente incómoda ante esa disputa. Incluso comienza a pensar que el sonido del viento tiene diferentes registros y que son voces distintas, las de cada uno de los robles que discuten en la calle y que se han colado en su cuarto. Es como un teatro de sombras chinescas y la representación está en su punto álgido. A veces se funden hojas y ramas, ya no se trata de árboles, son extraños seres muy enfadados, con ojos blancos desorbitados.

Repentinamente nota que algo se ensombrece en la mesa; la pantalla se apaga y se enciende, tres veces. Bego piensa “punto, punto, punto” y luego parpadea otras tres veces con una duración más larga. Bego inquieta dice en alto —raya, raya, raya—. Bego se levanta de la silla que rueda unos centímetros hacia atrás y golpea una mesilla baja de cristal donde reposa una pipa de kif que tintinea. Asustada se aleja hacia su cama sin dejar de mirar al portátil que desconectado de la corriente no debería estar tan temblón.

Otra ráfaga de tres puntos y Bego no se atreve a acercarse y pulsar el botón de apagado. Se atrinchera tumbada  boca abajo en la cama, pero mirando al escritorio, con la almohada debajo de la barbilla.

Desde su portátil otro SOS en código Morse la deja pasmada. Fundido completo del ordenador.

De la impresión se desliza hacia el suelo, interponiendo la cama entre ella y el escritorio, muerde la almohada hasta que siente dolor en la mandíbula de la fuerza que no puede evitar hacer. El flexo permanece encendido y la luz de las farolas que permiten la gran bronca de los robles es la única iluminación de la estancia. Por un momento el viento amaina y los seres de la pared toman aliento. Rayo y trueno no se esperan y  Bego no sabe si ha gritado o no porque lo único que oye son las alarmas de los coches aparcados en la plaza.

No puede más, Bego corre hacia la puerta de su buhardilla y baja las escaleras hasta el descansillo del piso inferior, le importa una mierda quedar como una idiota ante su único vecino. Sobre el suelo de madera una cuña de luz sale desde la puerta de la casa de Andrés, la puerta está abierta; empuja el pomo con suavidad y la puerta tropieza con algo.

Bego sí grita esta vez. Andrés yace en el suelo.

—Socorro. Ayúdenme—la voz casi ininteligible del hombre hace que Bego reaccione  y se acuerde de que es enfermera. Llama al 112 y comienza la reanimación hasta que llega la ambulancia.

                A la luz del día, cuando vuelve del hospital donde Andrés se recupera del infarto, ve la furgoneta de los electricistas que trabajan en una zanja próxima a su casa y sonríe.  Los robles, serenos, no le dan ya ningún miedo. Pena le da lo del ordenador. A ver si le pueden recuperar la información.

 

Publicado la semana 2. 10/01/2018
Etiquetas
Poltergeist , Noches de tormenta, de madrugada...
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