08
Merche Blázquez

La llave

  —No te preocupes, yo te ayudaré —dijo Guille, pero una cosa era querer ayudar y otra imponer algo a Olga.

  Empezó un lunes. Guille se levantaba a las 5 todos los días para salir a correr un poco antes de ir a trabajar. Olga no sería capaz de tal cosa ni aunque hubiera fuego en la casa, como mucho saldría de allí rodando como una croqueta, solo tenía que cruzar el pasillo del portal.

  Ese funesto lunes, Olga despertó a las 7:30. Pasó por el baño y después fue a la cocina. Allí encontró una nota de Guille que decía «Aquí está tu desayuno de hoy. Te quiero», junto a un plato con dos biscotes, un trozo de membrillo sobre uno de ellos, uno de queso fresco sobre el otro, y un vaso de zumo de naranja natural tapado con papel de aluminio. Olga se deprimió solo con verlo, pero hizo un esfuerzo y se lo comió.

  Al cabo de una hora pasó lo que se temía: tenía hambre. Fue de nuevo a la cocina, a coger algo de la nevera, pero al tirar de la puerta, no se abrió. Era como si la hubieran pegado con cola. Revisó bien todos los bordes, y lo vio: un candado enganchado a dos cáncamos atornillados a la parte superior, uno en el armazón y otro en la puerta. Al lado, otra notita: «Si quieres la llave, sube a la azotea».

  ¡Maldita sea! El edificio era antiguo y no tenía ascensor. Ellos vivían en la planta baja. Olga solo había subido a la azotea en una ocasión, cuando, siendo presidentes de la comunidad, tuvo que dejar acceder a un técnico de Telefónica para hacer un empalme, y se lo tomó con mucha calma porque se ahogaba. ¿Por qué se le había ocurrido a Guille esconder allí la llave? Para colmo, si no quería que Guille se enterase, tendría que subir después otra vez a volver a dejarla en su sitio.

  Cuando iba por el segundo piso recordó que no había cogido la llave de la puerta de la azotea. Maldijo mil veces su mala memoria por su ansiedad, pero volvió abajo, cogió la llave, y subió hasta arriba.

  En el último rellano hacía mucho calor. La ventanita que comunicaba la escalera con el exterior siempre estaba cerrada, porque si la dejaban abierta daba golpes con el viento, y al pegar tanto el sol, el sitio se recalentaba como un invernadero. Tuvo que sentarse en el último escalón para recuperar aliento, y después, al levantarse, casi se cae del mareo, pero por fin abrió la puerta y salió.

  Echó un vistazo buscando la llave. Podía estar en una cajita, o colgada en los tendederos..., pero allí no había nada. Recorrió al completo los bordes, por si estaba sobre el murete, sin resultado. Cuando pensaba rendirse y volver a casa para sobreponerse bebiendo agua, encontró una nota pegada a la puerta por el exterior: «Si quieres la llave, ve al merendero».

  El merendero estaba en la falda de la montaña, a las afueras de la ciudad. Salía hacia él una carretera que al cabo de dos kilómetros se convertía en pista de tierra. Guille solía hacer ese camino cada día corriendo, bebía en la fuente del merendero y volvía para ducharse e irse a trabajar. Trabajaba hasta las 14:30, de modo que Olga tenía tiempo de ir al merendero, coger la llave, volver a casa, comer lo que fuera y devolver la llave al merendero, antes de que él regresara, así que se puso las deportivas, puesto que aquel camino era un infierno si se hacía con calzado blando, y fue para allá.

  Olga, que parecía una bombilla al llegar al merendero, lo cruzó de punta a punta para ir a la fuente antes de ponerse a buscar la llave. Aquella sed no se saciaba nunca, necesitaba una cerveza, pero era lunes y el bar estaba cerrado, y aunque hubiera estado abierto, solo llevaba encima las llaves de casa, ni siquiera había cogido el móvil, para que Guille no pudiera localizarla allí. Bebió más agua. Estaba segura de haber superado con creces los dos litros que decían que debía beber.

  Cuando le dolía la barriga de tanta agua, fue a la mesa que solían ocupar cuando iban de barbacoa con los amigos. Allí, sujeta con una piedra, había otra nota: «La llave está en la pila bautismal de la ermita». Hecha una furia, hizo una bola con la nota. Después pensó en que así Guille sabría que había ido a buscarla. Intentó alisarla de nuevo, pero el papel ya no podía quedar como estaba antes.

  Del merendero salía un camino serpenteante que subía a la colina donde estaba la ermita. De jóvenes solían ir hasta allí caminando, recuerda que se tardaba como una hora. Olga pensó en rendirse y volver a casa a comer algo antes de desmayarse, ¡pero la nevera estaba cerrada con candado! Bebió más agua, hizo un pipí escondida tras un árbol, y emprendió camino a la ermita, pensando en todo momento en la bronca monumental que iba a tener con Guille después.

  Las piernas le temblaban en el último tramo, más pendiente que el resto del camino. Las escaleras de entrada a la ermita, las subió a gatas. Por suerte, estaba siempre abierta, así podría llegar hasta la llave. Por desgracia, estaba siempre abierta, y los gamberros acampaban allí haciendo botellón, y meaban en cualquier parte. El olor era nauseabundo, pero eso no iba a terminar con su apetito. Según se acercaba a la pila bautismal, le entró un pánico horrible a encontrar otra nota en lugar de la llave, pero no fue así, aquel era el final de la odisea.

  Bajó de nuevo hasta el merendero. Necesitaría ración extra de azúcar para aliviar las agujetas. Al pasar por la fuente volvió a beber agua, que ya era mediodía y el sol era asfixiante. Llegó al final del camino de tierra con la propia inercia de la bajada, recorrió las calles por la sombra hasta su casa y se subió al taburete para abrir el candado.

  ¡No lo podía creer! ¡¡La nevera estaba vacía!! Bueno, en realidad no estaba del todo vacía, había una nota que decía «¡Enhorabuena! Has consumido 200 kcal». El monstruo que rugía en su estómago la poseyó. Guille había sido muy inteligente, la había obligado a hacer lo que por propia voluntad jamás habría hecho.

  Oyó el coche de Guille aparcar en la puerta. Sí, había sido muy inteligente..., pero había cometido un error: no guardar bajo llave también los cuchillos. Dicen que la carne humana se digiere con facilidad, ¿será cierto?

Publicado la semana 60. 18/02/2019
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