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Merche Blázquez

El hombre que huía de su sombra

  Samuel era un hombre apreciado por su comunidad. Solía meditar y orar, buscando siempre la perfección. Por las mañanas, se levantaba temprano, saludaba al sol y hacía sus tareas con alegría y diligencia, y así, los días pasaban en armonía, y Samuel se sentía feliz.

  Un día, al anochecer, cuando observaba el astro a punto de esconderse, este le deslumbró. Samuel se dio la vuelta para evitar el daño en sus ojos, y al hacerlo vio algo oscuro en el suelo: una sombra.  Samuel no comprendía que, habiendo sido un día maravilloso, lleno de luz, de aire puro y de buenas relaciones con sus vecinos, su final le dejara tan amargo y oscuro presente.

  Se quedó quieto para observarla. La sombra permanecía inmóvil. Pensó que tal vez estaba dormida y podría despistarla. Se dio la vuelta y caminó de puntillas silenciosamente. Giró una esquina, luego otra, y allí la encontró de nuevo, delante de él, larga y amenazante. Corrió hasta su casa y cerró la puerta rápidamente tras él, pero cuando recobró el aliento y abrió los ojos de nuevo, allí seguía.

  Samuel estaba aterrado. Pensó que tal vez la sombra no podría seguirle hasta la cama, así que se acostó y se arropó bien. Pero no podía dejar de pensar en ella. ¿Estaría escondida en la oscuridad? Encendió un candil para poder ver y comprobarlo, y allí estaba, tras él, deforme y temblorosa. Se asustó tanto, que el candil se le cayó y quedó de pie en el suelo mientras él retrocedía, y cuando volvió a mirarla, era más pequeña. Decidió quedarse sentado en medio de la habitación vigilándola de cerca.

  Samuel se quedó dormido en el suelo y, cuando despertó por la mañana, la sombra no estaba donde la había dejado por la noche. Pensó que se había ido.

  Salió a saludar al sol. La ladera del monte sagrado brillaba como nunca. Samuel dio gracias a los dioses por librarle de la sombra, y se fue a comenzar sus tareas. Debía ir al oeste, a Rangut, a buscar semillas de lino y sal. No solía hacer ese viaje por la mañana, debido al calor, pero ese día hacía fresco y soplaba una brisa agradable, de modo que se puso en camino. Para su desgracia, la sombra se instaló frente a él, en el suelo.

  Samuel se armó de valor, cerró los ojos, y caminó para pasar por encima de ella. Cuando calculó que ya la había superado, los abrió, y allí estaba: se había movido a la par que él, burlesca.

  —¡Por favor, déjame! —le dijo, pero la sombra no se inmutó, y le acompañó el resto del camino, dejando a Samuel apesadumbrado.

  Pensó que estaba haciendo algo mal. Meditó y meditó, y no encontró la respuesta. Cada noche, encendía el candil para observarla, y la sombra le seguía, pegado a él. Se dio cuenta de que la luz le molestaba, porque cuanto más cerca de ella estaba, más grande era la sombra. Durante el día, en cambio, parecía lo contrario, pues en las horas centrales del día, cuando había más luz, era cuando parecía ser más pequeña. Ante tanta paradoja, Samuel decidió ir a visitar al sabio de la montaña.

  El duro ascenso transcurrió acompañado por su pesadilla. De igual manera que serpenteaba el camino, así cambiaba ella de lugar. Al menos, eso sí, no hacía otra cosa que eso: acompañarle. Y según avanzaba, se iba haciendo más pequeña, aplastada por el poder del sabio que habitaba en la cima. Así, llegando a lo más alto a mediodía, se volvió más pequeña que nunca.

  Samuel mostró sus respetos al sabio, que estaba sentado en posición de loto sobre una losa que coronaba la cima.

  —Saludos, oh, sabio de la montaña. Mi nombre es Samuel, y necesito tu ayuda.

  —Bienvenido a mi humilde morada, Samuel. ¿Qué puedo hacer por ti?

  —Desde hace días, una sombra me acompaña siempre. No sé qué he hecho para que se pegara a mí, y no sé cómo librarme de ella.

  —La sombra ha estado contigo siempre, simplemente no te habías percatado hasta ahora.

  Samuel se quedó pensativo un momento. ¿Era posible que el sabio tuviera razón? Volvió a mirarla, y estaba allí, bajo sus pies. Apenas era una mancha redondeada, no como otras veces, que había sido larga. Conocía bien las sombras de las casas y los árboles, pero nunca se había fijado en las personas. Observó al sabio, sentado en su piedra; él no tenía sombra.

  —Sabio de la montaña, he visto que los objetos tienen sombra, pues son impuros. Veo que tú no tienes sombra, y yo sí; yo creía ser puro, ¿en qué estoy fallando?

  —Yo también tengo sombra, estoy sentado sobre ella.

  El sabio se levantó, y Samuel pudo ver una sombra a sus pies, muy parecida a la suya. Tuvo la tentación de preguntar: «¿Tú también eres impuro?», pero se avergonzó tanto que se puso rojo y, aunque no llegó a pronunciar esas palabras, el sabio las vio en su mente.

  —La sombra, nada tiene que ver con la pureza. Es solo falta de luz, porque tu presencia, igual que la mía, impide que toda la luz llegue al suelo.

  Samuel meditó la respuesta del sabio, pero no la entendía.

  —Ven, te lo mostraré.

  El sabio llevó a Samuel al interior de una cueva. Conforme se adentraban, estaba cada vez más oscuro, hasta que a los dos les parecía que era noche cerrada y tenían los ojos cerrados.

  —Fíjate —sonó la voz en medio de la oscuridad—: aquí no hay sombras.

  —¿Cómo puedes saberlo?, no se puede ver nada.

  —Precisamente por eso. Si no hay luz, todo el suelo es igual. Solo aparecen diferencias cuando está iluminado. Ven conmigo a la entrada de la cueva y verás.

  Al acercarse a la entrada, en cuanto hubo algo de luz, aparecieron de nuevo sus sombras. Al principio eran alargadas pero borrosas y tenues, y conforme avanzaban hacia el exterior se iban acentuando, hasta que volvían a ser las manchas oscuras bajo sus pies.

  —La existencia de la luz es la responsable de la existencia de las sombras. Igual que el Yin no existe sin el Yang, la luz no existe sin la sombra, y viceversa.

  Samuel quedó decepcionado. Miró otra vez su sombra, que volvía a crecer, como si ya no le diera miedo el poder del sabio.

  —Entonces, ¿no puedo librarme de ella?

  —Solo cuando no haya luz.

  —¿Y todas las cosas y seres tienen sombra?

  —Así es. Lo único que no tiene sombra es la propia luz.

  Samuel se despidió del sabio y tomó el camino de regreso a su casa. Tal como aquel hombre le había dicho, la sombra le acompañaba en todo momento en que hubiera luz, y recordando la explicación que le había dado, trató de averiguar por qué todas las cosas tenían sombra salvo la propia luz. Pensó en la esencia de las cosas. Un soplo de brisa le refrescó, y pensó en el viento. ¡El viento no tenía sombra! Volvió arriba y preguntó de nuevo al sabio:

  —Oh, sabio de la montaña, he visto que el viento no tiene sombra. ¿Cómo es posible, si no es luz?

  —El viento es invisible. Las cosas visibles roban luz para poder serlo, y la luz robada crea la sombra. Las cosas invisibles no roban luz.

  —Entiendo, sabio maestro.

  Entonces, habiéndolo entendido ya, Samuel bajó la montaña, sin molestarse por que la sombra le persiguiera, ya que eso era garantía de que él era visible.

  Una vez en su casa, se dispuso a preparar la cena. Encendió el fuego del hogar y comprobó que su luz le hacía a él visible, y dejaba tras él su sombra. Colgó el caldero sobre el fuego, y vio en el techo la sombra del recipiente. Su perro se tumbó al calor de las llamas, y en la pared se dibujó su silueta. Y entonces, se preguntó: «y los troncos que arden para dar luz, ¿tienen sombra?»

  Como había aprendido que la sombra surgía siempre en el lado opuesto a la luz, trató de mirar en el fondo de la chimenea, pero era imposible, pues era tanta la luz que emanaba, y el calor, que no alcanzaba a ver la base.

  Con esta duda, Samuel se fue a dormir, sin preocuparse esta vez de dónde estaba su sombra, poniendo el pensamiento en el día siguiente, cuando volvería a la montaña sagrada para preguntar de nuevo al sabio.

  Por la mañana, el fuego se había apagado. Los troncos no estaban, ¿se habían vuelto invisibles? Miró en la chimenea y vio el polvo oscuro, ceniza, de lo que antes había sido madera.

  Samuel no subió la montaña ese día, porque ya había entendido todo: todas las cosas poseen en su interior luz y oscuridad, y si hacemos salir su luz oculta, también sale su oscuridad oculta.

 

Publicado la semana 29. 22/07/2018
Etiquetas
Moonlight shadow , Hermann Hesse, Darth Vader , luz, sombra
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