Semana
34
Merche Blázquez

El lince, el programador y la taza de té

Género
Relato
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Esteban acababa de terminar su jornada; empezaban sus vacaciones. 

No tenía intención de irse lejos. Nunca había entendido a esas personas que viajan a lugares exóticos, por mucho que argumentaran los beneficios de conocer otras culturas. Para Esteban, la única forma posible de conocer otras culturas era chocando con ellas. No, él no elegía ese tipo de destino, prefería conocer a fondo las maravillas de su propio país.

Para este verano, había contratado una habitación en una casa rural a las puertas del Parque Nacional de Doñana. Con su trabajo de programador, necesitaba desconectar de la tecnología y reencontrarse con la naturaleza. Además, lo tenía a solo cuatro horas de viaje en coche. Era el destino perfecto.

Llegó poco antes de la hora de la comida. Deshizo el equipaje y salió a tomar algo en la cervecería con terraza que había a la vuelta de la esquina. Por el camino, sus zapatos se llenaron de polvo; era increíble que aún existieran lugares así con las calles sin asfaltar. 

Como no era muy amante de la cerveza, pidió un té. El camarero no pudo disimular su sorpresa. Estaban a unos 40 grados, y aunque había colocado las sombrillas, el aire era sofocante. Le daba no sé qué solo de pensar en traerle una bebida caliente a aquel turista de ciudad.

—Jefe —dijo el camarero con su acento andaluz de pura cepa—, ¿se lo traigo con hielo?, ¡que se me va usté a derretir, mi arma!

—¡Con hielo? Nunca me lo había planteado... ¡Vale, con hielo! Gracias, hombre.

Afortunadamente, Esteban se había aplicado crema de protección solar, de lo contrario se habría quemado antes de que llegara su té. En plan lagarto, se quedó media hora allí sentado después de terminarlo, y su cerebro empezó a acusarlo. 

Primero vio una familia acercarse a caballo, cada uno en su caballo. Estaba en El Rocío, pero esto era demasiado. Pensó que sería mejor volver a la sombra y mojarse la nuca con agua fría, si es que se podía llamar fría a la que salía del grifo, por más que la dejara uno correr. A continuación, se sentó en el comedor de la casa rural, y esperó a ser atendido. El menú era único: gazpacho andaluz y pescaíto frito; tradicional, sin duda. Y aunque no era una comida pesada, el calor del mediodía y el haber madrugado le empujaron a la siguiente tradición: la siesta.

Trató de resistirse. Salió al patio interior de la casa rural, donde había unas tumbonas a la sombra de los frondosos olivos, y pidió otro té con hielo. Echó hacia atrás el respaldo y cerró los ojos mientras esperaba que el hielo se deshiciera y enfriara la bebida, y el sopor le venció. Cuando despertó, el sol ya caía del otro lado de la pared. La dueña de la casa se acercó a él.

—Peazo siesta, ¿eh? Llega a pasar la procesión del Rocío y usté ni se entera de lo agustito que estaba.

—¡Qué va, no lo crea!, tengo el sueño muy ligero.

—¡Uy, sí! Ja, ja, ja, ja, ja.

La mujer tomó su teléfono móvil para mostrarle una fotografía que había hecho mientras él dormía. En la mesa, la taza de té, y sobre su regazo... ¡un lince!

En su Instagram, la imagen triunfó, con un pie de foto que parecía el título de las Crónicas de Narnia: El lince, el programador y la taza de té.

Publicado la semana 34. 27/08/2018
Etiquetas
Sevillanas , Crónicas de Narnia, Dickens, Moot, pralinka , Tomando un té, con hielo , taza de té, programador, lince, Doñana
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