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Meri Catania

Los perros de Raheny

Se acabó el concierto. Las farolas del puente, a medio gas, apenas alumbran los muelles. Hoy te han contado que han visto una foca descansando sobre los bloques de hormigón. Ha debido salir en los periódicos pero aún no los lees. Ni ves la televisión, ni puedes escuchar la radio. Salvo la música, claro.

Si algo caracteriza a esta ciudad, nueva para ti,es la música. Tocan música en directo, no como en casa. En cualquier pub hay al menos un cowboy irlandés con una guitarra o un grupo de folk. Los emigrantes que partieron a América vuelven a su tierra en forma de canción.

Te has entretenido hablando con unos chicos y es tarde. No hay más autobuses a tu distrito. A estas horas tampoco puedes coger el tren de cercanías. En casa llevarías dinero para un taxi, aquí no.

Avanzas por el puente. Vas a tener que andar hacia el norte a lo largo del río hasta su desembocadura.¿Cuánta distancia habrá? No lo sabes ni en kilómetros ni en millas. Paras un momento, hacia la mitad del puente, mirando a los bloques que están en la orilla. ¿Dónde estará la foca? La zona del agua más cercana a la pared hace guiños con las luces de las farolas: negro y amarillo, negro y anaranjado y más adelante diferentes grises. Hay un punto en que la noche se adueña del espacio y borra los edificios. Los absorbe. Bordear el río te va a llevar dos horas. Hiciste bien en no ponerte tacones.

Hay verdín en las escaleras de piedra que bajan al muelle. El agua debe estar muy fría. En el muelle hay un garito donde jugarás al billar la última semana de tu estancia aquí, pero aún no lo conoces y además está cerrado. En ese salón de juegos te robarán la cartera y no podrás comprar esa chaqueta de lana que tanto te gustará cuando vayas de día y descubras los almacenes.

Hoy, el problema es llegar a casa sin desorientarse, andando en la oscuridad.

Piensas que estás sola pero oyes unos ruidos a tu espalda. Aprietas el paso. Sabes que en algún momento tendrás que correr.

Hay unos cajones de madera apilados contra un muro. Enormes embalajes y palets de mercancías abandonados que dejan hueco suficiente para esconderse. Los ruidos que escuchas podrían ser pasos. Te metes en el espacio entre el muro y los cajones y observas. Escuchas con más atención, reconoces el jadeo de un perro y lo ves corretear, alguien le llama. Es una voz de hombre. Prefieres mantenerte a resguardo, aunque son otro tipo de perros los que te dan miedo. Los que le salieron al paso a una chica la semana pasada en la estación de Raheny. Con esos no te quieres topar.

La mano que apoyaste en el embalaje de madera está humedecida. La bruma blanquea la noche como si ardiera uno de los almacenes, pero no huele a quemado. La neblina te va rodeando con esos brazos de humo, como espectros de un incendio que tuviera lugar hace años y que llegara al presente a través del tiempo detenido. Si permaneces quieta en tu escondrijo, a la intemperie, enfermarás, no podrás trabajar ni pagar el alquiler. Te echas la capucha de tu abrigo hacia delante. Tu pelo está relamido, casi mojado. Tienes que seguir caminando.

En algún momento de esta noche llegarás a un parque que tendrás que atravesar y luego a un subterráneo. Allí si que correrás. Está muy cerca de la casa.

Te orientas por el murete que discurre a lo largo del cauce. No sabes si hay zonas que no estén protegidas. Los chasquidos del agua que roza la piedra te mantienen alerta. Estás sola en la oscuridad , arrastrando los pies para asegurar el paso durante casi una hora. A medida que te alejas del centro solo puedes guiarte por destellos lejanos, el faro de la desembocadura y el cielo sin estrellas que se recorta sobre el horizonte con un grado de oscuridad diferente al del mar.

Tardarás en volver a ver edificios y calles iluminadas. Sabes que están después de la carretera que a lo largo del murete llegará a la playa y que en este momento debe estar unos metros a tu izquierda. Has recorrido ese camino en el autobús y lo seguirás recorriendo unos meses más, pero tú no lo sabes y cuando te enfrentas al parque tienes dudas de si conseguirás llegar. Te juras que llevarás siempre una linterna en el bolso. Pasas la verja por el sendero de tierra principal que sale al subterráneo en el otro extremo del parque.

Ellos están cerca. Los perros de Raheny que no te quieres topar han salido de caza. Aún no tienes amigos que te acerquen en coche a casa. Solo llevas un mes en esta ciudad. Los amigos pueden marcar la diferencia y yo también.

Te han visto salir del parque y se dividen en dos grupos. Tú no lo sabes, pero vas apretando los `puños con las llaves a modo de puñal, por si acaso. Pasas al lado de una boca de incendios.

Soy yo. Soy la boca de incendios y voy a explotar, justo cuando pasen dos de ellos a mi lado, a cien metros de ti. No te vuelvas a mirar qué ocurre. Solo tienes que correr esos cien metros tras salir del subterráneo.

Cuando pasen a mi lado el agua a presión hará resbalar a uno de ellos, caerá contra un coche y sonará la alarma. Se reirán, bromearán y te dejarán en paz.

Pero corre, corre hasta el portal y sube los escalones de la escalera de dos en dos como tenías previsto.

Llorarás porque la luz de casa no funciona y tienes frío. Y cuando recuerdes esta noche ni siquiera sabrás nunca lo cerca que estuvieron.

 

 

 

 

Publicado la semana 19. 13/05/2018
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Perdida en la ciudad- The Ribbons , Noches de marcha en Dublin , Cuando gustes
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