Semana
44
Merche Blázquez

El ascensor

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Relato
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  Luis, Arturo, Miriam y Laura fueron a casa de Javi y Selene a celebrar Halloween. A pesar de haber entrado el otoño hacía más de un mes, la temperatura ambiente era templada. Apetecía poco comer castañas y boniatos, más bien ensaladas y aperitivos fríos. Si a eso sumamos que tuvieron que subir al cuarto piso por las escaleras, llegaron con la lengua fuera. Afortunadamente, los anfitriones les esperaban con cervezas frías con sabor a tequila.

  —¡Uff, casi no llego! ¡Está estropeado el ascensor! —dijo Arturo.

  —Ya... Es solo hoy, mañana volverá a funcionar —respondió Selene con aire misterioso.

  —¿Y eso? Podrían haberlo arreglado hoy, mañana es festivo, os cobrarán más caro el servicio.

  —No, qué va, no hará falta. Pasad y poneos cómodos, que os lo explicaremos.

  Con la casa decorada cual cueva de brujas e iluminada con velas de colores oscuros, la mesa llena de picoteo de fiesta, y las bebidas bien frías, se acomodaron en el salón, dispuestos a pasar una magnífica noche.

  —¿Lo cuentas tú? —dijo Javi.

  —No, mejor tú —respondió Selene mientras se estremecía como si hubiera pasado un espíritu entre ellos.

  —Bien, pues... El año pasado, por estas fechas, los vecinos nos pusimos de acuerdo para decorar las zonas comunes con ambiente de Halloween. El ascensor quedó chulísimo, con telarañas en las puertas, el espejo tapado con un papel ahumado con dibujos la mar de tétricos, un hacha sangrienta en el rincón, las paredes manchadas de sangre, etc. Quedó tan logrado, que los niños no querían entrar ni a tiros, y algunos vecinos, tampoco.

  »Al anochecer empezaron a llegar visitas. Los vecinos que vivían en el tercero tenían un amigo que le molaba el tema, y mientras los demás subían por las escaleras porque estaban cagaditos de miedo, él se metió en el ascensor y empezó a bromear:

  »Pulsó el botón del primero. Mientras subía, cogió un par de ratas de la decoración. Esperó a sus amigos que subían a pie y los asustó de tal manera que, de no ser por las risas de después, habríamos pensado que habían matado a alguien.

  »Volvió a meterse en el ascensor, sus amigos siguieron por la escalera. Pulsó el botón del segundo, se cubrió con las telarañas y salió con la araña en las manos haciendo como que luchaba contra ella. De nuevo algún grito por la primera impresión, pero enseguida se convirtió en risas.

  »Algunos vecinos se asomaban al rellano, unos molestos por el ruido, otros con curiosidad para ver el espectáculo. Los que subían a pie llegaron al tercer piso. El ascensor aún no había llegado, estaba con las puertas cerradas y con señal de disponible. Lo llamaron, y cuando se abrieron las puertas, el bromista estaba sentado en el suelo, con la espalda en un rincón, el hacha en su cabeza, y chorros de sangre por el suelo. Esta vez casi todo eran carcajadas. Sacaban fotografías con sus móviles y las subían a las redes, retorciéndose de risa mientras su amigo posaba inmóvil.

  »Después, alguien llamó al ascensor y las puertas empezaron a cerrarse. Uno de los de la pandilla metió prisa a su amigo bromista para que saliera, pero él no reaccionó. Entró a buscarlo, tiró de su brazo, y el cuerpo cayó a un lado. El ascensor llegó a la planta baja y se abrió. Allí, un abuelo con su perro lo esperaba. Fue lo último que vio el señor Gabriel: le dio un infarto y se quedó en el sitio. De nada sirvió que el amigo del bromista jurase insistentemente que era mentira, sobre todo porque...

  —¡Era verdad! Ja, ja, ja, ja. No me jodas, se veía venir —dijo Luis—. Menuda historia te has cocinado, Javi. Ja, ja, ja, ja, ja.

  Pero Javi estaba muy serio. Las chicas lo miraban, espantadas, y agarraban con fuerza las manos de sus parejas.

  —Es que es verdad —aseguró Javi con voz temblorosa—. Llamamos a la policía y se llevaron a los dos. El anciano, estaba claro que había muerto del susto, y el bromista, aparentemente, había sido asesinado con el hacha. Bueno, pues no, la causa de la muerte fue también un infarto, y el hachazo era posterior. Buscaron huellas y todo tipo de pruebas, pero no encontraron explicación a su muerte, ni a que a pesar de estar precintado por la policía, el día siguiente no quedara ni rastro de la decoración del ascensor.

  —¿En serio pasó todo eso? —preguntó Laura, que se había quedado paralizada. Selene, con la vista perdida, asentía con la cabeza.

  —Los vecinos que organizaban la fiesta se fueron del piso antes de acabar el año. Después vino una mujer muy rara que decía ser vidente y puso una consulta en la vivienda. Hizo la mudanza sin utilizar el ascensor, aunque funcionaba perfectamente, y siempre subía por las escaleras, por muy cargada que viniera. Una vez le pregunté por qué, y me dijo que había conocido muchos espíritus malignos, pero ninguno como el de ese ascensor, que se le ponían los pelos de punta al acercarse a él.

  —Vale, tío —dijo Arturo—, has ganado el concurso de historias de terror. O sea, que el ascensor funciona perfectamente y habéis puesto el cartel y la cinta para hacer ambiente. Te lo has currado de lo lindo.

  —No exactamente...

  La música se terminó en ese momento. En el silencio que quedó se oían a lo lejos una especie de gemidos. Parecían provenir del ascensor, por el eco que producían.

  —Esta mañana, el ascensor estaba decorado como el año pasado. El presidente de la comunidad, indignado, ha convocado una junta urgente para echarnos la bronca por la falta de respeto del autor hacia las muertes del año pasado, y resulta que nadie ha confesado haberlo hecho. Entonces, la vidente se ha orinado encima, de miedo, y ha dicho que había sido el propio ascensor. La cinta, la hemos puesto los vecinos para que nadie lo use hasta que averigüemos qué pasa.

  Miriam se sirvió otra copa, riéndose para sí. Javi era el artista del grupo: tanto la literatura fantástica como las manualidades eran su fuerte, y todos lo sabían.

  —¡Es absolutamente cierto! —insistió Javi—. Por favor, juradme que no vais a usar el ascensor —imploró.

  Los invitados se pusieron serios y lo prometieron.

  La noche continuó en buen ambiente, con música jovial y conversaciones totalmente distintas a esta historia, y el hambre apretó, así que decidieron pedir unas pizzas.

  El repartidor tocó al timbre. Esperaron un tiempo prudencial a que el muchacho subiera los cuatro pisos por las escaleras. Si lo hubieran pensado antes, tal vez no le habrían hecho esa faena. Pero las pizzas no llegaban. Luis decidió bajar a su encuentro, pensando que tal vez había tropezado subiendo, pero llegó hasta la planta baja sin encontrarlo.

  Sin embargo, allí olía a pizza... Se guio por su olfato, y determinó que el olor provenía del ascensor. Se lo pensó dos veces antes de pulsar el botón para llamarlo, pero no tenía más opción...

  Antes de acabar el año, Javi y Selene se mudaron a una casa de planta baja en las afueras.

Publicado la semana 44. 03/11/2018
Etiquetas
Pesadilla en Elm Street , Halloween , Para noches de historias de terror , ascensor, Halloween, muerte, amigos
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