Semana
10
Meri Catania

La Carta del Hijo de Nadie

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                                                                                                                       Al Padre Prior de la Congregación de

                                                                                                                       Santa María del Iguazú

Estimado Padre:

            Me llamo Manoel García do Guimaraes y en este año de gracia de 1942 cumpliré,  Dios mediante, 74 años.

De lo que de aquí en adelante le cuente , padre, quisiera me guardara el secreto mientras yo viva y que me juzgue el cielo si, como verá más adelante, me mereciera castigo divino. Su congregación recibirá a  mi deceso una heredad cuantiosa. Tengo mis motivos para legarles mi fortuna pero, sin más dilación, permítame padre, explicarle las circunstancias de mi pasado.

La breve historia de mi familia se remonta a dos generaciones. Sé que mi abuela materna era española y mi abuelo portugués. La verdad es que mi abuela nunca llegó a conocer el nombre de mi abuelo. Ella era  la doncella de una noble, dueña de las tierras que ocupan los Saltos de Santa María. Tuvo la desgracia de hallarse presente en  la antigua Misión  durante una incursión de los “banderaintes” para  secuestrar  indígenas y venderlos como esclavos. Ella, que según mi madre, vestía enaguas y paños de Flandes fue avasallada por un tropel de portugueses embrutecidos. Su dueña , tras conocer su situación, decidió dejarla en La Misión a cargo de los jesuitas recomendándole mucha paciencia y que no regresara con ella.

Mi madre se apellidaba García do Guimaraes y se crió en La Hacienda de la Antigua Misión de Santa María. Yo llevo sus apellidos. Mi madre nunca me explicó como llegó a Porto Iguazú, una población floreciente y discreta,  en la que nadie conocía  de dónde venía ella  ni quién fue mi padre. Desde donde me alcanza la memoria siempre estuve allí, de día ella me acompañaba en nuestra casa . Cuando llegaba la noche  se acicalaba  y me dejaba en la casa de una mujer oscura como una pesadilla. Dormir era tarea casi imposible pues recibía muchas visitas. Desde el camastro donde yo debía pernoctar  veía hileras de hombres y mujeres que le traían ofrendas: piezas de cobre, plata e incluso oro, comida, enseres ...aquello de que disponían y podía tener algún valor. La negra sacaba un juego de caracoles de mar  y arrojaba estos buzios  sobre un tapete descolorido y una sarta de sonidos guturales salía de su boca antes de cada vaticinio. Mientras yo oía sus oraciones y  las tribulaciones de los vecinos, mi cuerpo se iba rindiendo a la noche.

La Negra me hablaba de los orixás, divinidades paganas en las que creía firmemente y me susurraba  cuando mi madre no estaba: “Confía en Ietmanjá, en el agua  está tu fuerza .“  Sobretodo me protegía  cuando algún otro niño lanzaba insinuaciones sobre el oficio  de mi madre que tarde tiempo en entender.

Mi madre rezaba mucho pero nunca iba a la Iglesia. Enfermó. La zahína la cuidaba con sus hierbas y sus santos. Cuando murió yo tenía unos diez años y a esa edad comencé a trabajar llevando agua a los hombres del campo, luego fui un bracero y más tarde carretero.

En  Martín Errekaborde y Cía tuve mi primera gran oportunidad para conseguir buenos dineros. Yo había cumplido 20 años y del niño enclenque no quedaba nada. De mi cuerpo, como del tronco de un árbol, brotaban dos brazos fornidos, musculados  por el trabajo en la tierra. Llamé la atención de los expedicionarios enseguida y me contrataron para atravesar la barrera de vegetación hasta los Saltos de Santa María.

Me fui con los extranjeros cuenca arriba del gran río. Paramos en la hacienda que era antaño la Misión. Allá por donde mi abuela fuera violentada y mi madre naciera. Los Saltos no estaban lejos pero para acceder a la zona alta había que ascender por laderas embarradas, de vegetación frondosa y con una humedad que se introducía hasta el interior de  las fosas nasales ablandándolas.

Se decía entonces  que quienes se quedan solos, de noche, ensordecidos por el río que borbotea en su feroz caída, no son capaces  de razonar con claridad. Terminan tan  impactados por el bramido del agua que se acercan demasiado al vacío y unas manos invisibles les arrastran precipitándolos a la espuma.

Algo parecido me sucedió. Me perdí. Me aparté del grupo en una zona  del interior y desaparecí una semana en la  selva. Me encontraron ido y casi mudo, me devolvieron a las manos de la negra  zahína.

Al cabo de un mes me repuse  físicamente  pero quise olvidar  por completo lo que pasó en esos días.

Me marché a Minas Gerais en busca de oro  y volví enriquecido. Me trasladé a Rio de Janeiro, comencé a mercadear y abrí mi primera tienda de ultramarinos. Seguí prosperando en riquezas. Me casé y tuve tres hijos. Los he visto fallecer a todos. Mi esposa también me dejó hace muchísimo tiempo. Tanto que su presencia se disuelve en los recuerdos.

Hasta aquí llega la vida que me ha tocado vivir. Pero no le he contado, padre , toda la verdad.

Cuando me perdí en las tierras de los Saltos yo no estaba solo. Mi compañero, Gregorio, un hombre zafio y bronco me acompañaba.

Al quinto día de nuestra desaparición, cuando ya nos fallaban las fuerzas y nuestro ánimo se diluía en el barro, logramos aproximarnos de nuevo a una zona conocida. Recuerdo que no hablábamos. Repentinamente, delante de nosotros , aparecieron dos guaraníes.

Gregorio sin mediar palabra apuntó a las criaturas. Eran casi niños. Mató a uno. Me abalancé sobre él para evitar que alcanzara al segundo y  le juro padre, que fue en ese forcejeo  cuando se disparó nuevamente el arma. Gregorio cayó de espaldas, se agitaba convulsionando hasta que su cuerpo en un último espasmo se contrajo y quedó inmóvil. Entonces ví en su cuello un dardo. No tuve posibilidad de reaccionar. Me giré muy despacio y me encontré  enfrentado a un grupo numeroso de indígenas.

Comencé a rezar en alto el Padrenuestro y a llamar a Iamantjé y a todas las deidades de mi infancia. Detrás de mi  sonó un ruido seco, el cuerpo de Gregorio  fue arrojado  al abismo. Los guaraníes avanzaron y yo reculé pero ya estaban a mi espalda. Me detuve en medio de aquel círculo, me oriné encima sin darme ni cuenta de ello. El joven que se había librado de la muerte  levantó la mano y habló. Se fue acercando a mi muy lentamente, se descolgó del cuello un envoltorio de piel y me lo entregó.

Una voz  en perfecto portugués emergió de la garganta de uno de ellos gritando:

¡Corre! Y así comenzó una cacería desigual. Me arañaba con la maleza, sin machete, en aquel lodazal caía una y otra vez y les sentía a mi alrededor  pero sin llegar nunca más a verlos. El agua  cayendo iracunda sobre las piedras del fondo manifestaba toda la furia  de la naturaleza y en mi angustia perdí la orientación y resbalé a una sima.

Me encontraron dos días después, dos días que me dieron que pensar mucho en las dos muertes, la del muchacho guaraní y la de Gregorio. Yo había matado a Gregorio. Mi incapacidad de hablar  me salvó de preguntas insidiosas. Simulé a medias el trastorno y esperé a que todos olvidaran  lo que nunca conté. El médico dio fe de que no era consciente de los últimos días.

Más adelante se lo conté todo a la Negra. Ella sabría qué hacer. Me convenció que Iamantjé me había salvado y de que no debía hablar del contenido del saquito. Mientras me lo decía  yo miraba las piedras que sin pulir parecían tan sólo eso, piedras envueltas en un trozo de piel. La Negra me advirtió  que si alguien sabía la existencia de las esmeraldas nadie creería en un accidente. Que me acusarían de asesinato y que un “hijo de nadie”  tiene que encontrar su destino  sin ayudas.

 Al conocer que  la Misión de Santa María se reabría  tras  tantos años de la expulsión de ustedes, los jesuitas, decidí escribirle,  padre. Mi origen está en esa  Misión y quisiera su permiso para terminar mis días allí. Les ofrezco mis riquezas en pago a su hospedaje. Se que trabajan  en  favor de los nativos y quisiera devolver la última esmeralda a sus dueños. Los guaraníes me perdonaron la vida no se si los cristianos lo hubieran hecho. Permítame, le ruego nuevamente, descansar en paz.

Publicado la semana 10. 06/03/2018
Etiquetas
La Misión- Ennio Morriconne , La selva Esmeralda
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