Semana
39
Merche Blázquez

EL SUPRESOR

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  Cuando estudié para tanatopractor, allá por el año 2075, las cosas eran distintas. Entonces, cuando una persona fallecía, simplemente había que ponerla guapa —tanto como fuera posible en cada caso—, evitar que empezara a oler demasiado mientras la familia se tomaba su tiempo para asimilar la pérdida, y meterla en una caja de madera por la que te cobraban un riñón.

  Al llegar la digitalización global, todo cambió. Está claro que el uso del chip insertado bajo la piel al nacer, junto a la identificación por huella dactilar o por iris, es un buen método para evitar robos y suplantaciones de identidad; pero llegaron los saqueadores de cadáveres y se complicó el asunto. No fueron pocos los muertos a los que, después de ser enterrados, cortaron el antebrazo derecho para obtener su chip y sus huellas. ¡Robar a los muertos! ¡Hasta dónde ha llegado la depravación del ser humano!

  Le estaba costando caro al Estado. Se suponía que una vez muerto no ibas a ir al cajero automático a cobrar la pensión identificándote con la huella dactilar, de manera que la Administración omitía todo el papeleo de marcar a la persona como fallecida, y cientos de difuntos siguieron sacando su dinero.

  También se suponía que al pagar en cualquier comercio solo tenías que acercar tu brazo al sensor y ya se descontaba de tu cuenta. Nadie pensó en que apantallarían el chip original envolviendo el brazo en papel de aluminio y pondrían encima una escayola, por falso hueso roto, que llevaba incrustado el chip de un muerto.

  La cosa se puso tan seria que se creó la figura del supresor, y ese soy yo. Ahora funciona así:

  En cuanto la persona fallece, es custodiada por agentes de control de identidad. Estos agentes pueden ser policías, jueces, médicos, enfermeras, bomberos, etc., y numerosas personas sin relación profesional con la muerte que, por su historial personal de honestidad pasan a nombrarse notarios ocasionales. O sea, que si al fallecer una persona no hay nadie presente de los oficios de los primeros gremios, cualquier persona de estas que se encuentre allí cumplirá temporalmente la función de agente de control de identidad, hasta que llegue alguien de los gremios autorizados.

  Inmediatamente, se llama al supresor. El supresor, en presencia del agente de control de identidad, debe amputar las yemas de todos los dedos de las manos, extraer el chip que se encuentra bajo la piel del antebrazo, y extirpar los ojos. Las yemas y los ojos se introducen en un frasco con ácido sulfúrico, y allí mismo hay que esperar hasta su total disolución. Mientras tanto, con el lector de identidad, se obtiene toda la información del chip, se guarda en el registro de fallecidos, y por último se le aplica una sobretensión que borra toda la información. Cuando al tratar de leer el chip con el lector se obtiene mensaje de error, el difunto ha sido suprimido del sistema.

  Aún así, no son pocos los asesinatos que se cometen para robar la identidad. Que quede entre nosotros…: solo funciona hasta que alguien descubre el cadáver, por muy mutilado que esté, y son contados los criminales que saben deshacerse del cuerpo correctamente. Y es que uno de los datos que incluye el chip es el ADN del individuo, así que se analiza el del cadáver, se marca como fallecido suplantado, y a partir de ese momento no es que salten alarmas o deje de funcionar, sino que la Agencia Internacional de Identidad sigue sus movimientos hasta que detecta algún otro delito, y encarga a las autoridades locales que lo detengan por este otro delito. Estos delincuentes nunca llegan a saber que los han cazado por el robo de identidad.

  Claro que, hay gente inteligente entre los criminales, y no es difícil llegar a la conclusión de que modificando la información de ADN del chip, no te pillarán. Pero para eso hay que ser hacker y biólogo a la vez, demasiada inteligencia, y esos están contratados por el gobierno para encontrar la forma, no de hackear el ADN, sino de evitarlo. Están muy motivados, os lo aseguro, porque son objetivos muy deseables, dado lo que cobran.

  Así es como mi oficio ha perdido su parte artística. Antes me deleitaba maquillando muertos, ahora tengo que mutilarlos. Pero he encontrado una salida a mi creatividad:

  Debido a la falta de espacio, ya no se permiten los enterramientos, ni siquiera en nichos; y debido al calentamiento global, tampoco se permite la incineración. Así que, una vez suprimido del sistema, el cuerpo se somete a un proceso de deshidratación completa; el agua obtenida se utiliza en la industria, y la parte sólida se tritura hasta convertirla en polvo. Yo aplico tintes a ese polvo y elaboro un retrato del difunto. Es mucho más decorativo y emotivo que una urna, ¿no os parece?

Publicado la semana 39. 30/09/2018
Etiquetas
Terminator , Futuro, Ciencia ficción , Pensando en funerales , cadáver, tanatopractor, identidad, robo, suplantación, mutilación, huellas dactilares, ADN, retrato
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