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Merche Blázquez

Cuento de Navidad I: El fantasma de las navidades pasadas

La casa de la abuela era un hervidero. Donde en teoría había espacio para cinco personas, esos días éramos quince, pertenecientes a tres generaciones.

Recuerdo la mesa extendida, donde cabían diez platos con sus correspondientes cubiertos, vasos y copas, casi tocándose unos a otros. La vajilla era aquella que adornaba la vitrina el resto del año, y que la abuela había sacado dos días antes para lavar a conciencia; el mantel, bordado por la abuela de la abuela, con sus servilletas a juego, que tenían alguna mancha amarillenta convenientemente oculta colocándola de algún modo estratégico; y como solo había seis sillas, la mesa se pegaba al sofá.

Apenas quedaba espacio para la mesa de centro, alrededor de la cual se ponía el taburete que la abuela usaba para alcanzar los armarios altos, la butaca con almacenamiento que solía tener en su habitación para guardar los pijamas, la caja del lote de Navidad que la empresa daba a mi padre, y otras dos que de momento estaban llenas de botellas de vino. Ahí se sentaban los más pequeños, con hule en lugar de mantel, platos de porcelana metalizada, y vasos de diferentes modelos, supervivientes de distintos juegos de uso diario.

De picar, había olivas, mejillones en escabeche, y embutidos y quesos del pueblo, con pan a discreción. En la mesa de los niños, en lugar de mejillones, unas patatas fritas, y las olivas, sin hueso, que nadie estaba dispuesto a que se repitiera la desgracia que se llevó al más pequeño de los hermanos de la abuela, ahogado al tragarse un pipo de oliva.

Si la santa de la abuela llegaba a probar los aperitivos, era un milagro. El tío Roberto le apartaba un poco de cada cosa en un pequeño bol y se lo llevaba a la cocina, porque mientras estuviera la cena al fuego, ella solo salía de allí para comprobar que no faltaba nada en las mesas. El menú era la sopa de siempre en la sopera de la vajilla, y el pollo en salsa de siempre en la fuente de la vajilla; lo que sabía a ciencia cierta que nos gustaba a todos. Cuando lo sacaba a la mesa, primero servía a los niños, un cazo a cada uno, porque no tenía sentido hacerles comer más, y el resto a repartir entre los diez de la mesa grande, que tampoco es que llenara a rebosar los platos. Salvo los pequeños, nadie empezaba a comer sopa hasta que la abuela devolvía la sopera a la cocina y se sentaba. Se la oía murmurar algo así como una bendición, y se santiguaba. Esa era la señal. Después, el pollo, del que casi todo el mundo decía «a mí, ponme solo un trozo, que ya estoy lleno», salvo el tío Carlos y su hijo Héctor, que no tenían fondo. Creo que en muchos casos no era verdad, sino que lo hacían a propósito para que sobrase y la abuela hiciese croquetas el día siguiente. 

Cuando nadie quería más, ella juntaba todos los restos para aprovecharlos en las croquetas. Las demás mujeres recogían la vajilla con sumo cuidado, y los hombres cerraban las extensiones de la mesa para que hubiera más espacio en el salón. La mesa de los niños volvía a ser una mesa de centro, y se retiraban sus asientos, puesto que ellos apenas paraban quietos ya. Aparecían, como por arte de magia, bandejas de turrones, mantecados y neulas. Las copas se llenaban de cava, y los corazones, de espíritu navideño. Y así, según pasaban las horas, las copas y bandejas se vaciaban a la vez que el ambiente se llenaba de risas, historias y fragmentos de villancicos.

Por la mañana, la abuela tenía en un rincón de la cocina la basura de la nochebuena: cuatro botellas vacías para retornar al colmado, los papeles de envoltorio de los turrones y mantecados, las latas de los mejillones y las olivas, y los huesos del pollo. 

Publicado la semana 103. 18/12/2019
Etiquetas
Dickens , Navidad, Fantasma
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