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Merche Blázquez

Cuando la luz se apaga

La sala estaba casi llena. Había un vacío extraño en la quinta fila, normalmente era la primera en ocuparse. Adela se asomó por un lado del telón y miró directamente a aquel vacío. Volvió a esconderse y, angustiada, se llevó los dedos a la boca, por la costumbre de morderse las uñas.

—¡Ni se te ocurra! —le amenazó la esteticista.

Ella cruzó las manos a su espalda para contenerse, y apretó los dientes. La orquesta ya estaba afinando los instrumentos; el ritmo de la percusión retumbaba en su pecho volviendo loco a su corazón, y los violines chirriaban en sus tripas.

—¡Adelante! —dijo tras ella la voz de la directora, pero Adela se había quedado petrificada. —¡Vamos!

Temblando sus piernas, no sabe cómo consiguió avanzar hasta el centro del escenario, aún con el telón cerrado, y entonces se apagó la luz y se encendió el foco que apuntaba a ella.

Le daba pavor mirar al hueco de la quinta fila, tanto que, cuando la música empezó a sonar, danzó de memoria la pieza entera, sin cometer ningún error, con los ojos cerrados.

La concentración le había hecho olvidar el miedo. El público empezó a aplaudir, y Adela, sin darse cuenta, abrió los ojos.

Y allí estaba, como siempre, en medio de la oscuridad, iluminando el hueco de la quinta fila, en pie y aplaudiendo, el espectro de la bailarina a la que arrebató el puesto con diez puñaladas.

Habría preferido que la mirase con odio, que la acusase en sueños, que le jurase venganza desde el más allá... Cualquier cosa excepto verla allí cada función, aplaudiendo desde la butaca que hasta entonces solía ocupar el hombre por el que Adela la mató. 

Publicado la semana 72. 18/05/2019
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