14
Merche Blázquez

El reportero

  La banda del barrio preparaba su golpe maestro del mes. En las últimas semanas habían asaltado una tienda de chuches, dos peluquerías y cinco locutorios, y su próximo objetivo era el súper del barrio.

  —Con el camión de Donuts no levantaremos sospechas y tendremos asegurado el aparcamiento en la mismísima puerta —dijo el segundón del grupo.

  —Eso será si todavía no está denunciado el robo —dijo el cerebro.

  —No lo está, eso está controlado. El dueño está en el hospital recién operado de una pierna y para cuando pueda conducir habrá cumplido la edad de jubilación. No va a estar asomándose al parking de camiones para ver si sigue ahí, es impensable.

  —Está bien, lo del camión me sirve, pero aún hay una cosa que no me convence.

  —¿El qué?

  —¿No había más supermercados que poder atracar? ¿Por qué este?

  —Ya te lo he dicho, tiene la zona de carga y descarga en la misma puerta, y la caja de telefonía accesible desde el piso de encima, que está vacío y podemos okupar fácilmente. Cortaremos la línea telefónica, no podrán usar el datáfono y, cuando tengan efectivo suficiente, ¡zas!, será nuestro.

  —Sí, claro, todo eso está muy bien, pero ¿sabes quién vive a menos de cien metros de allí?

  —¿Quién?

  El cerebro no respondió, solo puso cara de fastidio, y entonces, el segundón cayó en la cuenta:

  —¡Mierda! No había caído en eso...

  —No nos la podemos jugar, él se entera de todo, no duraremos ni media hora en el piso, que ya tendremos encima a la poli. Luisito no se pierde una. Y si tenemos la suerte de cortar la línea sin que nos vea, en cuanto aparezcamos con un camión distinto al que suele hacer el reparto nos pillará, no lo dudes.

  El segundón se giró hacia la ventana, pensativo. En la calle, una mujer forcejeaba con un hombre de malas pintas que la agarraba del brazo. Tuvo una idea:

  —¿Y si le secuestramos? Esa tarde hay un acto solidario en la plaza, seguro que asiste; le esperaremos en su portería y le encerraremos.

  —¿Hasta cuándo? ¿Piensas pedir rescate por él?

  —¿Qué más da hasta cuándo? Después de cortar la línea no volveremos a necesitar el piso. Se puede quedar en él hasta podrirse, ¿quién va a notar que está ahí?

  —¿Los vecinos?

  —Pero ¿tú has visto los vecinos que hay en ese bloque? No llamarían a la poli aunque saliera ardiendo, tienen más a perder que a ganar. El que no vende drogas tiene un taller clandestino o un burdel.

  —La verdad es que tienes razón. Me está gustando tu idea.

  —¡Claro que sí! Este será nuestro mayor golpe, ya verás.

*-*-*

  Llegado el día, tal como esperaban, Luisito asistió al evento solidario que se celebraba en la plaza. Era ya de noche cuando volvía a su casa, resoplando mientras subía la cuesta a toda prisa porque se había quedado sin batería en el móvil y quería volverlo a encender cuanto antes, para no perderse los mensajes de los grupos de WhatsApp y Facebook de amigos de la ciudad. Por el camino vio varios muebles abandonados junto a los contenedores, hileras de coches en doble fila que no dejaban girar al bus, camellos trapicheando en las esquinas, y una pareja discutiendo a gritos en plena calle. ¡Y él, sin móvil para dejar constancia de todo! Por esta vez no podría informar en directo, ¡qué rabia!

  Abrió la puerta del portal sin usar llave. Habían reventado la cerradura hacía un par de semanas, y como los propietarios pasaban de todo, seguía sin arreglar y no había bombín. Tampoco había luz en la escalera, los recibos estaban impagados. Tenían que arreglárselas con la luz que entraba de la farola de la calle, que por suerte estaba junto a los ventanucos de cada rellano, pero el pasillo de entrada, hasta el primer tramo, era más oscuro de Darth Vader.

  Normalmente, habría encendido la linterna del móvil; esta vez no podía. Oyó roce de ropa, el que se produce al mover los brazos junto al cuerpo o al caminar. Aguantó la respiración un momento para oír mejor...

  —¿Quién anda ahí?

  Nadie contestó. Se dio cuenta de que había sonado muy peliculero, y empezó a sudar al pensar qué pasaría si en ese momento contestara alguien. Y contestar..., no contestó nadie, pero sintió un golpe en la nuca que le dejó K.O.

  Despertó en una habitación con ventanas tapiadas y puerta cerrada con llave. Apenas se colaba una rendija de luz entre los ladrillos de la ventana. Olía a una mezcla de cadáveres de insectos, trastienda de restaurante chino, y kebab, eran olores que conocía bien, que impregnaban su barrio por todas las esquinas. Si prestaba atención, oía música latina proveniente de un piso de la calle de atrás, puesta a todo volumen, y sirenas de ambulancia que se paraban a dos o tres manzanas de allí. Estaba bastante seguro de estar en algún lugar no muy alejado de su casa. Recordaba estar en la portería y haber recibido un golpe en la cabeza. ¿Por qué le habrían encerrado allí?

  Se oyeron gritos en el piso de encima, en un idioma que no entendía pero que estaba acostumbrado a escuchar. Pensó en gritar pidiendo ayuda:

  —¡Socorrooo! —Los gritos se apagaron, espectantes.— ¡Help! —probó, por si no le habían entendido antes, pero el silencio fue la única respuesta.

  Repitió estos intentos varias veces durante horas, cada vez que se oía la presencia de alguien lo bastante cerca como para oírle a él, pero la respuesta siempre era la misma: silencio.

  Empezaba a entrarle hambre. Como sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, podía ver que en la estancia había muebles tipo alacena, así que se puso a rebuscar en ellos, con la esperanza de encontrar una lata de conservas que no llevase demasiado tiempo caducada. Al abrir la puerta de una de ellas se oyó un ruido agudo, y algo peludo rozó su pierna.

  ¡Ratas!, pensó, paralizado por el miedo y asco que le producían. Al menos ya no tenía ninguna duda: estaba en su barrio. Tras la primera, se oyeron unas cuantas más. Sabía que eran varias, no solo una, porque sus chillidos se oían simultáneamente en lugares distintos de la habitación.

  El sudor le caía a chorros de la frente, y le escocía en los ojos. Buscó en su bolsillo un pañuelo con que secárselo, y encontró varias cosas: un bolígrafo, una cinta solidaria para atar a la muñeca, y algunos flyers informativos del evento de aquella tarde. Era un milagro. No tenía móvil, pero con lápiz y papel podría informar a alguien de que estaba allí.

  Escribió algo en el papel y lo dobló en acordeón. Se armó de valor y metió la mano en la alacena, y cuando sintió el tacto peludo en ella, cogió con la otra al animal, sujetándole la cabeza para que no pudiera morderle. Después la inmovilizó entre sus piernas y le ató el papel al cuello con la cinta.

  El día siguiente, unos chavales vieron en la calle una rata con un papel atado al cuello. No tuvieron reparo en cogerla y quitarle el papel. En él ponía «Estoy secuestrado en alguna parte de este barrio. Sigue a la rata hasta su madriguera y me encontrarás».

  Y así fue. La policía llegó al lugar en el mismo momento en que la banda forzaba la caja del súper. Un dos por uno.

  Esta vez, Luisito fue el protagonista de la noticia en lugar de quien la publicaba, cosa que sus haters trataron de aprovechar al máximo cuando le entrevistaron en televisión:

  —Tú siempre denuncias que hay ratas en el barrio, y si no fuera por ellas no habrías salido vivo de ahí.

  A lo que Luisito respondió:

  —Tienes razón, en una ciudad como Dios manda no habría ratas..., ¡pero tampoco habría rateros, ni secuestradores, ni pisos okupados, ni delincuentes en cada piso de un bloque!

Publicado la semana 66. 07/04/2019
Etiquetas
Luisito, reportero , secuestro, ratas, okupa, barrio, poli
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
14
Ranking
6 243 0