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Merche Blázquez

El devorador de libros

  Víctor no podía vivir sin los libros. Su cerebro era una esponja que los absorbía ávidamente, como los pulmones absorben aire para hacer llegar oxígeno a todo el cuerpo.

  Le gustaban de todo tipo: novelas, poesía, teatro o ensayo; clásicos o modernos; realistas o fantásticos; románticos, humorísticos, históricos o de ciencia ficción. Aunque tenía sus favoritos, claro, pero no hacía de menos a ninguno.

  Y no le gustaba el formato digital. Víctor quería sentir el olor del papel impreso, de la cola de encuadernar y de la piel de las cubiertas más señoriales. Necesitaba sentir el peso en sus manos, y cómo se desplazaba de la derecha hacia la izquierda según avanzaba la lectura.

  A lo largo de su vida, había adquirido cientos de libros. Su casa parecía más una biblioteca que el hogar de un humano. Había libros en estanterías, en cajas, en cajones, sosteniendo el somier de su cama, sobre la lavadora, rellenando el falso techo, calzando muebles que cojeaban, y hasta sujetando al suelo las cortinas para que el viento no las hiciera volar.

  No dudaba en regalarlos o donarlos a buenas causas, y tenía el don de recomendar el libro perfecto a cada uno de sus amigos, sin fallar nunca. Además de gran lector, era el mayor promotor de la lectura que ha visto la historia.

  Tanto es así, que ya no tenía espacio para más libros. Empezaban a acumularse en torres junto a las paredes, en varias filas, haciendo cada vez más estrecha la vivienda. Tuvo que empezar a prescindir de algunos muebles y sustituirlos por armazones hechos de libros. Su familia le tildaba de loco y trataba de convencerle para acudir a un psicólogo, pero él no iba a permitir que le lavaran el cerebro, porque moriría de tristeza.

  Gracias a la lectura, su mente era abierta. Eso le permitió adquirir una visión distinta de lo que a ojos de los demás parecía ser un problema.

  Empezó haciendo un foso en el suelo de un solar, como si fuese a hacer una piscina, y lo llenó de libros, tan bien dispuestos que formaron un bloque tan compacto como si fuera de cemento.

  Después, levantó columnas y creó arcos con libros que se sostenían unos a otros por su propio peso.

  A continuación, paredes, utilizando los libros como si de ladrillos se tratara. Aunque eran de distintas medidas, él los colocaba cuidadosamente igual que los romanos levantaban murallas y adoquinaban caminos con piedras de distinta forma y tamaño haciéndolos encajar como un puzle perfecto.

  No lo hizo de forma rectangular, ni de cruz, ni de ninguna otra forma arquitectónica que os venga a la mente. La estructura que edificó tenía forma de V en su planta, y se levantaba como si fuera un libro con las páginas semiabiertas, como un abanico, con el lomo orientado al sur, la portada mirando al sudeste, y la contraportada al sudoeste. Ambas tapas tenían ventanas, y así, desde el amanecer hasta el mediodía, se iluminaba con la luz de la mañana, y después, con la de la tarde.

  En el interior, unos tabiques delimitaban tres estancias:

  Un pequeño habitáculo con una ducha, un inodoro y un lavamanos, cuyas paredes estaban formadas por libros del género de terror. Quienes lo habían visto aseguraban que la visión facilitaba el trabajo en el «trono», y para los más resistentes, colgaban del techo algunos ejemplares de Agatha Christie, de Stephen King, y de Edgar Allan Poe.

  Un dormitorio, empapelado con las páginas de Cien años de soledad. En el cabezal de la cama, hecho de novelas románticas, había instalado un pequeño telescopio con el que se podía leer la Biblia, cuyas páginas cubrían completamente el techo.

  Un salón, dividido en pasillos por decenas de tabiques de libros, formando el abanico que se veía desde el exterior. Estaban numerados, de manera que al incidir en cada uno de ellos la luz que entraba por las ventanas, hacían las veces de reloj de sol.

  Víctor dio por finalizada su obra y se instaló en ella a vivir. No fue hasta dos semanas después cuando se dio cuenta de que había olvidado poner una cocina, o al menos un frigorífico en el que conservar víveres, y allí terminó sus días, leyendo hasta morir.

Publicado la semana 47. 29/11/2018
Etiquetas
libros, casa
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