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Merche Blázquez

TOC infantil

  Cuando era pequeña, tardaba horas en ponerme los calcetines. No es que no supiera, es que no los entendía.

  Mi madre me preparaba toda la ropa, bien colocada sobre la cama, y los zapatos en el suelo. Yo revisaba que todo estuviera perfecto.

  Empezaba por las braguitas. Me fijaba en la forma que dibujaban los orificios por donde debía meter mis piernas, me deleitaba comprobar que la parte que iba para atrás era el trozo de tela más grande, bien consciente de que mis nalgas eran más grandes que mi tripa. Las cogía en la posición correcta, encogía mis piernas, metía los dos pies a la vez, y me las subía hasta estar perfectamente simétricas a derecha e izquierda.

  A continuación, la camiseta. La parte más baja del cuello debía ir delante. Cuando dejaban a otra persona al cargo de vestirme, y se equivocaba, casi me moría si notaba el borde de la camiseta más arriba de lo debido, no tanto porque me presionara en la garganta, sino por la ansiedad que me producía.

  Los pantalones, esa prueba de fuego. Eran heredados de mi hermana mayor, y empezaba a aprovecharlos antes de que la talla fuera la apropiada para mí, por lo que había que doblarlos hacia arriba para que no me arrastraran. Tenían que estar doblados exactamente a la misma altura, con precisión milimétrica. Recuerdo tremendos berrinches y pataletas porque el derecho estaba un poquito más bajo que el izquierdo. El trauma me lo llevé cuando supe que no era el pantalón el que estaba mal doblado, sino que mi pierna izquierda era más larga que la derecha.

  Por último, los calcetines y los zapatos. Primero me aseguraba, tal como me había enseñado mi madre, de que los zapatos estuvieran en la posición correcta. A veces me armaba de valor para colocarlos al revés y observar la forma que dibujaban, pero solo lo soportaba durante algunos segundos, con esa diabólica concavidad en medio. Después volvía a ponerlos bien, miraba el pico que formaban en el centro, y ponía detrás mis pies, juntos, comprobando que formaban el mismo pico.

  Y entonces venía el gran dilema...

  Los calcetines debían colocarse antes que los zapatos, en los pies. Yo deshacía la bola en que mi madre los convertía para que ninguno perdiera a su pareja, y tomaba uno con cada mano, por el elástico. Me daba un ataque de ansiedad si, al sostenerlos así, uno quedaba con la punta hacia mí y el otro hacia delante. Le daba la vuelta al rebelde hasta tener los dos mirando hacia delante, igual que mis pies. Pero ¿cuál era el derecho y cuál el izquierdo? Los miraba un rato así, comparándolos con mis pies, y no me convencía. Los intercambiaba de mano y volvía a mirarlos, y tampoco me convencía. De ninguna de las maneras dibujaban la misma forma que mis pies. ¿Cómo iba a ponerme eso?

  Al cabo de un rato, mi madre venía a comprobar mis avances.

  —¡¿Todavía estás así?! ¡Anda, trae! —decía ella, quitándomelos de las manos, porque ya íbamos tarde a donde fuera.

  Entonces, yo me quedaba sin respiración. ¡Mi madre me los había puesto sin comprobar la posición!, y yo notaba que en los lados exteriores, junto a mis dedos meñiques de los pies, sobraba tela, que quedaba vacía, mientras que mis dedos gordos luchaban por agrandar el lugar en que los habían encerrado. Un rubor me invadía, las lágrimas acudían a mis ojos, y me ponía a frotar un pie con otro, tratando de quitarme los calcetines.

  —¡Así no, al revés! —exigía llorando.

  —¡Ya están bien así, son iguales! —se exasperaba mi madre.

  Yo entraba en pánico y lloraba como si me estuvieran matando, y mi madre no tenía más remedio que ceder, quitarme los calcetines, y volver a ponérmelos cambiando de pie. Yo dejaba de llorar por un momento, los miraba, y comprobaba de nuevo la misma tela sobrante que antes. Y entonces ya no pataleaba: lloraba amargamente.

  Creo que mi madre llegó a dudar de que los calcetines fueran iguales, porque en más de una ocasión los cambiaba y cambiaba hasta que yo, no muy convencida, le decía que ahora estaban bien, pero lo normal era que terminara saliendo a la calle sin calcetines.

*  *  *

  —Mamá...

  —Qué.

  —Tengo una piedra en el zapato.

  Y mi madre empezaba a sudar como el criado de la princesa que notaba un guisante debajo de nueve colchones.

Publicado la semana 21. 22/05/2018
Etiquetas
TOC, calcetines, zapatos
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No ficción
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