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Merche Blázquez

Mentiras en salsa verde

  Había pensado negarlo todo, pero la satisfacción que sentía me impedía fingir, así que... ¡ahí va mi confesión!

  Los primeros días en el curso de cocina había buen rollo, muy, muy bueno, tanto que nos ayudábamos unos a otros, compartíamos trucos y recetas, y hacíamos de pinche todos de todos. Pero eso duró un par de semanas; a la tercera, empezaron a hacerse grupitos que cuchicheaban mirando de reojo al resto. Yo era el único que no se había unido a ninguno de ellos, pero dada mi personalidad un tanto antisocial, no me había hecho sospechar nada.

  La mosca se me instaló tras la oreja cuando empezaron a desaparecerme utensilios. Era el día de la primera prueba para nota, yo iba a hacer un pisto en salsa de champiñones, fui a coger mi cuchillo de picar verduras, y no estaba. Estaba completamente seguro de haberlo guardado en su lugar, y no estaba allí. Pregunté por él, y todos contestaron que no sabían nada, volviendo sospechosamente rápido a sus quehaceres, como si la cosa no fuera con ellos. Aquel día tuve que usar el cuchillo trinchador para picar las verduras, y me bajó dos puntos la nota por la tardanza.

  Otro día, al ir a hacer un arroz a banda, el arroz tenía bichos. Como empiezo a tener problemas de visión de cerca, no me di cuenta hasta que empezaron a flotar en el fumet. Nadie más tenía bichos en el arroz, solo yo, y suspendí la prueba.

  Lo que sí tengo bien es el oído. Faltaban tres días para terminar el curso, y yo estaba guardando los utensilios que ya no iba a utilizar, me entretuve sacando brillo con un trapo a una cazuela de acero, cosa que no hacía ruido, y llegaron dos de mis compañeros:
  —Yo empiezo el martes en Casa Tonino, ya he firmado el contrato. ¿Y tú?
  —Yo tengo la entrevista el lunes, pero voy recomendado por el profe, así que no habrá problema.
  —Lo siento por los compis, pero son todos unos patatas. Bueno, todos excepto Cornelio. Ese sí que vale, menos mal que nos encargamos de que fallara, que si no, o tú o yo estaríamos sin curro.
  —Ya, tío, no me lo recuerdes, las pasé putas para meterle los cebos vivos en el caldo sin que me viera. Pero ya está, esto se acaba en nada.

  Aguanté la respiración. Cogieron unas copas y salieron. Yo esperé un rato para que no me vieran salir, y durante la espera planifiqué mi venganza.

 Como era tradición, cada uno debía preparar algo para la comida de fin de curso, así que elegí los ingredientes cuidadosamente: huevos con salmonela, carne picada con escherichia coli, y tabasco. Me quedaron unas albóndigas frías de carne marinada estupendas, en su punto de sal y de picante calculado a ojo, sin catarlas. A los compañeros les chiflaba el picante. Las llevé a la mesa, fingí que me había olvidado de algo en la cocina y les vigilé. Tal como yo esperaba, entre risas y sin vergüenza, se las terminaron rápido. Cuando llegué dijeron:
  —¡Eh, Corni, tío, saca más albóndigas, están de muerte!
  —¡Ya te digo! —dije por lo bajini, y después respondí:— Estaban todas ahí, ¿os las habéis acabado? ¡Cabrones, no me habéis dejado ni una!
  La comida terminó con risas, y la jornada con retortijones. Solo se salvó Marina, la vegetariana; a los demás los entierran mañana. Me han dicho que me caerán veinticinco años de cárcel por víctima. Veinticinco por diez... Creo que pasaré el resto de mis días entre rejas. Espero, sin embargo, que me permitan trabajar en la cocina, aunque creo que para eso voy a tener que invertir unos cuantos años en ganarme su confianza, ¿no?

Publicado la semana 85. 24/08/2019
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Master Chef , Leer mientras preparas unas albóndigas frías de carne marinada. , curso, cocina, cuchillo, bichos, escherichia coli, salmonela, carne, huevos
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