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41
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  La tormenta tropical había llegado tal como anunciaron. Y como los humanos somos cualquier cosa menos seres inteligentes, no habíamos tomado las precauciones recomendadas, sino que seguíamos teniendo los sumideros de las terrazas llenos de broza, los coches aparcados en rieras, y las entradas a los parkings subterráneos sin sellar.

  Los únicos preparados, como siempre, eran los bomberos. La verdad es que yo, en su lugar, habría respondido con un corte de mangas a más de uno de los cientos que llamaron esa noche. Ellos, más solidarios que yo, seleccionaban las llamadas según la urgencia, minimizando así los daños. Así fue como llegaron a mi casa de madrugada, cuando hacía un par de horas que había dejado de llover.

  Habíamos cerrado la puerta de la terraza para que no entrara el agua en casa, y no entró, no. La puerta era de aluminio con doble cristal, aislante, y además habíamos puesto burletes en las juntas, de manera que quedaba tan hermético como un tupper de los caros. Cuando nos dimos cuenta, el nivel había subido más de medio metro, y si abríamos la puerta, entraría en casa y se lo llevaría todo por delante, como si abrieran la compuerta de una presa.

  —¡Pero hombre, ¿cómo se le ocurre?! ¡Esos cristales pueden ceder en cualquier momento! —dijo el bombero al ver el percal—. Vamos a tener que ir al piso de arriba para bombear el agua si queremos salvarle los muebles.

  Allí fueron. Llamaron al timbre; tuvieron que insistir porque nadie abría la puerta, a pesar de que por la rendija se veía luz y se podía percibir un olor dulzón emanando de ella.

  —¡Ya va! —dijo una voz torpe al otro lado.

  Cuando abrió, mi vecino tenía los ojos rojos, no sé si por la marihuana que llevaba ya fumada o por el humo que llenaba la casa. Los bomberos pasaron por alto la situación y le explicaron que necesitaban acceder a su balcón para vaciar de agua mi terraza.

  —¡Anda, peaaaaazo piscina, compadre! ¡Qué guapa! —, y empezó a desnudarse con la intención de lanzarse al agua. Un bombero le sujetó y lo llevó al sofá, volvió al balcón, y se abrió camino entre la plantación de maría del inquilino.

  Se oía lo que parecía un pájaro. Un destello metálico me ayudó a ver la jaula, casi invadida por las hojas de marihuana de las plantas, y en su interior, un canario al que se le caía la cabeza hacia los lados y que picoteaba las hojas que penetraban entre los barrotes. Se cayó al fondo de su jaula, se levantó dando tumbos como un borracho, intentó volar, y finalmente se sentó en el suelo, sobre sus excrementos, y dijo «pío».

  En ese momento se oyó un grito en el piso de encima. Vivía allí un matrimonio un tanto extraño. Solía verse al marido en el bar de la calle de arriba, coleccionando botellines sobre la máquina tragaperras. No se le conocía oficio ni ingresos. La mujer salía cada tarde a comprar, maquillada excesivamente, como si quisiera ocultar el auténtico color de su piel. El grito que acabábamos de oír era de ella, y le siguieron improperios de él.

  —¡No!

  —¡Mala puta, que no has sido capaz de salir a llevarme un paraguas, con la que estaba cayendo! ¡Te lo voy a meter por el culo, hasta el mango!

  —¡Fulgen, por favor, no me pegues! ¡Lo siento, me dormí, no me enteré de que llovía, me he levantado a las 4 de la mañana, estaba rendida!

  —¡Y a mí qué, zorra! —seguía gritando al tiempo que se oían los golpes que le propinaba.

  El jefe de bomberos aplazó el vaciado de mi terraza, llamó a la policía y, con un par de hombres más, se dirigió al piso superior; los demás nos quedamos en el del fumeta, mirando arriba.

  Como estaba en alerta por la lluvia, la policía no tardó ni dos minutos en llegar. Al pasar por el primer piso, que tenía la puerta abierta, los agentes pensaron que habían sido llamados para detener a ese vecino por cultivo masivo. Fueron informados de que la llamada era por la pelea doméstica, y siguieron escaleras arriba.

  Echaron la puerta abajo, sin más. El hombre cogió unas tijeras y amenazó a la mujer. Los policías comenzaron a hablar con él, repitiendo los tópicos que todos hemos visto en las películas, y el hombre, curiosamente, reaccionaba como los de las películas. Mientras tanto, en el tercer piso, un bombero pretendía descolgarse por el balcón y bloquear al hombre desde atrás, pero no pudo intentarlo siquiera, ya que el vecino del tercero tenía un cerramiento que ocupaba todo el balcón, convertido en palomar.

  El maltratador retrocedía hacia el balcón arrastrando a su mujer según avanzaban hacia él los policías. Viéndose acorralado, debió de pensar que ya no se libraba de pasar el resto de su vida en la cárcel, y quiso que fuera con razón: lanzó a su mujer por el balcón con la intención de matarla. Pero el agua amortiguó el golpe..., y lo transmitió al cristal de la puerta, que se rajó.

  Un torrente de agua y cristales atravesó mi salón. El sofá se atrancó en la entrada del pasillo y retuvo el resto de muebles y a la mujer, mientras todo lo demás corría por debajo hasta la salida a la calle. Los agentes detuvieron al marido; las palomas del tercero se escaparon por el hueco de la escalera; el canario del fumeta cantó bien entonado, y yo vi en una calculadora virtual en mi cabeza la suma de los destrozos de mi salón.

  El del tercero se llevó una multa. El del segundo salió esposado. Su mujer, en ambulancia. El del primero, detenido por tenencia ilícita. Nosotros, terminamos en comisaría declarando por todo lo ocurrido. ¡Quién iba a imaginar que una intervención de los bomberos acabaría en redada!

Publicado la semana 41. 15/10/2018
Etiquetas
policía, redada, maltratador, agua, terraza, bomberos, palomas, canario, marihuana
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