Semana
35
Merche Blázquez

Disaster tale

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Relato
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  Los quince días de vacaciones habían llegado a su fin. Por una vez, todo había ido sobre ruedas. Este año no habían tenido que visitar el centro médico, no habían cogido ninguna insolación, ni les había sentado mal nada de lo que habían comido, ni les había picado insecto alguno.

  El viaje de ida no tuvo ningún incidente. Cuando pararon a comer, el menú era completamente de su agrado, se lo trajeron al momento, en su punto, y el precio fue muy asequible. Hasta el coche pareció consumir menos de lo habitual, a pesar de haber estado el aire acondicionado funcionando todo el tiempo.

  Los primeros días, el teléfono de Alberto sonó varias veces. Era del trabajo. Su norma era desconectar por completo, así que no respondió. Al cabo de dos días habían pillado la indirecta y dejaron de insistir.

  No se olvidaron nada del equipaje. No tuvieron que hacer gastos adicionales. Incluso tocaba la revisión del coche, y les recomendaron un taller muy económico, donde les salió por menos de la mitad que en el habitual.

  Pero ya se había terminado, y tenían que regresar. La noche anterior habían aprovechado al máximo, y se acostaron alrededor de las 3 de la madrugada.

  —Disculpen, pero ya son las 12:30, y tenían que dejar la habitación antes de las 12:00 —vino a decirles el encargado de recepción, con las limpiadoras detrás esperando.

  ¡No lo podían creer! ¿Cómo era posible que no hubieran oído las alarmas de los móviles? Al comprobarlos entendieron por qué: todos estaban sin batería. Se habían olvidado de ponerlos a cargar al llegar a la habitación. Ahora tendrían que pagar una penalización por el retraso en dejar la habitación y, lo que es peor, se había pasado la hora del desayuno.

  Tomaron un café con leche en la cafetería, y como había pasado su hora, ya no les entraba en el “todo incluido”. 2,60€ por cada café con leche era un sablazo. Pagaron la factura del hotel, que se había disparado 300€ por encima de lo previsto, y salieron a la carretera, camino a casa.

  En esos momentos entendían a la perfección por qué preferían empezar el viaje temprano: las circunvalaciones de Madrid a las 5 de la tarde de un día que era laborable ya para muchos y operación retorno para otros, eran poco menos que un infierno. De hecho, por la temperatura del asfalto, se podía confundir perfectamente.

  El aire acondicionado dejó de enfriar, luego empezó a calentar, a continuación empezó a humear el capó, y tuvieron que salir del coche y tirarle encima el agua de las dos botellas que llevaban. Otro vehículo más atascando la carretera, y la grúa que tardó más de dos horas en llegar, cosa lógica, porque no tenía alas.

  El mecánico dijo que habían salvado el motor de milagro. El aceite que le habían puesto en la revisión estaba mezclado con aceites alimentarios usados. La broma salió por veinte veces lo que se habían ahorrado. Pero eso fue por la mañana: tuvieron que hacer noche en Madrid;  Marta faltó al trabajo el primer día.

  Alberto no tenía que incorporarse hasta la semana siguiente, y a pesar de eso volvían a llamarle. No estaba dispuesto a que le privaran de la semana que le quedaba, y con la excusa de que iba conduciendo, pasó de cogerlo.

  A mediodía, aún no habían llegado a Zaragoza. Tuvieron que parar a repostar, y como era la hora de más calor, aprovecharon para comer. El restaurante pasaría a formar parte de su lista negra particular, pero por fin quedaba solo el último tirón, y estarían en casa.

  Pasar junto a Montserrat era señal de que el viaje estaba a punto de terminar, aunque quedaba lo peor, la entrada a Barcelona, y el cansancio empezaba a apoderarse de él.

  Al entrar por la Ronda Litoral, de nuevo el atasco de la tarde. La temperatura era bastante más baja que en Madrid, pero la humedad hacía que el calor volviera el cuerpo pesado como el plomo, hasta que se le cerraron los ojos, dio una cabezada y un volantazo, justo donde los carriles de ambos sentidos están comunicados para posibles emergencias.

  Alberto vio algo negro y grande venir hacia él. El sueño se le pasó de golpe, del golpe. Salió aturdido del coche, con algunos magullones, pero sin heridas; Marta también salió ilesa. Habían chocado contra un coche negro y grande, muy grande. De los vehículos que le seguían salieron algunas personas para interesarse por los accidentados.

  —¿Alberto? —le dijo un hombre que le resultaba familiar. Poco a poco pudo verle bien y reconocerle: era Samuel, un compañero de trabajo.

  —Estoy bien, estoy bien… —dijo Alberto.

  —¡Joder, tío, has chocado contra el coche fúnebre que lleva a Javier al cementerio!

  —¿Qué?, ¿a Javier?

  —¿Es que no te has enterado? Hace dos semanas le dio un ictus, y ayer falleció. La Mari, de RRHH, te estuvo llamando para cubrir su puesto y no te pudo localizar, así que me han ascendido a mí.

Publicado la semana 35. 03/09/2018
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