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Merche Blázquez

Una cena divina

  La mesa estaba dispuesta con multitud de manjares que provenían de todas partes, y adornada con símbolos cristianos, islámicos, budistas, hinduistas, judíos y sijistas, todos ellos de un valor incalculable.

  Aparentemente, Buda fue el primero en llegar. En realidad, el primero había sido Brahma, puesto que estaba presente en cada una de las cosas que se encontraban allí: los manjares, los muebles, los ornamentos e incluso el aire que se respiraba, impregnado de incienso con aroma de jazmín.

  A continuación, como un torbellino, entró Alá, que echó un vistazo a la mesa y se sentó junto a Buda, al lado opuesto al cochinillo asado que, según él, estaba llenando de impurezas la cena. Con aire de líder, fue a presentarse a Buda, pero este le ignoró y siguió meditando, sin prestar atención ni al dios islámico ni a los placeres de la mesa.

  Después, mucho más humilde, llegó Waheguru, que vio a Alá con sus aires de grandeza y decidió sentarse lo más alejado posible de él. Era el solsticio de invierno, y no valía la pena emplear energías en una disputa cuyo origen se remontaba al siglo XVI.

  El Señor de lo Alto llegó silencioso, echó un vistazo a todos y, guardándose sus pensamientos, decidió sentarse junto a Buda, que le dedicó una casi reverencia amistosa.

  Entraron después toda una serie de dioses clásicos, con sus respectivos símbolos. Primero fueron los griegos, entre los cuales llamaba la atención Afrodita, hasta que Zeus eclipsó a toda su corte. Después, los romanos, que retaron a los griegos con la mirada, cada cual a su rival. De nuevo, Júpiter los hizo pasar a un segundo plano.

  Ra y su equivalente azteca se sentaron donde menos luz había, para compensarlo todo un poco. Al lado de cada uno de ellos, corrieron a colocarse algunos dioses menores modernos, como Mark Zuckerberg, Maradona y Darth Vader.

  Por último, con la respiración agitada de intentar correr con sus kilos de más, llegó Jehová, acompañado de su hijo y todo su séquito de ángeles y santos, que se ubicaron frente a Alá.

  —¡Vaya! —dijo Jehová dirigiéndose a Alá—. No podías faltar, ¿eh?

  —Lo mismo digo —replicó el aludido.

  —Señores, cálmense —dijo una voz profunda tras la niebla, a la que siguió un personaje extremadamente elegante, de rostro muy moreno, ojos rojos, barba negra perfectamente arreglada, abalorios en las orejas y joyas inimaginables colgando de su cuello y adornando sus manos. Sujetaba este individuo una copa burbujeante de champán transparente que alzó hacia los invitados a modo de brindis, la dejó en la mesa y ocupó el lugar presidencial.

  —Todos ustedes han sido invitados para poder mostrarles mi agradecimiento. Y usted —dijo dirigiéndose a Darth Vader— porque además le profeso una gran admiración. Algunos de ustedes son ya viejos conocidos y rivales —miró a Jehová y a Alá; otros, ni siquiera pertenecen al mismo mundo —se dirigió a Ra, Zeus y Júpiter mostrándoles a Maradona y Darth Vader—, pero todos, absolutamente todos, tienen algo en común, y ese algo es lo que me da vida.

  —¿Quién es usted? —preguntó el viejo Jehová, a quien con los años empezaba a fallarle la memoria.

  —¡Ah, mi querido creador! Tú me pusiste de nombre Lucifer y me exiliaste de tu lado. ¡Qué gran error cometiste! Hiciste que se me agudizara el ingenio para sobrevivir, y mírame, aquí estoy ahora.

  —¡Satán! —exclamó Alá—. ¿Cómo osas acercarte a mí de esta manera, con engaños y presunción?

  —Mi estimado Alá, Jehová y tú me habéis mantenido vivo durante siglos, con esa eterna rivalidad, masacrando los fieles del uno a los del otro, cada cual en nombre de su dios, cuando en realidad era mi voluntad y no la vuestra la que se cumplía. ¡Ignorantes...! De no ser por vosotros, nunca el odio habría alcanzado tal magnitud. No imagináis lo agradecido que os estoy.

  Jehová y Alá se miraron. En realidad, sus intenciones siempre fueron que los hombres se amaran y respetaran unos a otros, y lo que habían conseguido era todo lo contrario, por querer cada uno que a tal fin se llegara a su manera, y no a la del otro.

  Buda, en su mundo de paz, asentía. Lo que Lucifer explicaba era absolutamente cierto. Por eso él predicaba el amor a todos los hombres, con independencia de sus creencias.

  —Tú también me has dado vida, amigo Buda.

  Buda se mantuvo en silencio, pero con una expresión interrogante.

  —Toda esa gente que se ha cansado de los grandes dioses, y acude a ti, también me alimenta a mí.

  El inocente barrigudo no entendía nada.

  —¿Y yo? ¿Qué carajo tengo que ver yo contigo? —dijo Maradona, que no había esperado a nadie para empezar a comer.

  —Ja, ja, ja, ja, ja. Tú, querido Diego, eres ejemplo de mi doctrina, y tienes una capacidad de captación impresionante.

  —¿Y yo? —dijo una voz ronca tras una máscara negra— ¿Qué relación tengo yo contigo? Yo no creo en dioses, sino en la Fuerza.

  —La Fuerza, por supuesto, el lado oscuro. Tú, estimado Vader, tienes la virtud de hacer que te sigan aquellos que te odian. Mi más sincera admiración por ello.

  —¿Y dices que todo eso te mantiene vivo? —preguntó Mercurio, tratando de comprender.

  —Desde luego, amigo mío.

  Jehová empezaba a entenderlo. Siempre supo que los extremos se unen, y según esa teoría, cuanto más luchaba por extender su fe por el mundo, más poderoso era el mal.

  —¡Qué estúpido he sido! —dijo entonces, pero recordó algo con lo que contraatacar:—. Sin embargo, hay algo a lo que no puedes vencer: el espíritu de la Navidad.

  El diablo soltó tal carcajada que casi se le cae la copa de las manos.

  —Bendito seas tú y tu Navidad. Derroche, disputas entre personas de la misma sangre, hipocresía en estado puro... ¡Ay, la Navidad, qué gran época!

  Los dioses se miraron unos a otros, aterrorizados.

  —¿Quién diablos eres tú? —dijo Maradona.

  Lucifer se recostó en el respaldo de la silla, miró a todos los invitados, dio un par de sorbos a su copa y dijo:

  —Podéis llamarme Dinero.

Publicado la semana 51. 24/12/2018
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Navidad , Leer 3 veces al día, antes de las principales comidas navideñas. , Navidad, Dioses, Cena, Diablo
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