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Merche Blázquez

Sesos cocidos

  La última vez que dormí fue hace tres años y un día. Lo recuerdo porque fue el día en que murió mi perro. Murió de viejo, con quince años.

  Antes de aquello, llevaba tiempo ya durmiendo mal. Al principio, me despertaba varias veces cada noche; después, solo una vez, a las 2:00, y no conseguía dormir de nuevo. Lo curioso es que no sentía cansancio, no necesitaba dormir, lo hacía por costumbre, porque desde siempre me habían enseñado a hacerlo, y yo me tumbaba, Corso se acurrucaba junto a mí, y dormíamos los dos por una suerte de ritual establecido.

  Pero Corso había muerto. No me apetecía tumbarme y sentir su ausencia, así que no me tumbaba. Pasaba las noches viendo programas de teletienda, sentado en un sillón, hasta que los aborrecí con toda mi alma.

  Entonces intenté hacer las típicas cosas que dice la gente que ayudan a dormir, desde contar ovejas o controlar la respiración, hasta tener sexo, mucho sexo, con mujeres de una noche, con medio-novias, con las mujeres o novias de algunos amigos —no me siento orgulloso—, o solo. Nunca me dormí después del acto.

  Hice amigos nocturnos a base de coincidir con ellos en los locales de moda. De madrugada, ellos se iban a dormir la mona mientras yo me tomaba un par de aspirinas con un café para revertir los efectos del alcohol, y me iba directamente a trabajar. Cualquiera en mi lugar se habría dormido delante del pc, yo no, pero me aburría soberanamente, y cambié de trabajo.

  Guardia de seguridad nocturno era un trabajo para el que no todo el mundo servía. Los compañeros del turno de día lo tenían fácil, por el trajín de gente que iba y venía todo el tiempo entrando y saliendo del edificio, pero la noche amuermaba al más espabilado... salvo a mí. Acababan de despedir al cuarto trabajador de ese puesto en un plazo de seis meses, y fue mi oportunidad. Hice buenas migas con mis compañeros de día, y pasaba allí todo el tiempo: por la noche, por ser mi turno, por el día, haciéndoles compañía y dando conversación.

  Recuerdo el día en que el compañero de día llamó media hora antes de comenzar su turno para avisar de que estaba enfermo. El jefe se subía por las paredes, ¡menudo problemón, buscar a un sustituto así, con solo media hora de antelación! Me ofrecí a doblar turno, y fue su salvación. Trabajé las 24 horas durante una semana. El jefe no hizo preguntas, solo pagó, y cuando consiguió con tiempo suficiente un sustituo, me obligó a hacer vacaciones.

  No os imagináis lo que cunden dos semanas de vacaciones cuando no duermes. Las noches en la playa son maravillosas, en la montaña descubres un cielo estrellado digno de un planetario, haces el doble de amigos que si durmieras, pagando lo mismo en los hoteles.

  Lo malo fue al regresar. Una inspección de trabajo vio que yo había trabajado 24x7, y la empresa se llevó tal sanción que hizo suspensión de pagos y cerró. Tuve que buscar otro trabajo, y me contrataron de conductor en una empresa de mensajería urgente. Los viajes nocturnos no eran problema para mí, pero la carretera es de todos, y no todo el mundo lo lleva tan bien. Estaba bajándome del camión para ayudar a un compañero que tenía una avería, y un conductor que se durmió al volante me atropelló y se estampó en el remolque del compañero.

  El culpable no lo contó, yo lo estoy haciendo ahora, dos años después. No recuerdo cuántos huesos me rompí, solo sé que el dolor era insoportable. Los médicos decidieron inducirme el coma hasta que mejorase un poco, pero no pudieron, yo no me dormía. Entonces, investigando mi caso, me hicieron una biopsia cerebral, y allí encontraron la respuesta:
Como recordaréis, mis dificultades para dormir empezaron antes de morir Corso. Aquel verano había sido especialmente caluroso, y yo era especialmente estúpido, un deportista empedernido que no se saltaba una sesión de running hiciera el tiempo que hiciera. Uno de aquellos días, salí a correr a las 14h, nada más comer. Sufrí un corte de digestión y me desmayé, en medio de la nada, a pleno sol. Estuve allí varias horas, hasta que, a última hora de la tarde, me encontraron y llamaron a una ambulancia. Tenía quemaduras de segundo grado, deshidratación severa, y sufría alucinaciones. Por lo visto, aquel día, según vieron en la biopsia, se me cocieron los sesos de una zona del cerebro, literalmente, justo donde residen las neuronas que controlan el sueño.

 

 

Publicado la semana 82. 05/08/2019
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