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Merche Blázquez

Integración

  Mustafá había llegado a España en ferri. Su hermano Hassan lo había hecho en patera, y las había pasado canutas para ganarse la vida en Cádiz. Allí había conocido a Eva, que en realidad no se llamaba Eva, sino Wei Li, pero si se presentaba con su nombre chino en uno de los barrios más castizos de la ciudad, todos terminaban llamándola Willy.

  Hassan y Eva se casaron y pusieron un bar frente a la iglesia del barrio. Ambos tenían muy claro que sus respectivas tradiciones les habían impedido prosperar en la vida, así que no tuvieron reparo alguno en darles de lado y adoptar las costumbres españolas. Poco tiempo después, Eva trajo a su hijo, y Hassan a su hermano, que se hizo rápidamente con el puesto de camarero.

  Hassan dijo a Mustafá que todo lo que le habían contado sobre el racismo en Europa eran tonterías, que lo único que tenía que hacer era adaptarse a la forma de vida europea, porque para vivir igual que en su tierra, uno debía quedarse en su tierra. Y así fue como Mustafá, ilusionado, puso todo su empeño en integrarse.

  Al principio, Mustafá se apuntó a clases de español, pero en cuanto tuvo unas nociones y se dio cuenta de que el idioma que le enseñaban en la academia se parecía bien poco a lo que hablaban los clientes del bar, se apañó con valor y un diccionario.

  —¡Quillooo, y la cusharilla pa'r café ¿and'ehtá?!

  —¡Ah, cucharilla! Perdón, jefe. Mustafá traer enseguida —contestó el joven inmigrante con su pronunciado acento marroquí, habiendo entendido solo y a duras penas «cucharilla» de entre todo lo que había dicho el cliente, y deduciéndolo al ver que había olvidado ponerla—. ¿Tú quieres berberechos para acompañar café?

  —¡¿Berberechos?! ¡Tah shalao, mi arma. Eso no pega ni con cola!

  —¿Cola? De acuerdo, yo traer cola —respondió al entender que lo que quería el cliente para acompañar el café era una Coca-Cola.

  —¡Pero ¿qué haseh?! ¿A ti quién t'ha enseñao l'ofisio, un hijo-puta que s'hasía er grasioso? ¡Anda, tira, quita eso d'ahí, mushasho!

  —Mustafá pedir perdón, Mustafá no comprender tu idioma.

  —¿Cómo cohoneh me vah a entendé, si t'han enseñao l'ehpañol de Dehpeñaperroh p'arriba! Mira, shavá, mi menda te va a enseñá lo que nesesitah pa' trabajá aquí.

  —Muchas gracias, Mimenda, Mustafá agradecido.

  —¡¿Mimeeeendaa?! Me llamo Fernando, como el rey católico, pero tú no te preocupeh por eso, quillo, que no te vi a'shar d'Ehpaña.

  Mustafá sonrió, pero no había entendido apenas nada.

  —Yo, Fernando —dijo señalándose a sí mismo—; tú, Mustafá. ¿Vale?

  —¡Ah! Sí, sí. Tú, Fernando; yo, Mustafá —corroboró el joven.

  —¡Eso eh! Vamoh a empesá con er vocabulario básico. —Fernando llevó a Mustafá junto a la vitrina de tapas y fue nombrándole cada una de ellas:—Olivah, morroh, boqueroneh, montaítoh,... ¿me sigueh?

  Mustafá trató de repetirlo:

  —Oliva, morro, boquerone, montaíto.

  —No, no: olivass, morross, boqueroness y montaditoss, pero si lo diceh así te tomarán por pijo, quillo. Tieneh que pronusiá así como si ar finá se te cayera la letra: o-li-vah.

  —O-li-vah —repitió Mustafá.

  —¡Mu bien, shavá, en cuatro díah pareserá que ereh d'aquí de toa la vía. Seguimoh: croquetah, artramuseh, aunque nosotroh loh llamamoh shoshoh —dijo Fernando guiñando el ojo, y siguió presentándole cada una de las tapas, y Mustafá lo repetía todo y memorizaba.

  —Vete pidiendo a cosina un combinao, tu hermano sabe cómo me mola, que yo vi'a quitá er coshe de la rotonda anteh que se lo lleve la grúa.

  Mustafá repitió a Hassan más o menos con precisión lo que Fernando le había dicho, dejando pendiente anotarse las últimas palabras que le habían enseñado, y se fue a atender a otros clientes, repitiendo mentalmente la lista de tapas. Fernando volvió, comió su combinado con una cerveza, y siguió con las lecciones:

  —Mira, shavá, ehto é un sigarrillo elehtrónico. Sirve pa' fumá, pero no esha humo, solo vapó, y é l'úrtimo grito pa dejá er visio, se le esha por aquí er potingue, y ar shupá se vaporisa. Va a pilah, bueno, entiéndeme, é recargable, pero eléhtrico.

  —Sigarrillo elehtrónico —repitió Mustafá.

  —É como un piti, pero no te joe loh purmoneh.

  —Como un pito.

  —¡Nooooo!, «piti», con I, que er pito é lo que tenemoh tú y yo entre lah piernah.

  Mentalmente, Mustafá tomó nota de que con O se refería a órganos sexuales, y con I a cigarro. Y así, poco a poco, fue aprendiendo de Fernando y adquiriendo un acento gaditano peculiar.

  Y no solo aprendió el habla de los lugareños, también las costumbres, como qué tapas se solían consumir según la hora del día, o como el salero caballeresco con que los hombres coqueteaban ante las mujeres, cosa que le sirvió para encontrar pareja, el día en que, mientras limpiaba su tetera, una morenaza de ojos verdes entró al bar y dijo:

  —Ponte una caña por aquí cuando puedah.

  Mustafá se quedó pasmado mientras preparaba la caña, y ni corto ni perezoso decidió entablar conversación. Recurrió a sus apuntes para recordar cómo se llamaban esas legumbres amarillas en salazón que tanto gustaban a todos, pero no encontró el nombre. Recordaba que Fernando le había dicho que también lo llamaban de otra forma, y le había guiñado el ojo, por lo que la segunda forma sería más apropiada para esta ocasión. Empezaba por sh...

  —¿Te guhtan loh shishih? —dijo, presentándole un platillo.

  La chica se atragantó al oírle. La clientela rompió en carcajadas. Al final, ella consiguió decir:

  —La verdá eh que prefiero loh pitoh.

  Y Mustafá se apresuró a ofrecerle un cigarro. Fue el principio de una relación en la que jamás faltaron las risas.

Publicado la semana 50. 16/12/2018
Etiquetas
Mustafá, Despeñaperros, rotonda, el último grito, va a pilas, montaditos, cucharilla, tetera, molas, berberecho, altramuz, chichi
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