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Merche Blázquez

Eclipse de Luna

  A sus cinco añitos, era la primera vez desde que tenía conciencia que Rodrigo iba a ver un eclipse. Su padre, que disfrutaba muchísimo con él desde que empezó a preguntar constantemente «¿por qué?», había fabricado en casa una maqueta con bolitas sujetas por alambres que giraban entorno a una lámpara, y le había dado todo tipo de explicaciones y demostraciones sobre lo que iba a pasar esa noche.

  Era verano, Rodrigo estaba de vacaciones, y le gustaba acostarse bien tarde. Sus padres no le dejaban ver la tele a esas horas, pero no le importaba, porque la tele era lo que menos le interesaba. Rodrigo tenía montones de juguetes y libros, y, lo que es mejor todavía, un padre al que le encantaba explicarle cosas. Papá le dijo que esa noche, bien tarde, se apagaría la Luna, aunque a Rodrigo le costaba creerlo, así que no se lo pensaba perder por nada del mundo.

  Unos días antes, el padre de Rodrigo sacó del canapé bajo su cama un artefacto, un tubo largo con una mirilla, que se colocaba sobre un trípode y con el que Rodrigo podía ver claramente las hojas y flores de los árboles que había en la montaña de las afueras de su ciudad, aquella a la que tardaban un par de horas en llegar cuando salían de paseo con su perro. Mirándolo con aquel aparato, era como si llegaras allí en un segundo. Papá le dijo que cuando la Luna se apagara, tendría preparado el telescopio, así se llamaba el aparato, porque era el mejor momento para ver los cráteres.

  —¿Hay volcanes en la Luna? —preguntó Rodrigo.

  —No. Se llaman así por la forma que tienen, pero hay cráteres por la salida de lava en los volcanes y también por el choque de grandes rocas en la superficie de los planetas o satélites, que es lo que la Luna es.

  —¿Satélite?

  —Sí, verás: en el espacio hay muchas bolas moviéndose, girando unas alrededor de otras. Las que tienen fuego y dan mucha luz, son estrellas, los que giran alrededor de las estrellas son planetas, y después hay otros más pequeños que giran alrededor de los planetas; estos son los satélites.

  A Rodrigo, nunca más se le iba a olvidar ese nombre: «satélite», y mientras esperaban que llegara el momento del acontecimiento, repetía en voz baja continuamente esa palabra, y en su imaginación la escribía. Pasado un buen rato, se cansó de repetirlo, suspiró, y bostezó. Su padre se dio cuenta, y empezó a contarle más cosas para entretenerle durante la media hora que faltaba.

Se enfrascaron tanto en la conversación que no se dieron cuenta de que la Luna empezaba a desaparecer.

  —Papá, ¿no era luna llena hoy?

  —¡Ey, que ya ha comenzado el eclipse!

  Papá alineó el telescopio. Rodrigo pudo ver los cráteres como si estuvieran en la acera de enfrente. Al principio, la parte todavía iluminada deslumbraba, pero a los pocos minutos quedó en sombra toda ella. Rodrigo estaba impresionado, con una sonrisa de oreja a oreja, y nada de sueño. 

  —Papá, ¿el Sol también se apaga alguna vez?

  —Sí, hijo, aunque menos veces que la luna.

  —Cuando sea mayor, quiero ser astronauta, y viajar al Sol cuando esté apagado.

 

Publicado la semana 81. 16/07/2019
Etiquetas
Eclipse, Luna, Sol, Astronauta
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