Semana
06
Merche Blázquez

UN CARNAVAL DE MUERTE (Inspirado en personas reales, VIVAS)

Género
Relato
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  —¡Ni hablar, no lo voy a consentir! —fue lo primero que dijo la madre del difunto. 

  El médico, que por su oficio tenía contacto frecuente con temas legales, confirmó lo que algunos se temían: era la última voluntad de un moribundo, y había numerosos testigos de que lo había dicho: había que cumplirlo. De modo que la madre claudicó.

  Algo parecido le ocurrió al tanatopractor, no se lo creía:

  —Es una broma, ¿no? ¿Dónde está la cámara?

  Pero no se trataba de broma alguna. En vida, Dani había publicado en las redes sociales que cuando muriese quería ser enterrado —y en ningún caso incinerado— vestido y maquillado de zombie, cosa que en su momento dio lugar a un montón de risas y comentarios. La cosa se volvió seria cuando, siendo jueves lardero y quedándole un telediario de vida, insistió en que si iba a ser enterrado el viernes de Carnaval, todo el grupo, incluido él, debía ir disfrazado de zombie tal como habían hecho siempre.

  Y cuando digo siempre, es siempre. Se casaron escenificando una boda zombie; cada Carnaval se disfrazaba de zombie; cada Halloween, de zombie; y no se perdía un solo año el Festival de Cine Fantástico de Sitges, donde el terror solía ser protagonista, asistiendo disfrazado de zombie, performance incluida en el trayecto en tren.

  —¡Venga ya! Mi trabajo es hacer que tenga buen aspecto, como si estuviera vivo, y no todo lo contrario. ¡Eso no lo sé hacer!

  —Usted encárguese del embalsamamiento, que del maquillaje nos ocupamos nosotros —dijo su viuda.

  Dicho y hecho. El tanatopractor se ocupó del interior y cedió su sala a los amigos, que hicieron un trabajo digno de ser nominado al mejor maquillaje, primero con el pobre Dani, y después con ellos mismos. Cuando terminaron, sacaron el cadáver a la sala de velatorios.

  Los dolientes de otros difuntos de salas contiguas, que asomaban la nariz por allí, se escandalizaban. Una mujer tuvo que ser atendida por un médico, debido a un desmayo; un par de preñadas vomitaron como si tuvieran que parir por la boca, y algunos «hombres de bien» conservadores y algo retrógrados pidieron en recepción la hoja de reclamaciones. En cambio, los amigos y familiares de Dani lloraron de emoción al verlo: quién iba a imaginar que disfrazarlo de muerto era la mejor manera de mantener su espíritu vivo.

  Llegó un sacerdote para oficiar el funeral. Casi tienen que llamar a otro para sustituirle en el de Dani y hacer uno por su predecesor, pero al final se repuso del susto con un par de vasos de agua y un chupito de vino de misa. El pobre hombre se atascaba en su discurso como si lo dijera por primera vez en su vida. Hablar de la resurrección de los muertos delante de un zombie daba un nuevo sentido al concepto de vida eterna.

  —Porque... ustedes creen en la vida eterna, ¿no? —preguntó poco esperanzado.

  Los zombies del séquito, con las manos cruzadas por delante de su cuerpo en pose absolutamente formal, asentían, y el cura cogía una y otra vez su pañuelo para secarse el sudor de la frente, a pesar el frío que hacía en la capilla.

  Y lo enterraron. Nada de nichos de cemento; suelo, tierra y losa. En su honor, al terminar, el grupo se marchó a participar en la «rúa» o pasacalles de Carnaval, aquella noche fría de febrero.

**

  Una mano salió al aire entre la tierra removida, palpó la losa y la empujó a un lado. A continuación, la otra mano, y entre las dos colaboraron para hacer salir a todo el cuerpo. Se sacudió la tierra de la ropa, hizo crujir sus articulaciones, anquilosadas de la inmovilidad del ataúd, y suspiró.

  —¡Por fin podré dejar de disfrazarme de vivo!

 

Publicado la semana 6. 09/02/2018
Etiquetas
With a little help from my friends , La vida misma , Especial Carnaval , zombie, carnaval, entierro, Cuentos del cementerio
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