05
Merche Blázquez

Le llamaron Batman

  Mario parecía normal, con sus pequeñas rarezas, pero ¿quién no las tiene? Le costó bastante aprender a distinguir los colores, pero lo consiguió, y al fin y al cabo no era algo tan importante. A parte de eso y de que nunca le llamó la atención trabajar con ordenadores ni móviles, era un muchacho como los demás.

  Parecía normal, pero no lo era, y nadie lo sabía, ni siquiera él. Si desde pequeño, cuando percibes una cosa, te dicen que es un perro, tú identificas tu percepción con el concepto «perro», sea como sea que tú lo percibas, y nadie sabe si todos lo percibimos igual o no. Solo estamos seguros de ciertos patrones comunes, como son que si te quedas sin ojos no ves, o si se te rompe el tímpano no oyes... ¿Seguro?

  Mario tuvo un accidente en el laboratorio de química. Confundió el agua destilada con el agua oxigenada, no se sabe bien por qué, pues estaban correctamente etiquetados los frascos, y la mezcló con permanganato de potasio. La reacción le saltó a la cara, literalmente, y le quemó los ojos. Fue una tragedia para sus compañeros y familiares, en cambio, a él, salvo por el dolor de las quemaduras, no pareció afectarle demasiado.

  Le llevaron a un centro especial de aprendizaje para invidentes, a la fuerza, pues él quería volver a clases en cuanto le dieron el alta en el hospital. Había estado ingresado dos semanas, y durante ese tiempo, sus padres no le habían dejado solo prácticamente nunca, ni para comer. Estaba un poco agobiado de eso, necesitaba su espacio personal.

  En el centro para invidentes le dieron un bastón extensible. Creyó que iban a salir de excursión por la montaña, pero para su sorpresa, le sacaron a pasear por la calle. ¿Para qué demonios se lo daban?, la calle no tenía desniveles para los que necesitara apoyo, y sus piernas estaban perfectamente. En un despiste de su instructor, plegó el bastón y lo guardó en su bolsillo. Terminaron la sesión sin que el instructor se diera cuenta, y le felicitó por su rápido aprendizaje. Después le ayudaron a comer. Mario no entendía por qué tenían que manejarle las manos como si fueran marionetas mientras trataba de cortar la carne, y le molestaba que le estuvieran sobando todo el tiempo. Estaba previsto que se quedara allí, interno, hasta el fin de semana, pero Mario se escapó.

  A su madre, casi le da un infarto al verlo salir de su habitación hacia el baño en mitad de la noche.

  —Pero, ¡hijo!, ¿qué haces aquí?

  —¡Joder, mamá, ¿qué he hecho para que me encerréis en ese bodrio de escuela?!

  —¿Bodrio? Es una escuela para invidentes, te enseñan a desenvolverte ahora que has perdido los ojos.

  —¿Qué tienen que ver los ojos en esto? Yo veo perfectamente.

  —Ah, ¿sí? A ver, dime qué han puesto en el tejado del edificio de enfrente.

  —No me jodas, mamá, ¿cómo quieres que lo vea con la ventana cerrada?

  La madre no supo qué decir. ¿Tan sucios estaban los cristales? Intentando entender a su hijo, fue en busca del limpiacristales y de un trapo. Abrió la ventana para limpiar por fuera, y entonces Mario dijo:

  —¿Ves? Ahora sí: una antena parabólica. ¿Y qué hace ese hombre en nuestro tejado?

  —¿En el nuestro? ¿Cómo puedes ver eso?

  —Reflejado en la parabólica. ¿Es que tú no lo ves? ¡A ver si eres tú y no yo quien necesita ir al centro para invidentes!

  Nadie mejor que una madre para entender a su hijo... Fue a la habitación del muchacho y la observó un buen rato. Mario no tenía pósters como otros chicos de su edad, su afición eran los muñecos de acción. Su favorito era Batman, lo tenía en primer plano en el estante. La madre se quedó blanca pensando en un murciélago. A su mente vinieron recuerdos de su hijo siendo bebé: nunca consintió ponerse gorros, ni capuchas, ni orejeras, por mucho frío que hiciera. Ahora lo entendía todo: su hijo era Batman, el auténtico hombre-murciélago.

Publicado la semana 57. 02/02/2019
Etiquetas
Batman, radar, ojos, accidente, percepción
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