06
Merche Blázquez

Quiero casarme contigo

  Era el primer día de cole para Aroa. El día anterior habían celebrado las bodas de plata de sus abuelos, reuniéndose toda la familia en un restaurante. Todos iban muy elegantes. Su mamá, que era peluquera, le había hecho un peinado precioso a base de trenzas, tan bien hecho que, habiendo dormido con ellas, seguían perfectas. Además, como Aroa era muy cuidadosa y no se había manchado nada el vestido, se empeñó en ponérselo para ir al cole.

  Joel también iba al cole por primera vez. El día anterior había ido con sus padres a la boda de unos primos. Cuando iban a regresar, el coche de su padre no arrancaba, y tuvieron que quedarse en casa de unos tíos a pasar la noche. Por la mañana llamaron a un mecánico a primera hora, y consiguieron salir justo a tiempo de llegar al colegio a las 11:00, que era la hora programada para entrar el primer día de adaptación. No pudieron siquiera pasar por casa para cambiarse, así que Joel fue al cole con el traje que llevaba en la boda.

  Joel entró en el aula de los primeros. La maestra le mostró una percha bajo un letrero con su nombre y colgaron en ella la chaqueta del traje. Después le dijo que se sentara donde quisiera, y él eligió una mesa junto a la ventana.

  Siguieron entrando niños y niñas. Algunos lloraban, y la maestra no conseguía que colgaran sus mochilas y se sentaran. Otros, más maduros, dejaban su mochila en la percha y, cuando la maestra les daba a elegir el sitio, miraban a Joel, ponían cara rara, y descartaban sentarse a su lado al ver cómo iba vestido. Joel empezó a sentirse mal.

  Y entonces entró Aroa. A Joel le pareció una princesa. Todavía quedaban bastantes sitios libres, pero nada más ver a Joel, ella fue directa a sentarse a su lado.

  —Hola —dijo ella.

  —Hola —respondió él, y se quedó ensimismado mirándola, encantado por su sonrisa, que le formaba unos hoyuelos en las comisuras de los labios—. Quiero casarme contigo.

  Aroa le miró sorprendida y emocionada.

  —¡Vale! —Y se dieron un besito en los labios.

  Durante años, siempre se sentaron juntos, y era por todos sabido que eran «novios». Siempre hacían los trabajos juntos, actuaban juntos en las funciones de fin de curso, eran pareja en las excursiones, se esperaban el uno al otro a la entrada y a la salida, etc., al menos mientras fueron niños.

  Cuando empezó a cambiar el cuerpo a los de su edad, tuvieron en clase una lección sobre sexualidad. En ella se explicaba lo que hacían un hombre y una mujer cuando eran pareja. A Joel le pareció una cochinada, y a Aroa le dio miedo. A raíz de aquello, empezaron a distanciarse, hasta les costaba sostener la mirada. Empezaron a elegir otras compañías en sus juegos, en sus trabajos..., en todas sus actividades, y se oyó decir por ahí que habían roto. Hasta sus padres se extrañaron, y se preocuparon, porque se les notaba tristes.

  Aroa se convirtió en una chica muy atractiva. Joel añoraba su compañía. A veces, la observaba por largo tiempo sin que ella se diera cuenta, y aquello que recordaba de la lección sobre sexualidad, ya no le resultaba asqueroso, sino apetecible. Pero no osaba siquiera acercarse a ella, la quería demasiado. Otros chicos, en cambio, la miraban descaradamente al pasar y le decían que le iban a hacer tal y cual cosa, mientras se tocaban sus partes a través del pantalón, que se abultaba delatando lo que escondían.

  —¡Eh, Joel, la pelota! —le increparon durante un partido a la hora del recreo, cuando se despistó porque le poseía la furia al oír los acosos de los chicos hacia Aroa.

  Joel fue a buscar la pelota sin perder de vista al acosador. El muy canalla se acercó tanto a ella que la acorraló contra la pared. Joel lanzó la pelota a sus compañeros. Aquel chaval robó un beso, más bien una succión, a su chica, mientras con una mano le agarraba el trasero y con otra le tocaba un pecho, solo un segundo, el tiempo que tardó Joel en tirar de él, apartarlo de ella y romperle la nariz de un puñetazo.

  —¿Estás bien? —preguntó a Aroa que, llorando, le abrazó.

  A la salida, Aroa esperó a Joel, y él la acompañó hasta su casa. El día siguiente, también fueron juntos. Aroa se sentía bien, segura. A Joel le bastaba estar a su lado para lucir una sonrisa y un brillo especial en sus ojos. Nunca la tocaba, nunca, al menos con sus manos, porque su alma la acariciaba todo el tiempo, la transportaba entre algodones. Joel guardaba silencio cuando Aroa no tenía ganas de hablar, y la hacía reír cuando salía de clase estresada o cansada.

  Un día, tras reír de buena gana un rato, sus miradas se encontraron. Aroa recordó a aquel niño con traje del primer día de colegio...

  —Joel.

  —Qué.

  —Quiero casarme contigo.

  El corazón de Joel saltó de su pecho y voló hasta el sol.

  —¡Vale!

  Y cogiéndose las manos, se dieron un besito en los labios.

Publicado la semana 58. 10/02/2019
Etiquetas
Niños, casarme
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