04
Merche Blázquez

El vuelo

  Cuando aceptó el ascenso, lo hizo pensando tan solo en el incremento de sueldo que suponía. No le preocupaba tener más responsabilidades. Lo que nunca imaginó fue que tuviera que viajar... en avión.

  A estas alturas no podía negarse. Todavía, cuando los viajes eran a París, podía pedir que fueran en tren, pero si el destino era New York, no había triquiñuela que le librara de subir al pájaro metálico. Nueve horas de tensión, de pánico.

  Nadie debía enterarse. Buscó ayuda profesional y, en Internet, dio con un psicólogo al que unos ponían de vuelta y media y otros calificaban poco menos que de brujo. Necesitaba algo drástico, seguro que ese era su hombre. La primera cita fue a una semana del viaje.

  —¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el psicólogo, con una mirada tan penetrante que se diría que no hacía falta responder porque ya lo estaba leyendo en el rostro de su paciente.

  —Tengo pánico a los aviones, y por trabajo necesito viajar en ellos. El primer vuelo es dentro de una semana, no tengo tiempo que perder.

  —Está bien. Dime: ¿qué es lo que más te habría gustado hacer en la vida?, di lo primero que te venga a la mente.

  —Escribir —dijo sin poder quitar el pensamiento de esa idea desde que oyó formular la pregunta.

  El psicólogo sonrió, seguro de sí mismo.

  —Dices que viajas por trabajo... ¿Lo paga la empresa?

  —En efecto.

  —¿Low cost, o sofisticado?

  —Sofisticado. La empresa no repara en gastos, y menos cuando se trata de enviar comerciales a captar clientes.

  —Estupendo, en ese caso será fácil. ¿Tienes ordenador portátil?

  —Claro. ¿Por qué?

  —Ven mañana con él, a esta misma hora. ¿Podrás?

  —Eh... Sí.

  —De acuerdo, mañana nos vemos, entonces. No olvides traer el portátil, será fundamental en tu terapia.


  Tal como habían quedado, el día siguiente volvió con el portátil. Al entrar en la consulta, casi se desmaya del susto: en el centro de la sala había varias filas de asientos de avión, metidas en una especie de cascarón blanco en forma de tubo, en cuya superficie interior se proyectaba una imagen, a modo de planetario, del interior de un avión. La parálisis no le dejaba mover ni un músculo, ni siquiera podía hablar. Cuando reaccionó, el psicólogo había hecho que se sentara y se abrochara el cinturón, había apagado luces, y le hablaba por unos auriculares que le había puesto. Lo siguiente que recuerda  es estar en la sala contigua, recepción, pagando con la AMEX los 300€ de la visita, y marcharse de allí.


  Llegó el día. En la cola de embarque ya sentía náuseas de la tensión. Se arrepintió completamente de haber elegido aquel psicólogo. En cuanto tuviera ocasión, entraría en Internet a ponerle, como tantas otras personas timadas, un comentario negativo tal, que hasta Freud, en su tumba, se iba a cagar.

  El piloto avisó de que se disponía a iniciar la maniobra de despegue. Los auxiliares de vuelo relataron la cantinela de las medidas de seguridad de obligado cumplimiento durante el despegue, y pasaron por todo el pasillo revisando que todas las puertas de los portaequipajes estuvieran bien cerradas, todo el mundo con el cinturón bien abrochado, y los objetos personales de mano correctamente asegurados.

  Al acelerar el avión, le invadió la misma parálisis que en la consulta del timador. Al menos, eso evitó que gritara como si estuviera en la montaña rusa. Y cuando todo se estabilizó y se oyó el mensaje de que ya podían desabrocharse los cinturones, aunque lo desaconsejaran, y utilizar dispositivos electrónicos, recordó que llevaba a sus pies el portátil.

  Levantó la mesita plegable adosada en el respaldo del viajero de delante y puso el portátil en ella. Como un adicto a punto de administrarse una dosis de su droga, abrió el procesador de textos y comenzó a escribir. El relato salía a toda velocidad, igual que el chorro de agua de un spa, y tenía en su cerebro el mismo efecto que tendría el chorro en su espalda. Un rato después, pasaron ofreciendo un tentempié; lo rechazó. Más tarde pasaron con el cáterin, y pidió que se lo cambiaran por un sándwich, con tal de no tener que cerrar el ordenador para dejar libre la mesita. Varias veces más intentaron que saliera de su trance para atender ofertas de otro tipo, sin conseguirlo nunca. Hizo el viaje entero escribiendo lo que querría estar haciendo en ese momento, y no sintió siquiera ganas de ir al baño hasta que anunciaron que debían apagarse los dispositivos electrónicos porque comenzaba la maniobra de aproximación.

  Entonces sí, casi se caga, pero la nueva parálisis se lo impidió.

  Con los pies ya en tierra firme, la cara pálida y las piernas temblando, consiguió atravesar el aeropuerto hasta las cintas de recogida de equipaje y salir en busca de un taxi. Llegó al hotel en mejores condiciones, hizo el check-in, y subió a recuperarse del jet-lag.

  Despertó con el estómago rugiendo, es lo que pasa cuando te saltas un par de comidas. Se duchó y se vistió para bajar a cenar, pero antes debía contactar con la empresa para que supieran que había llegado bien, así que encendió el portátil y... «¡Ciento cincuenta páginas?»  Empezó a leerlas, pero tuvo que dejarlo, o se quedaría sin cenar.

  Por la mañana, su cuerpo se empeñó en continuar con el horario europeo. Por muy temprano que empezara el desayuno en el hotel, todavía faltaban tres horas. Se puso a leer lo escrito y se maravilló de su propia creación.

  Por la tarde, al terminar las reuniones y conferencias programadas, intentó seguir escribiendo, pero no hubo forma, no le salía nada, como si su mente se hubiera quedado en blanco de por vida. Lo intentó también el día siguiente, el otro, y el otro, y todos los días hasta que tocó hacer las maletas para volver.

  En la cola de embarque, volvió a sentir las náuseas de la otra vez. Volvió a maldecir al psicólogo de pacotilla y se imaginó abriendo el portátil para escribir la reseña. Automáticamente, las náuseas desaparecieron y le vino la inspiración para seguir escribiendo. Una vez en el avión, estaba impaciente por que todos se sentaran y cerraran las puertas, no veía el momento de estar en el aire para sacar el ordenador y seguir escribiendo.

  Igual que en el viaje de ida, apenas comió. La tripulación era la misma, y ya no se extrañaron cuando pidió apenas un sándwich, que quedó mordido y olvidado en su regazo hasta que avisaron de que ya sobrevolaban Barcelona y dijeron la hora prevista de aterrizaje. Miró el reloj. ¿Cómo era posible? Según eso, el vuelo duraba solo siete horas y media, ¡le habían timado hora y media de escribir!

  En la zona de llegadas le esperaba un chófer puesto por la empresa. El servicio incluía, parece ser, sonrisas, pero no se encontraba de humor para corresponderle.

  —¿Se encuentra bien? —preguntó el chófer al ver la cara larga de su pasaje—. ¿Acaso ha tenido un mal vuelo?

  —¿Eh? —le costó comprender—. No, no, en absoluto. Demasiado bueno. Breve.

  —Eso es bueno, ¿no?

  —Depende de para quién.

  Pasaron meses hasta que volvió a salir de viaje, meses en los que trató mil veces de continuar escribiendo la historia, pero era imposible, su imaginación había quedado atrapada dentro de aquel jumbo.


  En la cola de embarque, ya se imaginaba ante el portátil. A su cabeza empezaron a llegar escenas de la historia que escribiría. Debía darse mucha prisa, Londres estaba tan solo a dos horas y media.

Publicado la semana 56. 22/01/2019
Etiquetas
Volare , vuelo, escribir, pánico
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