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Merche Blázquez

Dos más uno

    Álvaro, a sus tres años, tenía un vocabulario poco común en criaturas de su edad. Era reflejo de su madurez mental, esa que sorprendía a extraños y tenía a sus familiares henchidos de orgullo como peces globo.

  Muchas veces, Álvaro se ponía a jugar con todos, absolutamente todos los juguetes que tenía, y parecía que no existía niño en la casa. No lo sacaba todo porque sí, como hacían otros que tan solo desperdigaban las cosas para terminar jugando siempre con la misma, no; él jugaba con todo a la vez, montando historias en las que participaban todos los elementos, aunque fuera solo como parte del escenario. Después, formando también parte del juego, volvía a guardarlo todo, cada cosa en su lugar, mucho mejor ordenado que si lo hiciera un adulto estresado.

  Por descontado, también sabía leer y contar. Álvaro sabía cuántas piezas componían cada uno de sus juegos de construcción y sus puzles, cuántos muñecos y cuentos tenía, y cómo se llamaba el país donde habían fabricado cada uno —la mayoría en China, sí—, y lo contaba todo mientras lo recogía, de manera que si faltaba alguna pieza la buscaba bajo el sofá o detrás de las puertas hasta encontrarlas siempre antes de dar por terminada su jornada de juego.

  Sus padres estaban preocupados; orgullosos sí, claro, pero preocupados, porque Álvaro no solía encajar con niños de su edad. En el colegio no hablaba apenas con sus compañeros, solo lo imprescindible, prácticamente solo se relacionaba con la maestra. Todos pensaban que tenía alguna particularidad de comportamiento; así lo llamaban para no decir que creían que era autista o, incluso, que tal vez tenía síndrome de Asperger. De hecho, cuando el grupo empezó a hacer piña y comenzaron las fiestas de cumpleaños, nadie le invitaba.

  Habían ido a muchos psicólogos ya. El diagnóstico variaba en función del humor que tuviera Álvaro aquel día o de si el especialista de turno le caía bien a la primera o no. A veces, se cerraba en banda ante el profesional que intentaba conocerle, y nada más salir por la puerta se comportaba con total normalidad con sus padres.

  —Mañana tenemos visita con el Dr. Estévez para ver los resultados del test —oyó decir a su padre.

  —¡Qué estrés! No hay semana que no tengamos dos o tres visitas con psicólogos, ¡y no sirve de nada!, Álvaro se burla de todos.

  —Pero, mujer, buscamos lo mejor para él. Yo también padezco estrés por sus manías, por eso necesitamos ayuda. Verás como una vez acertemos con el tratamiento, todo irá mucho mejor.

  —Que Dios te oiga, porque no puedo más.

  Álvaro se enteraba de todo lo que hablaban sus padres, y ellos ni se daban cuenta, porque él seguía con su juego de principio a fin, siguiendo la misma rutina de siempre. Esta vez, sin embargo, había una palabra que no había entendido: estrés. El día siguiente, en el colegio, preguntó a su maestra:

  —¿Qué es estrés?

  Como hablar era algo que a Álvaro le costaba, por timidez, muchas veces tartamudeaba un poco. Por eso, y porque no imaginaba que un crío de su edad preguntara sobre el estrés, ella respondió adaptándose a los conocimientos del niño. Recordó que el día anterior, Álvaro había estado ordenando los lápices de colores, contándolos. Primero había agrupado todos los del mismo color, y después, emocionado, le había dicho a ella: «Mira, tres más cinco es ocho, y dos más seis es ocho», así que contestó:

  —Dos más uno. Dos más uno es tres.

  Álvaro se quedó pensativo. Su madre estaba mal porque tenía «es tres».

  En clase, la maestra escribió la fecha en una esquina de la pizarra. A los demás compañeros les costaba entender qué era eso de la fecha, pero él lo sabía muy bien. En su casa tenía un enorme calendario de pared con todos los días del año, y Álvaro entendía gráficamente en qué lugar del año estaban. Había un día marcado con un círculo rojo porque era su cumpleaños, y ese día era mañana, cumplía cuatro años.

  A la salida, mamá le esperaba en la puerta del colegio hablando con otras mamás. Como siempre, Álvaro estaba muy atento a las conversaciones de los mayores, aunque no comentara nada al respecto. La otra mamá le preguntaba:

  —¿Qué tal, Noelia?

  —Tirando... El estrés por todo lo del niño me está matando.

  Álvaro llegó junto a ella, se lanzó a abrazarla, y le dijo al oído:

  —Tranquila, mamá, mañana ya es cuatro.

Publicado la semana 54. 13/01/2019
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El patio de mi casa es particular , Leer dos veces al día para aliviar el estrés , estrés
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