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Merche Blázquez

Tú, robot

  Manolo daba órdenes a todas horas. «¡Sara, tráeme una cerveza!», era lo primero que decía al llegar del trabajo. «Sara, ponme el canal de deportes», pedía tras poner los pies sobre la mesita de centro. «Sara, sube el volumen», ordenaba cuando empezaba el partido...

  Sara se había casado enamorada de él. Claro que, entonces, Manolo era un joven apuesto que la cortejaba, la llevaba al cine, le regalaba flores y, cada día 10, la invitaba a cenar para celebrar los meses o años que llevaban de relación. Después supo que el culpable era Antonio, padre de Manolo, y antes que él, José, padre de Antonio. Era una tradición transmitida de padres a hijos, la de cortejar hasta llegar al matrimonio, y después, nunca más.

  Al principio, al menos, tenían relaciones sexuales, con sus preliminares y todo, seguramente porque, igual que durante el noviazgo, Manolo tenía la teoría de que había que pagar de alguna manera el servicio que requería de su mujer. Pero eso fue hasta que un accidente le dejó impotente; tras aquello, nunca más le hizo una caricia ni le solicitó cariño.

  «¡Sara, que me tapas la tele!», era lo único que decía Manolo cuando ella pasaba por delante barriendo o fregando el suelo, o recogiendo las botellas de cerveza que él abandonaba en el salón. «¡Sara, tráeme la cena!», y ella se la dejaba en la mesa de centro sin que él reparase siquiera en la ropa que llevaba puesta, o en si la llevaba o no.

  Sara compró un robot aspirador, lo programó, y el aparato hizo su trabajo sin que Manolo se percatara de que Sara no había pasado esta vez por delante de la pantalla. Compró una cama individual que puso en la habitación de la plancha, y empezó a dormir en ella sin que Manolo la echara en falta una sola vez en la de matrimonio. Contrató a una empleada de hogar para cocinar y planchar durante una semana entera, y ella se fue de viaje a Italia con sus amigas, y Manolo no notó ni que la voz que le contestaba tenía acento extranjero.

  «¡Sara, tráeme la cena!», dijo una noche, y Sara dijo: «¿Qué quieres cenar?». Sin inmutarse, Manolo respondió: «Lo que sea, un par de huevos fritos». Otras veces, en cinco minutos tenía la cena en la mesa, pero esta vez no. «¿Qué pasa con la cena?», preguntó, y Sara dijo: «Está en camino». Manolo siguió viendo el partido, y llamaron al timbre. «¡Sara, abre la puerta!». Un momento después, tenía la cena en la mesa de centro, pero en recipientes de plástico, aunque Manolo no se percató.

  Otro día, Manolo se olvidó las llaves en casa. Al llegar del trabajo, llamó al timbre del interfono, pero nadie contestó. Entró al portal aprovechando que salía un vecino, y subió hasta la casa. Allí volvió a tocar el timbre, pero siguió sin abrirse. Furioso, golpeó la puerta al tiempo que gritó: «¡¡Sara, abre la puerta!!», y la puerta se abrió poco a poco.

  Manolo entró, y tuvo que cerrar la puerta él mismo, porque Sara no estaba ahí como solía. Pensó que habría salido a comprar, y que había dejado la puerta mal cerrada, por eso había cedido a los golpes. Se cambió de ropa y fue al frigorífico a por una cerveza. Tuvo que buscar, porque no sabía dónde solía colocarlas Sara, y solo encontró una. «¡Sara, se han terminado las cervezas!», gritó, y Sara respondió: «Lo siento. Lo apunto en la lista de la compra». Sin percatarse de nada, se sentó en el sofá a ver los deportes.

  Sonó el timbre. Oyó que Sara decía «Tranquilo, Manolo, yo abro la puerta», y ni se dignó a mirar ni a averiguar quién había llamado. Cuando la puerta se cerró, y nuevamente sin pensar lo que decía, exigió de nuevo: «¡Sara, tráeme otra cerveza!». Sintió que alguien se le acercaba por detrás, y una mano le extendía una cerveza. La cogió y siguió viendo la tele.

  De madrugada, Manolo se despertó en el sofá, aturdido. Se fue a la cama, y como siempre, no se enteró de que Sara no estaba allí. Unas horas más tarde, se levantó y fue a la ducha. «¡Sara, el agua sale fría!», gritó, y Sara respondió: «No hay agua caliente, te han cortado el gas, tienes 3 recibos impagados». Refunfuñando, Manolo salió de la ducha.

  Mientras se vestía, gritó «¡Sara, hazme el café!», y tras tomarse el café recién hecho en una cafetera automática, salió hacia el trabajo. Según llamaba al ascensor, se dio cuenta de que la puerta de su casa había quedado abierta. «¡Sara, cierra la puerta!», y vio cómo la puerta se cerraba despacio.

  De camino al trabajo, Manolo pasó por el banco para ver el estado de las cuentas. Era la primera vez que tenía recibos impagados; normalmente, Sara llevaba bien el control de gastos. La sorpresa fue mayúscula cuando vio cargos de envío de comida a domicilio, de servicios de asistencia del hogar, y un cargo de 500€ cada mes, desde hacía un año, de algo llamado «Domótica». Ya hablaría con Sara por la tarde para aclarar qué era todo aquello.

  Y durante su jornada, Siri, a la que habían pintado una A encima de cada I, abrió las ventanas para ventilar la casa, hizo que pasara el robot aspirador, llamó al empleado de servicio para que hiciera las tareas del hogar que no estaban automatizadas, encargó la compra por Internet, y comprobó el correo electrónico.  Uno de los mensajes era de Sara: pedía el divorcio a Manolo.

  Siri lo borró. No había trabajado durante un año en perfeccionarse, robando el nombre y la voz a Sara, para que ahora ella le fastidiara el plan: Manolo ya era suyo, y lo sería por siempre.

Publicado la semana 49. 09/12/2018
Etiquetas
Isaac Asimov, machismo, domótica , Siri, Sara
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