Semana
27
Merche Blázquez

El gran virus

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Relato
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  Salva abrió el correo electrónico y vio un mensaje que llamó su atención. No solía perder el tiempo con ese tipo de e-mails, pero a pesar de eso, solo el hecho de abrirlos y cerrarlos para que quedaran marcados como leídos, ya le llevaba más de media hora al día. Este, lo leyó hasta el final. Después, apagó el pc, se calzó las chirucas, metió en una mochila una cantimplora, pan, embutidos y fruta, y salió a limpiar sus pulmones haciendo senderismo.

  Aroa llevaba más de dos horas navegando por Facebook. Hizo limpieza de amigos —eliminó siete— y descubrió otros nuevos —añadió quince—, y los saludó a todos por mensaje privado. Publicó lo que había cenado, desayunado, almorzado y merendado; compartió los veinte vídeos tendencia del día, varios enlaces de YouTube, tres o cuatro chistes, y más de diez imágenes con frases motivadoras. Tras la última, dio un suspiro, apagó el pc, encendió la radio, buscó una emisora musical, cogió un libro que había comprado dos años atrás y aún no había abierto, y se puso a leer.

  Javier, en el trabajo, ya no sabía dónde tenía cada una de las ventanas que había abierto en su Windows 7 profesional. Saturado, abrió internet para ver lo que le ofrecían Live, Google y compañía. Un pop-up invadió el monitor. Él sabía perfectamente que no debía clicar en nada que apareciera así, y no lo hizo. Se quedó mirándolo por unos segundos. Luego cerró el navegador, terminó las tareas administrativas que tenía a medias con tanta diligencia como si se tratara de un juego relajante, y se fue a cenar y tomar unas copas con varios compañeros de trabajo que se sentían como él.

  Rebeca tenía la casa manga por hombro, como de costumbre. Pasaba más tiempo viendo vídeos de trucos para el hogar que poniéndolos en práctica. Entonces encontró uno que llevaba ya más de diez millones de visualizaciones, debía de ser algo muy especial, sin duda. No podía perdérselo..., y no se lo perdió. A continuación apagó el portátil y siguió con las tareas domésticas. Encontró un aparato con antena y lucecitas, lleno de polvo, que no sabía qué era. Estaba enchufado a la electricidad y a una roseta de teléfono. Le pareció una broma pesada. Lo desenchufó, le quitó el polvo, y lo guardó en el desván. Cuando tuvo todo bien limpio, salió con los niños al parque, donde los pequeños jugaron y ella conversó con otras mamás, sentada en un banco a la sombra.

  Ángel había perdido ya mil euros en el bingo online. Si seguía apostando, su mujer se la iba a liar, esta vez con toda la razón. Cerró la pestaña de la web del bingo, y otra se abrió sola. Al principio pensó que se le había colado un virus, pero acababa de renovar la suscripción del mejor del mercado. Era altamente improbable que fuera un virus. Intentó recordar lo que estaba haciendo cuando saltó la ventana emergente, pero no pudo. Intentó recordar qué estaba haciendo antes, y tampoco lo consiguió. Apagó aquel aparato endemoniado y salió de la habitación. Marta, su mujer, estaba en el sofá, zampando un helado de un kilo y viendo una telenovela. No pudo resistirlo: se acercó a ella, acarició su cabello, sus ojos se encontraron y sus labios se buscaron. Sobre la polipiel del sofá chorreaba helado deshecho, y, sobre los chorretes cremosos, ellos se amaron como no lo habían hecho desde que eran novios.

  Sara acababa de comprar por internet tanta ropa como para llenar su armario dos veces después de vaciarlo primero. Iba a necesitar más armario. Buscó una web donde comprarlo, y algo empezó a fallar. No salían resultados de webs de muebles, salía todo el tiempo lo mismo. Al final se detuvo a mirarlo. Después lo apagó todo. Abrió el armario, que estaba lleno de ropa «chic» que aún no había estrenado, y encontró, al fondo, una camiseta a la que tenía mucho aprecio siendo adolescente. Se la probó; le sentaba genial. Completó el conjunto con unos vaqueros sencillos y unas sandalias cómodas, metió cuatro trapos en una pequeña maleta, y cogió el coche para ir a ver a sus padres, después de cinco años.

  El magnate de la red tomaba el sol en la piscina privada de su mansión de dos mil metros cuadrados habitables más tres hectáreas de jardines. Su secretario personal se presentó ante él, tan pálido que le dieron ganas de invitarle a ocupar una tumbona a su lado.

  —¿Qué ocurre?, ¡estás más blanco que la leche!

  —Lo ha hecho... ¡El cabrón lo ha hecho: ha propagado el virus!

  —¿En serio? Pues pon a trabajar a los hackers, ¿a qué esperas?

  —Señor... este no es como los otros, es...

  —Es ¿qué?, ¡vamos, habla!

  —No sé cómo lo ha hecho, pero ahora mismo solo hay doscientos usuarios conectados a la red. Han ido desconectándose a razón de diez mil por minuto.

  El magnate se puso rojo, y no era por tomar el sol. Se levantó y fue al interior de la casa, encendió el ordenador y se dispuso a averiguar qué estaba pasando. Y lo vio. Lo apagó todo y se quedó pasmado mirando el monitor oscuro. Delante, tenía una hoja impresa con los últimos movimientos de su cuenta y el saldo, de nueve cifras. Alzó la vista y miró a su alrededor. Cerró los ojos y puso atención en sus oídos. Todo era silencio, solo se oía el canto de algunos pájaros a lo lejos. Deambuló por la enorme casa, buscando aún no sabía qué, sin encontrar nada ni a nadie. Era bastante absurdo tener veinte habitaciones, con baño incluido cada una, para tenerlas todas vacías. Se puso en marcha. Invirtió una buena parte de su fortuna y convirtió la casa en un pequeño hotel, y llenó los jardines de toboganes, tirolinas y otros juegos infantiles.

  Su secretario fue el último en unirse. Nunca pudo recordar cuál era su función antes, pero desde entonces se dedicó con pasión a cuidar el enorme jardín lúdico.

Publicado la semana 27. 07/07/2018
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