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Merche Blázquez

Soledad

  —Aquí estoy, solo —decía él cuando le preguntaban, y lo decía delante de quienes estaban con él. Pero es que quienes estaban con él no le estaban haciendo compañía, eso era cierto.

  Esto era lo que le ocurría al llegar a la vejez. Para mucha gente, la «vejez» había comenzado con la jubilación laboral, pero no para él. En realidad, esa circunstancia había dado origen a su tercera juventud, de la cual llevaba disfrutando nada menos que veinticinco años.

  La verdadera vejez sobrevino cuando fueron sus órganos los que, uno a uno, llegaron a la edad de su particular jubilación. En especial el corazón, empezó a dar muestras de cansancio, a la nada despreciable edad cercana a los 80 años. Los demás, como si de un motín se tratara, se fueron uniendo, rebelándose contra la química que se emperraba en mantenerlos operativos.

  En este punto, se unió a ellos la sociedad, y con ella la familia. Aquellos que le habían permitido independizarse en su tercera juventud, hacían lo posible por alargar su estancia en este mundo, como si eso fuera algo valioso. Nadie estaba, en realidad, feliz con la situación, pero la sociedad así lo tenía establecido: había que mantenerse vivo a toda costa, aunque la vida fuera un cúmulo de rutinas insulsas, más que la comida sin sal que tenía que ingerir.

  Un día se escapó. Aprovechó un descuido y un cúmulo de circunstancias y cogió la puerta. Lo primero que hizo fue desayunar en el bar de enfrente, y allí terminó la aventura, porque le encontraron al poco rato. Pero esto no iba a quedar así, lo intentaría de nuevo otro día.

  Ese día se negó a salir por la tarde, y se tumbó en la cama. Después se negó a tomar la medicación, y a comer, y a respirar. Se negó a seguir en aquella rutina consumidora y se independizó de nuevo. Ese día empezó su nueva juventud.

Publicado la semana 79. 04/07/2019
Etiquetas
La vida misma , Soledad, vejez
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Género
Relato
Año
II
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