Semana
14
Merche Blázquez

La chica del zapato de cristal

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Relato
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  Era la madrugada del primero de noviembre. La inspectora de homicidios llegó al escenario del crimen poco después que la forense.

  —¿Qué tenemos?

  —Mujer, entre 25 y 30 años, sin documentación. Las heridas se corresponden con un accidente de tráfico, pero no hay vehículo en las inmediaciones ni señales de haberlo retirado con grúa o similar.

  La inspectora levantaba las cejas en una expresión medio de sorpresa, medio de incredulidad.

  —¿Qué es eso? —preguntó señalando unas heridas no sangrantes en el rostro de la víctima.

  —Mordeduras de rata, cuando llegamos estaban dándose un banquete con el cuerpo.

  A la inspectora, un escalofrío le recorrió la espalda, pero puso cara de póker para no perder su porte profesional. Dio unos pasos atrás para ver la escena con algo más de perspectiva. La chica llevaba un solo zapato, transparente, como de cristal, que no combinaba en absoluto con su atuendo. A un par de metros había una calabaza destrozada; pensó en la poca destreza que tenían algunos para las manualidades, con lo fácil que era tallar unos ojos y nariz triangulares y una boca en forma de sierra.

  —¿Hora de la muerte?

  —Por la temperatura del hígado, alrededor de la medianoche.

  —¡Vaya con la Cenicienta! Eso pasa por salir a toda prisa del baile —bromeó, aunque no había sido la primera en hacerlo. La forense sonrió con complicidad.

  —Desde luego, va vestida como yo cuando me pongo a hacer limpieza a fondo en casa... Salvo por los zapatos, claro.

  —«El» zapato —le rectificó la inspectora—. En fin, si encontráis un perro o un caballo me avisáis—insistió irónicamente en las coincidencias.

  —¿Ha dicho un perro, inspectora? —apuntó un agente que colaboraba en el cerco policial— Acaban de irse los de la protectora con un perro herido.

  —¡No jodas! —Lo que hasta entonces era una broma se convirtió en una macabra realidad.—Parece que estamos ante un asesino fetichista. Llamad ahora mismo a la protectora, que no hagan nada con el perro hasta que llegue uno de nuestros forenses.

  —Sí, señora, ahora mismo.

* * *

  Mientras la forense analizaba cuidadosamente el cuerpo, los detectives investigaban el resto de pistas. El zapato era, por supuesto, el objeto estrella, y pronto se supo su origen: no era de cristal, sino de metacrilato, más barato y mucho más resistente, y se vendía únicamente en conjunto con un vestido que formaba el pack de disfraz de Cenicienta. No es que fuera nada nuevo, pero el dato ayudaba a dar forma al puzle. Con una fotografía del traje completo facilitada por el fabricante y un poco de photoshop, obtuvieron una imagen del posible aspecto de la chica en sus últimas horas.

  El detective no estaba de acuerdo.

  —¿En serio queréis que vaya por ahí preguntando si reconocen a esta mujer? —preguntó indignado.

  —¿Prefieres llevar el zapato para probárselo a todas las jóvenes casaderas? —se mofó la inspectora—. No vas correctamente vestido para eso, necesitarías el traje de Príncipe Azul. —El detective hizo un gesto de desdén.— Primero averigua qué fiestas de disfraces se celebraron esa noche en la zona.

  —¿Tú crees? Con suerte serán tres o cuatro por edificio.

  —Hablamos de fiestas públicas o multitudinarias, no de reuniones familiares.

  —¿Por qué descartas las fiestas familiares?

  —Porque Cenicienta no fue a casa de unos primos, fue a un baile «real» en Palacio.

  Y con desgana, el detective cogió la fotografía y la lista de eventos celebrados por la zona.

* * *

  Empezó la ronda por el barrio llamando a la puerta de los lugares donde se habían celebrado fiestas de disfraces, mostrando la fotografía y preguntando «¿Conoce a esta chica?»; pero después de escuchar cinco veces «Claro, es Cenicienta», tuvo que cambiar de estrategia. Funcionó mejor así:

  —Tenemos entendido que anoche se celebró aquí una fiesta de disfraces, ¿es así?

  —Sí.

  —¿Asistió alguna joven con disfraz de Cenicienta?

  Si la respuesta era «no», se ahorraba el bochorno de enseñar la fotografía; si era «sí», mostraba la foto y preguntaba:

  —¿Se parecía a esta?

  Mientras tanto, en la morgue, la forense elaboraba su informe. La última comida de la víctima constaba de canapés, bebidas alcohólicas diversas y picoteo de todo tipo. Respecto a las heridas, cristales rotos incrustados en torso y cara, y politraumatismos, uno de los cuales le rompió dos costillas que se le clavaron en el corazón. El análisis de los cristales indicó que se trataba de la luna delantera de una limusina Cadillac. Tal como esperaban, todo indicaba que había estado en una fiesta y había sufrido un accidente. La siguiente pista a seguir sería la limusina en cuestión.

  Por su parte, el detective que hacía el trabajo de campo, o de calle, según se mire, obtuvo por fin resultados cuando un ricachón de las afueras, al ver la fotografía, respondió al instante:

  —Sí, es ella, Laura.

  —Laura, ¿qué más?

  —Ni idea, me la presentaron anoche.

  —¿Podría facilitarnos una lista de los invitados?

  —¿Una lista? No tengo una lista propiamente dicha. Difundí el evento en un grupo de WhatsApp y muchos trajeron a gente que ni estaba en el grupo. Debía de haber alrededor de trescientas personas.

  —En ese caso, ¿puede darnos la lista de miembros del grupo?

  El apuesto solterón de oro sacó de su bolsillo el teléfono móvil y buscó el grupo en cuestión.

  —Aquí tiene. Desconozco el nombre de muchos de ellos, pero, desde luego, están todos los teléfonos.

  —Muchas gracias. ¿Me permite llevarme el móvil?, se lo devolveremos intacto.

  —¡Claro, agente! —El detective se dio la vuelta para marcharse y el joven le reclamó de nuevo.— ¡Disculpe!, no me ha dicho a qué viene todo esto.

  —¿No? Perdone. Laura ha aparecido muerta esta noche.

  —¿Muerta? —dijo con voz cortada poniéndose pálido—. ¿Qué le ha pasado?

  —Todavía no está claro, podría tratarse de un accidente o de un asesinato.

  —¡Dios mío! Estuve tonteando con ella, y ahora está muerta.

  —¿Tonteando? ¿A qué se refiere?

  —Yo... —explicó con aflicción—. Sé que parecerá presuntuoso, pero me gusta disfrazarme de Príncipe Azul y cortejar a las chicas. Es mi forma de tomar las riendas, generalmente son ellas las que van tras de mí como buitres intentando atrapar a un buen partido. No sé si sabe que estoy en la lista de los cincuenta solteros de Oro del país.

  —¿Ella venía... tras usted?

  —No lo sé. No le di tiempo a intentarlo. Cuando entró me causó tal impresión que fui directo hacia ella.

  —Entonces, ¿estuvo usted con ella durante toda la fiesta?

  —No —dijo suspirando—, solo hasta las 23:50. Me acuerdo porque dijo que tenía que ir al baño, y yo bromeé diciéndole que si iba a escapar para estar en casa a medianoche. Contestó «quién sabe» y me guiñó el ojo, pero entonces, un tío disfrazado de chófer me cogió por la solapa y me dijo que no me atreviera a tocarla. Parecía un perro celoso, hasta tenía cara de perro. Supuse que era su pareja, y no quise meterme en líos, así que me busqué otro objetivo y ya no la vi más.

  —¿Cara de perro?

  —Sí, como esos que se hacen fotos con sus perros y se parecen mascota y amo.

  —¿A qué perro se parecía?

  —A un mastín italiano con bastante mala uva.

  —Entiendo... Y ese mastín italiano, ¿está en el grupo de WhatsApp?

  —No tengo ni idea.

  —¿Sabe qué?, creo que será mucho más rápido pasar la foto por el grupo y preguntar quién la conoce. Pregunte como si estuviera usted interesado en localizarla.

* * *

  El segundo forense llamó a la inspectora desde la consulta veterinaria de la protectora de animales.

  —Hola, José Luis, ¿qué tienes?

  —El perro estaba muy mal, ha muerto.

  —Es una pena, pero tampoco nos iba a servir mucho vivo como testigo. ¿Lo has examinado?

  —Sí... —respondió con aire misterioso.

  —¿Y...?

  —Bueno... Presenta heridas en el rostro por cristales incrustados, dislocación de escápula izquierda, abrasión lineal en el torso, en diagonal de izquierda a derecha y hematomas graves en el hígado. Si fuera un humano te diría que sufrió un accidente mientras conducía un vehículo con el cinturón de seguridad puesto.

  —A ver si adivino: los cristales corresponden a la luna delantera de una limusina Cadillac.

  —Eeeexacto. Y no te lo pierdas: el análisis toxicológico indica un gramo por litro de alcohol en sangre.

  —Ya veo, el perro era el chófer —soltó con sarcasmo la inspectora.

  —Tú te ríes, pero las pruebas dicen exactamente eso.

  —¡Venga ya, José Luis, estamos todos bajo el hechizo Disney con este caso! Simplemente, las pruebas encajan con el cuento, igual que encajan con muchas otras hipótesis. No podemos afirmar nada hasta tener todas las piezas del rompecabezas.

* * *

  A continuación, el teléfono sonó de nuevo. En esta ocasión era el detective.

  —Hola, jefa. Ya tengo el nombre y la dirección de la víctima: Laura Sirviente. Te envío la dirección y nos vemos allí, ¿te parece?

  —¡Voy!

  Antes de tocar al timbre, el detective puso en antecedentes a la inspectora.

  —La chica estuvo en la fiesta de los Garcilaso, vestida de Cenicienta y al parecer acompañada de un hombre disfrazado de chófer que se parecía a un mastín italiano. —La inspectora dejó salir una risa burlona.— El anfitrión, disfrazado de Príncipe Azul, estuvo tonteando con ella hasta diez minutos antes de la medianoche, momento en que la perdió de vista porque supuestamente se fue al baño. El perro-chófer le amenazó, y el príncipe se buscó otra princesa.

  —Carlos, en serio, ¿no te parece que estamos adornando esto demasiado?

  —Yo no adorno nada, jefa, te lo cuento tal cual lo ha explicado míster Garcilaso.

  —Sí, bueno, un personajillo de revista del corazón explicando un cuento de hadas. ¡Muy riguroso todo!

  —La cuestión es que Laura Sirviente supo de la fiesta por sus hermanas. Es con ellas con quienes vamos a hablar.

  —«Sirviente»... No había más apellidos, ¿no?

* * *

  —Buenos días. Soy la inspectora Silvia Espejo. Este es el detective Carlos Marín.

  —Hola. Yo soy Elena Conde. Ella es mi hermana Marina.

  —¿Conde? Creía que eran ustedes hermanas de Laura.

  —Es nuestra hermanastra. Nuestra madre enviudó y se casó después con el padre de Laura.

  El detective se puso colorado apretando la boca para que no se le escapara una carcajada, y la inspectora sacudió la cabeza, incrédula.

  —¿Fueron ustedes a la fiesta de la mansión Garcilaso anoche?

  —Sí.

  —¿Se disfrazaron de hermanastras de Cenicienta? —dijo el detective, que no pudo aguantar la tentación.

  —¡Carlos, por Dios! —le recriminó la inspectora, mientras las muchachas se divertían.

  —No. Yo iba de Cat-Woman, y ella de Spider-Girl.

  —¡Caray! No pegan mucho con Cenicienta.

  —¿Qué tiene que ver aquí Cenicienta?

  —Era el disfraz que llevaba Laura.

  —Ah...

  La inspectora hizo un gesto interrogativo. No comprendía que las jóvenes no supieran de qué se había disfrazado su hermanastra.

  —¿Ella no fue con ustedes?

  —No. La fiesta empezaba a las ocho, y ella tenía que trabajar hasta las nueve. Nosotras fuimos con nuestros novios y ella fue por su lado más tarde. Aún no ha vuelto.

  —Ya... —La inspectora hizo una pausa, estudiando la reacción de las hermanastras.— Y eso, ¿no les parece un poco extraño?

  —... No... —respondieron con total naturalidad—. Siempre lo hace. Sale de trabajar el viernes por la noche, se va de fiesta y no vuelve hasta el domingo por la tarde.

  Un silencio por parte de los policías les hizo sentir un escalofrío.

  —¿Le ha pasado algo a Laura?

  —Ha muerto. —Se pensó un instante qué otra información añadir. Las hermanastras habían quedado lo bastante afectadas como para descartar cualquier implicación en los hechos.— Todo apunta a que fue un accidente, pero queremos reconstruir lo sucedido para asegurarnos. Hemos hablado con el señor Garcilaso, y nos ha contado todo hasta las 23:45. ¿Saben ustedes si después estuvo con alguien más?

  Las muchachas negaron con la cabeza, así que los policías regresaron a la base. Allí les esperaba el señor Garcilaso con uno de sus empleados.

  —¿Cómo usted por aquí? —preguntó el detective Marín.

  —Le traigo información sobre Laura. Al comentar el tema con uno de mis guardaespaldas me dijo que la había visto marcharse de mi casa.

  —Interesante... —murmuró mientras abría su block de notas—. Cuénteme.

  —Debían faltar unos diez minutos para medianoche —dijo el guardaespaldas— cuando vi salir corriendo a un hombre, que tiraba de una mujer cogiéndola de la mano. Él vestía como un chófer, y ella iba de Cenicienta. Recuerdo que ella dio un traspiés, como si se hubiera torcido un tobillo, y gritó algo de un zapato. Luego siguió corriendo medio cojeando hasta que los dos se metieron en una limusina Cadillac, plateada, y se fueron derrapando.

  —¿Por casualidad tomó nota de la matrícula?

  —No, no suelo fijarme en esas cosas, lo siento.

  —Está bien, no importa. ¿Quién conducía la limusina?

  —El hombre que vestía de chófer.

  —¿Podría describirlo?

  —Sí. Era un hombre de raza negra, corpulento, de unos cincuenta años o más, calvo o rapado, no sé, con los mofletes caídos y ojos lánguidos pero feroces. Imponía bastante.

  —Será mejor que dé las explicaciones a nuestro dibujante.

* * *

  El guardaespaldas estuvo con el dibujante durante un par de horas, lo que necesitaron para que el testigo viera un parecido razonable entre el retrato y el modelo que pervivía en su memoria. El boceto fue a ocupar un lugar de honor en la pizarra de la investigación.

  —¿Cuántas empresas de alquiler de limusinas habrá en la ciudad? —dijo la inspectora.

  —Mejor cuenta con toda el área metropolitana. Me pongo a ello ahora mismo —respondió el detective.

  Silvia Espejo repasaba una y otra vez la información que tenían. La influencia fantástica se apegaba con rebeldía al sentido de la lógica y le impedía formar una hipótesis realista del caso. Cada dato hacía recordar al cuento: el disfraz, el zapato perdido, la hora de la huida de la fiesta, el Príncipe Azul, las hermanastras, el apellido... Sabían que había salido a toda prisa de la fiesta, pero nadie sabía por qué. Tenía la esperanza de encontrar la limusina y el chófer que pudiera aclararlo todo.

  Carlos Marín llegó cansado y con la ropa algo desaliñada. Colgó el abrigo, soltó el portafolios en su mesa con aire decepcionado, y se preparó un café.

  —¿Alguna novedad? —le preguntó su jefa.

  —Nada. Nada de nada. Ninguna empresa tiene ningún empleado que se le parezca siquiera. Ninguna empresa ha echado en falta ninguno de sus vehículos ni han recibido ninguno con desperfectos. He ampliado la búsqueda a los vehículos particulares; todos están en perfecto estado. He peinado los talleres de toda la comarca; no ha habido ninguna reparación de limusina. Los depósitos municipales de vehículos tampoco tienen limusinas ni ningún otro modelo de coche accidentado de esta noche. Es como si se hubieran esfumado.

  —Sí, claro..., convertidos en calabaza y en perro, ¿no?

  —Yo no he dicho nada esta vez, has sido tú, que conste.

  El segundo forense, que tras su visita a la protectora había regresado a sus labores habituales, pasó por el lugar de camino a la salida y vio en el panel el retrato robot del chófer.

  —Ese tío tiene la misma cara que el perro que he analizado hoy.

  La mirada de Silvia estuvo a punto de fulminarlo. Carlos, en cambio, sintió curiosidad.

  —¿Tienes alguna fotografía?

  —Por supuesto.

  Ambos cotejaron el material y coincidieron en que hombre y perro tenían un parecido asombroso. Silvia se apartó de ellos para dejarlos fantasear mientras ella buscaba una respuesta racional.

  La primera forense entró en ese momento y miró a Silvia como si acabara de ver un desfile de fantasmas. La inspectora la interrogó con la mirada, y ella dijo:

  —Quiero que veáis algo.

  —¿El qué?

  —Es mejor que lo veas tú misma.

  Los hombres se unieron a ellas, y los cuatro se reunieron en el laboratorio. La forense echó el pestillo.

  —Bueno, ¿qué pasa?

  —He pasado los restos de la calabaza por rayos X.

  Sacó de un archivador unas placas y las colocó en la pantalla de luz preparada para su visualización. Los demás se acercaron a mirar, casi pegando la nariz, totalmente perplejos. En el interior del vegetal se distinguían perfectamente unas bujías y una llave de coche con su correspondiente llavero.

  —¿Dónde está la calabaza? ¿Cómo es que no hemos visto nada de esto al recogerla?

  —Porque está en el interior —respondió la forense mostrando los pedazos.

  —Ábrela, por favor.

  Tomó un cuchillo y partió la calabaza. La afilada hoja tropezó con una de las bujías. Con otro corte encontró las llaves y la otra bujía. Silvia enrojeció y los hombres palidecieron.

  —Bien, esto es lo que va a pasar —dijo la inspectora—: te desharás de esas pruebas como sea, placas, llaves, bujías y calabaza, todo; no me importa cómo lo hagas, pero asegúrate de que nadie lo encuentre nunca. Vamos a enviar a uno de nuestros informadores a un desguace para comprar un vehículo ya prensado y todos juraremos que los cristales encontrados coinciden con los de ese coche. Oficialmente, esto es un asesinato con fuga y se archiva sin resolver, y jamás saldrá de aquí ni una palabra que lo contradiga. La reputación del departamento está en juego.

Publicado la semana 14. 08/04/2018
Etiquetas
CSI , Cuentos, Castle , Zapato, Cristal, Cenicienta
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