Semana
05
Merche Blázquez

EL LIBRO MÁGICO DE ELISA (cuento infantil)

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  Elisa había terminado el curso con notas regulares. La maestra dijo a su mamá que tenía cierta dificultad con la comprensión lectora, y le recomendó leer mucho durante el verano.

  El primer lunes de vacaciones, su mamá la obligó a levantarse y la llevó a una librería. Allí había montones de libros infantiles; unos demasiado infantiles, otros demasiado aburridos. Elisa desvió su atención hacia la gente que pasaba por la calle, y su madre comprendió que necesitaba encontrar algo que la motivase realmente, o su misión para el verano fracasaría.

  Fueron, entonces, a un mercado de libros de segunda mano. Así como en la librería todos los libros parecían estar diseñados igual, en el mercado eran totalmente distintos unos de otros. Y lo que es mejor: eran mucho más baratos. Mamá pensó que, al menos, si no acertaba con el libro adecuado, el gasto no sería tan grande.

  Recorrieron muchos puestos. Había libros enormes llenos de imágenes dibujadas y apenas dos frases por página en letra también enorme. Había libros de bolsillo con letra muy pequeña. Había también libros de cuentos, de pocas páginas, con la letra en un tamaño razonable. Mamá calculaba que Elisa podía tardar, como mucho, unos diez minutos en leerlos, de manera que no le resultaría pesado e incluso podrían leerlo juntas, así sería más divertido para la niña, y su madre podría comprobar los avances conversando con ella sobre la historia.

  Ahora había que elegir, no solo uno, sino varios, porque no podían salir a comprar libros cada día. Tenían ya apartados tres, cuando mamá dijo:

  —¡Mira, Elisa, un libro especial para ti!

  Elisa miró. El libro se titulaba «El libro mágico de Elisa». Sintió un escalofrío tal, que no se atrevía a abrirlo.

  El dependiente, que hasta entonces había estado agazapado en su silla plegable tras la montaña de libros, se levantó raudo para atenderlas.

  —¿Tú eres Elisa? —preguntó mirándola a los ojos fijamente.

  Elisa se quedó sin habla. El hombre tenía el cabello largo y canoso, y el rostro arrugado y muy moreno, de soportar una mañana tras otra de sol en aquel lugar durante más años de los que la niña había vivido; posiblemente más años, incluso, de los que había vivido su madre. Ella desvió la mirada hacia el libro. Su corazón se aceleró al verse a sí misma dibujada en la portada.

  —Sí... Claro que eres tú. El libro te ha estado esperando —dijo entonces el dependiente, y sonrió de un modo que cambió totalmente su aspecto tenebroso por el de un abuelo entrañable. Cogió el libro con delicadeza y lo ofreció a la niña.

  —Ten, llévatelo, es para ti. —Elisa todavía no podía hablar. Sujetó el libro, temblorosa, y miró a su madre, que le dedicó una sonrisa nerviosa de ánimo.— Es un libro mágico, te contará la historia que tú quieras o la que quiera él, eso nunca se sabe. Puedes llevártelo sin más, no cuesta dinero, solo debes comprometerte a una cosa.

  —¿ A qué? —consiguió decir Elisa.

  —A traerlo aquí de nuevo cuando ya no lo necesites.

  Elisa se sorprendió gratamente mirando a los ojos a aquel hombre. De pronto le parecía una especie de «hado madrino», y deseó que la historia que contenía el libro tratase de una niña que tenía un hado madrino. Lo abrió por la primera página...

  Era un lunes de verano, el primero de las vacaciones escolares, cuando Elisa fue al mercado de libros de segunda mano. ¡Quién le iba a decir que allí conocería a su hado madrino!

  La niña sonrió emocionada, mostrando su dentadura mellada por la caída de los dientes de leche. Asintió con la cabeza y dijo:

  —¡Gracias!

**  **  **

  Después de comer, mientras su madre recogía la cocina, Elisa fue en busca de su libro. Lo abrió impaciente por conocer la historia del hado madrino, pero lo que encontró fue esto:

  Elisa era una niña a la que no le gustaba leer. Su maestra le dijo que debía intentarlo, que era importante para aprender muchas cosas y que le podía transportar a lugares mágicos y vivir increíbles aventuras, aunque ella no lo creía así.

  El primer día que se puso a leer, lo hizo con fastidio. Su hermano mayor, Óscar, se había ido con sus amigos a la playa. ¡A él no le obligaban a leer! ¿Por qué? Ella era más pequeña y tenía derecho a jugar y divertirse más que él, ¿no? Refunfuñando, se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y el libro sobre ellas, lo abrió y empezó a imaginar todas las cosas que podía estar haciendo si no estuviera allí:

  Se vio en el parque de atracciones, comiendo un enorme algodón de azúcar de colores, de los colores del arco iris, y allí se encontraba con su mejor amiga del colegio, Carla, que casualmente también estaba pasando el día allí. Elisa y Carla se montaron en todas las atracciones que quisieron, y no tuvieron que hacer cola en ninguna de ellas, y cuando ya estaban muy cansadas, se sentaron en los caballitos del tiovivo, que salieron trotando por el aire y las llevaron directamente a casa. Al llegar, su casa no era como es en realidad, sino que tenía un jardín con una gran piscina. Por descontado, Elisa invitó a Carla a bañarse en su piscina, y mamá les preparó una merienda riquísima. Pasaron el mejor día de verano que se podía imaginar.

  La lástima era que solo había sido eso: imaginación. Había estado quince minutos embobada imaginando un día perfecto, tan absorta que sin darse cuenta había ido pasando las páginas del libro y se encontraba ya en la última, donde ponía «FIN». En ese momento, su mamá salía de la cocina y, al ver la escena, dijo:

  —¡¿Ya has terminado?!

  —Sí —mintió Elisa. Su madre se sentó a su lado muy feliz.

  —¿Te ha gustado?

  —Sí, mucho.

  —¡Cuéntame!, ¿de qué iba la historia?

  A Elisa le subió el rubor a las mejillas y no supo qué decir.

  —Vaya... —dijo su madre—. ¿No has comprendido bien lo que has leído? No pasa nada —sonrió—, esta noche lo lees de nuevo y verás como lo entiendes todo y te gusta más aún.

  Elisa pasó la página para seguir leyendo, pero en la siguiente solo ponía «FIN». Su madre acababa de terminar en la cocina.

  —¡¿Ya has terminado?!

  —... Sí... —dijo Elisa poco convencida.

  —¿Qué pasa? —dijo su madre con pena—, ¿no te ha gustado?

  Elisa no supo qué decir. Cogió el libro de frente y lo miró, como si allí estuviera escrita la respuesta. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el título había cambiado y ahora era «A Elisa no le gusta leer». A la niña se le encogió el corazón y se echó a llorar. Su madre la abrazó, apartó el libro y le dijo:

  —No te preocupes, mi vida. Ya lo leerás otra vez más tarde. ¿Quieres que vayamos a casa de Carla?

  Y Elisa asintió e hizo lo posible por dejar de llorar.

**  **  **

  Mientras mamá se vestía para salir, Elisa no podía dejar de pensar en lo que había leído. La historia parecía incompleta. ¿Podría ser que faltara alguna hoja?, el libro era usado, tal vez alguien había arrancado una parte. Lo cogió de nuevo para comprobarlo y... ¡No lo podía creer! ¡El libro estaba totalmente en blanco! Tuvo el impulso de ir corriendo a enseñárselo a su madre, pero lo pensó mejor. Existía la posibilidad de que pensara que ella había hecho alguna trastada, y la castigara injustamente. Elisa estaba segura de que antes había texto y dibujos, y de que había leído todo, hasta el inacabado fin. ¿Era mágico de verdad? ¿O tal vez estaba impreso con tinta especial que se volvía invisible a ratos? Para averiguarlo solo podía esperar, a ver si volvían a aparecer las letras.

  Por la noche, Elisa estaba cansada pero feliz. La tarde con Carla había sido estupenda, incluso había olvidado por completo el libro. Bajó la persiana para que no le molestara la luz de la farola de la calle y luego apagó la luz. Cerró los ojos. A través de los párpados, sin embargo, seguía viendo luz. Los abrió, y vio que la luz provenía del libro, que había vuelto a cambiar de título:

EL REINO DE LOS SUEÑOS

  Todas las noches, Elisa se preparaba para dormir lavando sus dientes a conciencia, poniéndose el pijama, ordenando bien en una silla la ropa que se acababa de quitar y ahuecando la almohada para estar cómoda. Se metía en la cama, y su imaginación echaba a volar. Cada noche, Elisa soñaba una nueva aventura.

  Desde dragones que en lugar de fuego expulsaban confeti por la boca, hasta viajeros del futuro que la llevaban a dar paseos por el espacio en una nave con forma de pizza, sentía cada aventura como si fuera real, como si estuviera despierta. No era de extrañar que por las mañanas, al despertar, recordara la historia de esa noche con todo lujo de detalles.

  Una noche, cuando estaba rescatando una manada de elefantes del cerco de unos desaprensivos cazadores, oyó una voz ajena a la historia:

  —¿Qué haces todavía despierta? Duérmete, que mañana tienes que levantarte más temprano para ir de excursión.

  En la mente de Elisa, la historia se puso en pausa. ¿Por qué estaría diciendo mamá eso? ¿Acaso estaba despierta?

  Un libro cayó de sus manos al suelo. Sí, estaba despierta, pero tan sumergida en la historia que creía estar soñando.

  —¿Qué haces todavía despierta? —dijo su madre entrando en la habitación—. Mañana tenemos que madrugar si queremos llegar a la playa a tiempo para encontrar buen sitio.

  Elisa ya no recordaba que habían quedado en ir a la playa el día siguiente con Carla y su madre. Ni siquiera tenía sueño, se sentía tan bien leyendo que...

  —Lo siento, mamá. Estaba leyendo, pero ya lo dejo. Buenas noches.

  Al dejar el libro en la mesita de noche, su mágica luz se apagó poco a poco. Su madre alcanzó a ver el título, como brasas apagándose en ese instante.

  Por la mañana, Elisa recordaba perfectamente lo que había leído antes de dormirse. Quiso leer alguna frase de nuevo, pero el libro volvía a estar en blanco.

  **  **  **

  De regreso de la playa, Elisa se durmió en el coche, y lo hizo pensando en su libro mágico. Al parar el motor en el garaje, se despertó. Había soñado algo, pero a duras penas lo recordaba; solo sabía que ella era la protagonista, y que iba con todos sus compañeros de clase recorriendo las casas, pero no sabe por qué, si era pidiendo algo o dándolo,... No sabía nada más. Sintió envidia de la Elisa del libro, hasta que recordó que la del libro lo recordaba, no por haberlo soñado, sino por haberlo leído.

  Después de ducharse y ponerse el pijama, mientras mamá preparaba la cena, Elisa fue en busca de su libro, con la esperanza de que hubieran aparecido letras de nuevo.

La brigada solidaria

  Rosa, la maestra de Elisa, había dejado a un lado los libros de texto por un rato para hablar a sus alumnos de algo muy triste: se acercaba el día mundial contra el cáncer, el 4 de febrero.

  Rosa preguntó a todos si sabían lo que era el cáncer. Se hizo un silencio que rara vez podía sentirse en clase por más que la maestra lo pidiera, ni con paciencia ni enfadada. Al final, alguien se atrevió a decir:

  —Es una enfermedad muy mala. Mi padre se murió de cáncer.

  Todos los compañeros se giraron hacia Víctor. Se escuchaba algún murmullo, pero poco. La mayoría le miraba con pena, algunos le abrazaban, y a otros se les humedecían los ojos. Alicia rompió a llorar.

  —¿Qué te pasa, cielo? —le preguntó Rosa.

  —¿Se va a morir mi mamá? —dijo Alicia con las mejillas convertidas en cascada.

  —¿Por qué dices eso?

  —Porque el otro día oí a mis papás hablar de que ella tiene cáncer. —Rosa no supo qué decir, y la abrazó.— ¡Yo no quiero que se muera!

  —¡No siempre se mueren! —salió David al rescate—. Mi hermano mayor tuvo cáncer, pero le hicieron un tratamiento que hacía que se le cayera el pelo, y se curó y después le salió pelo otra vez.

  Alicia se imaginó a su madre sin pelo, y se asustó. Después se la imaginó muerta, y la imagen sin pelo le pareció bonita, incluso se rió. David, que siempre tenía iniciativas, dijo:

  —Seño, podríamos fabricar lazos de color rosa y venderlos para hacer una colecta de esas contra el cáncer.

  Los demás mostraron su entusiasmo, y la maestra aprobó la propuesta. Cada uno fabricó veinte lazos, y fueron por el barrio ofreciéndolos a cambio de un donativo. Consiguieron nada menos que mil euros que, en una ceremonia solemne, la escuela donó a una de las muchas asociaciones que se dedican a la investigación y búsqueda de una cura contra el cáncer.

  Este desenlace dejó un buen sabor de boca a Elisa. Cuando empezaran las clases de nuevo, lo propondría a la maestra. Seguro que a todos les encanta la idea.

  Se sentó a cenar. Su mente seguía en la historia que acababa de leer.

  —Mamá, ¿tú conoces a alguien que haya muerto de cáncer?

  Mamá se quedó patidifusa. Su primer impulso fue preguntar que a qué venía esa pregunta, pero la explicación no le habría librado de responder, de modo que fue al grano:

  —Sí, un tío mío, murió antes de que tú nacieras.

  —¿Y alguna vez has donado dinero contra el cáncer?

  —... Eh... No —dijo algo avergonzada.

  —¿Es que quieres que siga muriendo gente por cáncer?

  Mamá ya no sabía qué decir para no avergonzarse más, y optó por cambiar su actitud.

  —¿Quieres que lo hagamos después de cenar?, se puede hacer por internet, es muy fácil.

  Y después de cenar cumplieron con lo que se propusieron, no solo esa noche, sino cada primer martes de mes desde entonces para siempre.

**  **  **

  Aunque las primeras veces no llegaba a creerse lo que veía, Elisa terminó por aceptar que el libro era mágico de verdad. De alguna manera, era como si se hubiera convertido en su amigo. El libro sabía lo que pensaba ella, le concedía deseos unas veces, y le daba lecciones otras. Incluso mamá aceptó que algo extraordinario estaba pasando, y era algo maravilloso.

  Elisa se sentaba en el sillón, con las piernas cruzadas y el libro sobre ellas. Muchas veces, estaba en blanco, pero ella cerraba los ojos, deseaba con fuerza que apareciera una historia sobre algo determinado, y ¡aparecía!, como cuando deseó una historia de superheroínas:

El superpoder de Elisa

  Una tarde, Elisa jugaba con la arena del parque cuando, de pronto, un montón de hormigas empezaron a corretear. Sin darse cuenta, había roto con su pala la entrada de un hormiguero, y sus habitantes se habían enfadado mucho. Trató de arreglar el destrozo, pero parece que eso las enfadó todavía más, y algunas hormigas se lanzaron a atacar a la pala.

  Cuando Elisa se dio cuenta, una de ellas había pasado de la pala a su mano, de su mano a su merienda, y de su merienda a su boca.

  —¡Mamá, mamá, me he tragado una hormiga! ¡Vamos al médico, corre!

  Fueron al médico. El doctor exploró detenidamente a Elisa y emitió su diagnóstico:

   —La hormiga ha desaparecido del organismo, parece que ha pasado a formar parte de él.

  —Y eso, ¿qué significa?

  —Que ahora, Elisa es mitad niña, mitad hormiga —dijo muy serio—. En los próximos días empezará a experimentar cambios. Nadie sabe cómo serán. Que tengan mucha suerte.

  Se marcharon a casa. Elisa se plantó ante el espejo del recibidor, en busca de algún signo de cambio en su cuerpo, y lo vio: parecían pelos despeinados, pero no eran pelos, ¡eran antenas! Corrió a su habitación y cerró la puerta de un golpe. La maneta salió despedida hacia el pasillo, y la puerta quedó resquebrajada.

 —¿Qué ha sido ese golpe? —preguntó su madre.

  —¡Mamá, no puedo salir, se ha roto la puerta! —dijo la niña omitiendo a propósito el detalle de que ella era la responsable.

  Su madre se disgustó mucho por tener que gastar en la reparación un dinero que le era escaso, pero nunca llegó a sospechar de la niña.

  Otro día, a mamá se le cayeron unas monedas bajo el sofá. Elisa se tumbó en el suelo asomándose por debajo para alcanzarlas, se estiró un poco más tratando de cogerlas, y el sofá se levantó al hacer palanca con su hombro. La niña pudo coger las monedas, y después oyó las patas del sofá volver a tocar el suelo. Por suerte, su madre no vio nada, ya que estaba recogiendo el resto de monedas caídas, y Elisa decidió no revelar su secreto.

  Ante esos acontecimientos, reflexionó. Recordó las palabras del médico, y fue en busca de un gran libro sobre animales que acumulaba polvo desde que ella tenía tres años. Allí leyó que las hormigas pueden levantar hasta 100 veces su propio peso.

  Desde entonces, cuando la situación lo requiere, Elisa usa su superpoder, pero guardando el secreto, como todo superhéroe que se precie. Como cuando el coche de mamá se quedó sin gasolina: las dos se pusieron a empujarlo y consiguieron moverlo. Mamá nunca llegaría a saber que fue gracias a ella.

  Después de leer esta historia, madre e hija fueron al supermercado. Los trabajadores movían palets con una máquina, y Elisa pensaba en lo fácil que resultaría ese trabajo para la niña-hormiga.

  —Mamá, ¿sabes que las hormigas pueden levantar hasta 100 veces su propio peso?

  —¿100 veces? ¡Caray! ¿Y cómo lo sabes?

  —Lo leí en mi libro mágico.

  Mamá se dio cuenta así de que, ahora, Elisa comprendía bastante bien lo que leía, y se alegró mucho de haber cumplido la misión del verano.

  —¿Aún no has terminado de leerlo?

  Elisa abrió los ojos como platos.

  —¡Lo he leído hasta el final un montón de veces!

  —¿Y no te cansas?

  —¡No! —dijo entre risas—, ¡si cada vez es distinto!

**  **  **

  El caso es que no siempre fue así. Un día, Elisa deseó una historia de perros que hablaran. Cuando la leyó, resultó ser la misma historia que cuando deseó una sobre un niño solitario. Desde luego, en la historia había un niño solitario que adoptaba un perro perdido que hablaba, es decir, que cumplía las condiciones de los dos deseos al mismo tiempo, así que lo achacó a un error suyo por no recordar que ya había leído una historia con perro parlante.

  Pero el problema se repitió con la historia de una princesa moderna: fue la misma que la del dependiente de ropa. Y otro día, la del coche volador era la misma que la del ratón soñador.

  Elisa se dio cuenta de que su imaginación estaba agotándose. Una vez, se sentó con el libro entre las piernas, que estaba en blanco, y por más que pensó y pensó no se le ocurrió nada con lo que llenar el libro, y este permaneció en blanco.

  —Mamá... —dijo un día durante el desayuno—, ¿podemos ir a la biblioteca?

  —Umm... Bueno. Pero ¿por qué?

  —Quiero leer libros nuevos, este se ha terminado.

  Fueron a la biblioteca. Una señora muy amable le hizo una foto con un móvil para ponerla en un carnet donde salía su nombre y el de la biblioteca.

  —Presentando este carnet podrás llevarte en préstamo hasta tres libros a la vez. Tendrás un plazo de dos semanas para devolverlos. Eso sí, no olvides hacerlo, para que otras personas puedan también disfrutar de ellos.

  Elisa volvió a casa muy feliz con tres libros, y su madre, aunque no lo demostraba, era más feliz que ella. Tardó tan solo cinco días en leerlos, y los devolvió y se llevó otros.

  Ese día, cuando los colocaba en el estante sobre su mesita, vio el libro mágico. Estaba apagado, en blanco, triste. Elisa se sintió mal por haberse olvidado tan rápido de él, y entonces recordó lo que le dijo el dependiente: «Debes comprometerte a una cosa: a traerlo aquí de nuevo cuando ya no lo necesites».

  Así, Elisa cumplió su palabra. El dependiente le preguntó si le había gustado; ella dijo que sí, que muchísimo. Se abrazaron cariñosamente y volvieron a poner el libro en la mesa. Al hacerlo, su título cambió de nuevo:

El libro mágico de Santi

Publicado la semana 5. 04/02/2018
Etiquetas
Para leer a los niños, libro, mágico, superpoder, cáncer, comprensión
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