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Merche Blázquez

El hombre gigante

  Cuando nació, parecía normal. Su madre lo amamantó todo el tiempo que pudo, que no fue mucho, porque la alimentación pobre que llevaba no le permitía producir leche de calidad. A cambio, atinó en darle leche de jirafa, que robaba a una hembra solitaria que parecía haber perdido la razón, si se puede decir que estos animales tienen raciocinio, ordeñándola directamente a un cántaro que se colocaba en la cabeza.

  El brujo de la tribu lo bautizó con un nombre impronunciable que significaba algo así como «más alto que los árboles de la orilla del río». Creció en la aldea, mucho, tanto que no había cabaña en la que pudiera permanecer de pie, y un buen día decidió marcharse en busca de fortuna a un lugar lejos de allí donde, según contaban los que trabajaban guiando a los hombres pálidos en sus cacerías, las casas eran más altas que el sol.

  Se sintió engañado. Ciertamente, las casas eran muy, muy altas, pero por dentro estaban compartimentadas en viviendas más pequeñas, y el hombre más-alto-que-los-árboles-de-la-orilla-del-río tenía que subir a cuatro patas las escaleras, y una vez en la casa, caminar doblado.

  Tampoco le fue demasiado bien en su nuevo hogar. Oyó hablar de viajes al país de los hombres pálidos, y que allí se ganaba suficiente dinero para vivir bien y enviar el sobrante a la familia; y de nuevo, el hombre más-alto-que-los-árboles-de-la-orilla-del-río se aventuró a conocer nuevos mundos.

  No había mucha diferencia en el tamaño de las casas, pero sí en las comodidades, y eso cambiaba mucho la perspectiva. Encontró trabajo en un almacén, como mozo de carga y descarga. Mientras sus compañeros trabajaban en los estantes bajos, él organizaba los altos, sin necesidad de utilizar una máquina horrible que tenían, con cuernos como un búfalo, pero más apestoso.

  En aquel país lejano aprendió mucho. Entre otras cosas, aprendió a construir casas enormes como él, viendo a los hombres pálidos levantar naves industriales, y visitando un edificio antiguo de piedra al que ellos llamaban «iglesia» y en el que no solo cabía de pie, sino que podía trabajar limpiando los techos pintados hacía muchos años, sin tener que poner estructuras de hierro y maderas para encaramarse.

  Ese fue su último trabajo. Con lo que había aprendido, decidió hacer su propia casa más-alta-que-los-árboles-de-la-orilla-del-río. Cuentan que había empezado su construcción, cuando se disponía a llevar al solar un par de pequeñas vigas que debían sostener una cruceta en el techo, y tenía que atravesar la carretera para llegar hasta allí. Al borde de aquella gran arteria, la A2, en un lugar llamado Sidamón, miró a un lado esperando que dejaran de pasar vehículos para poder cruzar, y esperando, esperando, se convirtió en estatua.

Publicado la semana 45. 11/11/2018
Etiquetas
gigante, alto, Sidamón, árboles, jirafa
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Relato
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I
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