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Merche Blázquez

Hollywood miente

  Los guionistas de Hollywood podrían esmerarse un poco más para que sus historias fueran mínimamente creíbles. A veces, ficciones tales como MiB son más digeribles que las que hacen bajo el lema «basado en hechos reales». ¿Que por qué lo digo? Ahora os cuento.

  En mi vida real jamás me habría planteado hacer un viaje a Cancún sola, cosa que en las pelis es algo de los más normal. Y como quería dar emoción a mi vida, acercándola un poco a la del cine, me armé de valor y lo hice.

  Iba a ser mi cumpleaños. Eso no ocurre cada día. De hecho, ocurre cada 365 o 366 días, así que hay que celebrarlo, y por eso decidí que era el momento de hacer el tan esperado viaje. Lo preparé todo: compré los vuelos, hice la reserva de hotel, teniendo en cuenta, por supuesto, las opiniones en TripAdvisor, y hasta me informé a fondo sobre los medios de transporte para ir del aeropuerto al hotel, etc.

  Nada podía salir mal. Pregúntale a cualquier guionista cómo acaba una historia así, y te dirá que, tras un pequeño incidente, la chica conocería a un hombre apuesto e inteligente que la sacaría de un lío y se enamorarían y acabarían en la cama. En la cama sí terminé, pero no como esperaba. Fue en la de un hospital, y de allí, derechita a casa.

  Lo primero fue, cómo no, extraviar el equipaje. Al menos no me sentí sola, se extraviaron los equipajes de todos los que íbamos de Barcelona a Cancún haciendo escala en Zurich. Equivocaron el código del aeropuerto de destino y lo enviaron todo a CUM (Cumana, Venezuela) en lugar de a CUN (Cancún, México). Allí al ladito, vamos. Tocaba esperar 3 días a que llegaran las maletas. Mientras tanto, los que compartíamos destino comentábamos que, de momento, comprando uno o dos bañadores, pasaríamos el tiempo en la piscina del hotel.

  Menos mal que el traslado al hotel estaba incluido en el precio del billete, porque cuando llegué y fui a sacar el pasaporte para hacer el check in, me habían robado la carterilla con toda la documentación. Lo único que me quedaba era la ropa que llevaba puesta y, gracias a Dios, el móvil. Me costó sudor y lágrimas convencer a los recepcionistas de que yo era yo, para que me dejaran acceder a la habitación. Lo conseguí gracias a la aplicación de pago móvil de mi banco, donde les pude mostrar la tarjeta con la que había pagado la reserva. Que yo tuviera los datos de acceso les pareció una buena demostración. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que tenía que bloquear las tarjetas.

  Llamé a mi banco. En ese momento comprendí para qué son las comisiones que pagamos. Ellos fueron los únicos que me sacaron del lío, enviándome una nueva tarjeta en un plazo de 48 horas hábiles. Lástima que hice la llamada un viernes por la tarde, en puertas de un puente de 4 días: 2 días hábiles + 4 no hábiles = 6 días; y tenía que marcharme el viernes siguiente. Por suerte, también me hicieron llegar dinero en efectivo, gracias a lo cual pude comer. Es la última vez que reservo hotel sin que estén incluidas las comidas, lo juro.

  El lunes llegaron los equipajes. Borré de mi mente las malas vibraciones de todo lo que me había pasado y me dispuse a encontrar mi aventura, vestida con lo más sexy que llevaba en la maleta. No fue buena idea. Los turistas que iban en busca de un ligue se fijaban en mujeres mucho más exóticas que yo, y los lugareños que se fijaban en mí no aceptaban un «no» por respuesta. Ya sé lo que estás pensando... «Pues yo le habría dado una patada en sus partes y habría salido corriendo». Es muy fácil decirlo, pero no tanto hacerlo cuando llevas taconazos y falda de tubo casi hasta la rodilla.

  Como me había quedado sin documentación, tenía que ir al consulado español para que me dieran algún documento con el que poder hacer el embarque en el aeropuerto. Pregunté cómo ir hasta allí en transporte público, y era poco menos que una odisea, así que llamé a un taxi. Hasta aquí, todo bien. Lo malo fue que, al llegar al destino, el taxímetro marcaba 100 pesos más de lo que llevaba de efectivo, y todavía no había llegado la tarjeta, de manera que no podía sacar el dinero en un cajero. El taxista se puso como una fiera, echando pestes de los turistas. Sacó a relucir mi lado oscuro y le dije que no fuera tan energúmeno, que seguro que el 90% de la caja la hacía engañando a turistas como yo, y no le sentó bien mi réplica.

  El muy sádico me lanzó al maletero de su coche. Aquí, aquí es donde me di cuenta de las mentiras de Hollywood. Siempre que meten a alguien en un maletero, este está impoluto, con su moqueta perfecta, de la que después sacan huellas, fibras y ADN. En la realidad, el maletero tiene una caja de herramientas, el gato hidráulico por medio, el triángulo de señalización roto y astillado, una manta llena de grasa de motor, y broza de haber transportado higos chumbos por lo menos.

  Y si fuera una peli esperarías que por pura casualidad un poli le viera y empezara una persecución. No, eso en la realidad no pasa. En la puta realidad, oyes al taxista hacer una llamada a un amigo suyo proxeneta, ofreciéndole carne fresca. En la puta realidad, al pasar bajo un puente, cae un ladrillo en el capó, el taxista pega un volantazo para echarse a un lado y ver qué ha pasado y, cuando sale del coche, alguien que esperaba agazapado le raja el cuello allí mismo y le roba todo lo que pilla del coche. En la puta realidad has tenido mucha suerte de estar en el maletero entre basura, astillas y pinchos, y que horas más tarde venga un juez a levantar el cadáver del taxista.

  Ahora que lo pienso, no se diferencia tanto de las mentiras de Hollywood. Todo depende de si se trata de una película de acción con tintes dramático-románticos, o una comedia de acción.

  Postdata: Si alguien hace un guión con esta historia, quiero mis royalties.

Publicado la semana 38. 27/09/2018
Etiquetas
B.S.O. Mentiras arriesgadas , Leer cuando planees un viaje , Hollywood, taxi, equipaje, Cancún, hotel, efectivo, maletero, cadáver, juez
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