Semana
14
Meri Catania

La foto gris entre dos guerras

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La trabajadora social del ayuntamiento había localizado a Lucía con prontitud y sin grandes palabras le informó del accidente del abuelo y del régimen de visitas. Cuando se encontraron en su despacho le tendió una fotografía vieja: la foto que el abuelo sostenía angustiado mientras le auxiliaban los médicos. No casaba con la personalidad del abuelo aferrarse a ninguna reliquia. Ni siquiera guardaba fotos de la familia, se habían perdido hacía años. Mientras Lucía se encaminaba a la habitación que le habían indicado le echó un vistazo a aquella especie de estampita gris que por algún motivo le pareció extraña.

Un hombre abrazaba a una mujer. Ella estaba de espaldas, una joven inmóvil, indiferente con su sombrerito azul. Seguro que era azul y del mismo tono que el abrigo. No estaban posando. Alguien capturó ese momento único e íntimo. Sí, resultaba demasiado emotiva pero Lucía no tenía tiempo para recrearse en ella. Llegó temerosa ante la puerta blanca rezando para que el abuelo no estuviera desfigurado. Le habían contado que se escaldó con un puchero de sopa.

Yayo Evaristo no se encontraba mal del todo y para alivio de su nieta seguía teniendo la cara redonda de siempre, un rostro de hogaza horneada. Lucía que no había descansado desde el día anterior se sentó a su lado y hablaron mientras las enfermeras revoloteaban bromeando y animando. Al caer la tarde la nieta recordó la foto que guardaba en su bolso y dejándola sobre la mesilla de noche se despidió. Cuando estaba cruzando la puerta Evaristo siseó un nombre, “Estela, Estela...”. Lucía no conocía a nadie con ese nombre y creyó que el abuelo la llamaba . Se giró pero él no la miraba. No hablaba con ella y Lucía sintió un escalofrío al marchar pensando que quizás estuviera perdiendo la cabeza. Evaristo se quedó sólo.

En el silencio del Hospital hay sonidos clásicos y recurrentes que se repiten en cada habitación: la toses secas, la gente en los pasillos deambulando sin poder dormir, los acompañantes susurrando y las enfermeras que sermonean a los noctámbulos y apagan las luces. Esos sonidos tan nítidos le llegaban a Evaristo desde el pasado, en un hospital de campaña y aquella foto con Estela le recuerda ese tiempo anterior a Lucía, a la madre de Lucía y a la Yaya. Solloza levemente y entra una enfermera. Sobre la mesilla, Estela se mantenía firme de espaldas, negándole su mirada. En la memoria de aquel abrazo frustrado, Evaristo hallaba cierto consuelo. Porque, sí, él era quien abrazaba a aquella joven, a Estela.

Conduciendo hacia su casa Lucía se sentía alerta. Consiguió salir del calor asfixiante de la Planta de Quemados y de las visiones de cicatrices indelebles pero le acompañaba toda esa angustia. Yayo Evaristo no podía vivir solo aunque se empeñara y ella no podía pagar una residencia. Suspiró pensando en que tendría que dejar su trabajo y sin previo aviso un nombre centelleó en su pensamiento:Estela. Ese nombre de repente tan familiar le quitaría el sueño . Recordaba casi toda su infancia con gran nitidez, al menos su vida con los abuelos y cuando se sentía mal recreaba el peor momento de su vida, la muerte de sus padres , Magdalena y Victor, en un accidente de tren. Esa noche se acostó rememorando figuras vestidas de negro a su alrededor, el velatorio, el funeral. Alguien le acariciaba la cabeza y le decía “maidarlin” “maidarlin”. Luchaba por recordar. Se despertó bañada en sudor sin noción clara de lo que había estado soñando. Sintió congoja y aquello que la Yaya llamaba pálpitos y el Yayo tonterías.

Al día siguiente volvió al hospital a la hora del desayuno y la sonrisa de Evaristo, aún dormido la hizo sentir mejor. En la mesilla de noche la foto amarilleada le pareció hasta impúdica. ¿Por qué guardaría aquella foto? No podía ser su abuelo. Y ella no era la Yaya. Ocultando su rostro la mujer también ocultaba su historia. En el dorso había apuntada una dirección de la ciudad de Bath cerca de Londres. Lucía escrutaba la foto cuando entró una enfermera sonriendo y echándola hacia el pasillo mientras realizaba las curas.

Apuntó la dirección y esa misma noche en su casa escribió una carta, hizo una copia de la foto y la envió a Inglaterra. Los días pasaron cuidando al abuelo en el hospital , trabajando. Monótonos y grises .

Cuando recibió un sobre timbrado en Inglaterra se le aceleró el pulso . Para su sorpresa la carta estaba redactada en español:

Querida Sra :

Me llamo Henry Livehall y en respuesta a su carta he de decirle que creo conocer a la mujer de la fotografía . Se trata de mi esposa Stella Ashley, canadiense y anteriormente casada con Eduard Scott . Por lo que usted me cuenta desconoce la identidad y la relación de Stella con su familia. Permítame que sea yo quien le explique parte de lo sucedido.

Cuando en 1939 en España se terminaba la Guerra, Estela que había pasado más de un año en el frente español como enfermera voluntaria tuvo que volver a Canadá. Su prometido,Eduard Scott, reclamaba su presencia. La mayor parte de ese año la había pasado volcada en su paciente Evaristo Mencía. Ella tenía 28 años y Evaristo 23. Sabían que no podía funcionar. Al menos así lo sentía Estela y aunque Evaristo le suplicara se marchó. Estela se terminó casando con el hombre que la pretendía desde tan lejos y a quien ella creía querer. Eduard Scott, primer marido de mi esposa, adoptó a la hija que Estela alumbró y Evaristo no supo nada de su existencia durante ese tiempo. Pocos años después la pareja se divorció y Estela visitó a Evaristo con la niña Madeleine. Tanto Evaristo como su mujer las acogieron encantados tras la sorpresa inicial. En ese momento la segunda Guerra Mundial se extendía por Europa. Estela viajó para visitar a unos amigos en la Francia ocupada, se unió a la Resistencia y desapareció. La niña creció con su padre. La niña Madeleine se convirtió en Magdalena.

Estela fue capturada y acusada de espionaje, logró sobrevivir a los interrogatorios pero tardó mucho tiempo en recuperarse. Rehizo su vida en Inglaterra, conmigo, sin perder de vista el crecimiento de su hija Madeleine en ningún momento hasta su trágica muerte en un accidente ferroviario.

Dice que es usted la hija de Madeleine y Victor, nieta por tanto de mi esposa. Si es así debería usted saber más de nosotros, su familia...En todo caso debería hablar con su abuelo .

 

En el sobre venía otra fotografía : claramente distinguió a sus padres, acompañados de una pareja más mayor. Lucía comenzó a llorar.

Llevó la carta al hospital. La enfermera desde dentro de la habitación hizo un gesto a Lucía de que pasara. Al ver el membrete el abuelo rompió a llorar. En ese mismo instante Lucía sintió frío y angustia a la vez y besándole en la frente descartó el interrogatorio que había programado momentos antes. El Yayo comenzó un monólogo inconexo dirigido tanto a ella como a la enfermera :

_Tu abuela vive Lucía.. _Estuvo en la boda de tus padres y en tu nacimiento. Ni siquiera recuerdas los veranos en Inglaterra... Al morir Magdalena la Yaya tuvo miedo. No quería que te llevaran. Lucía, tenías cinco años entonces. Tras la discusión que se produjo en el funeral nunca más supimos de Estela. La Yaya quemó todas las fotografías...las que encontró.

La luz de la mesilla se reflejaba en los grises del abrazo desesperado. Lucía intuyó la historia que ya sabía y sintió el dolor del joven, del amante, del padre, del abuelo, el dolor de la Yaya, el de su madre ...llegó a sentir el dolor de la quietud de Estela, su abuela. Su voz casi ajena al cuerpo lloraba diciendo :

_ Viajaremos juntos a Bath, Yayo.

 

 

 

 

 

Publicado la semana 14. 08/04/2018
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