Semana
09
Marisa Herga

PAN, ACEITE Y NARANJAS

Género
No ficción
Ranking
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Era lunes y tocaba ir a empeñar las pertenencias que el viernes había rescatado con el mísero jornal que conseguía llevar a la casa.

La mujer cruzó la calle a toda prisa mirando hacia un lado y hacia el otro, como tratando de ocultarse, luego descendió por la empinada cuesta hasta desembocar en la recoleta placita detrás de la residencia del obispo, donde se encontraba el antiguo palacio medieval que se destinó por las  autoridades, tiempo atrás, para  ubicar allí la casa de empeños.

Entre los pliegues de la vieja toquilla de lana negra que le servía de abrigo, pieza común que calentaba el invierno a las mujeres humildes, llevaba un fardo bien escondido: un paquete atado burdamente con una cuerda que contenía un par de sábanas blancas de hilo, mandadas a bordar con mucho sacrificio a las monjas del Postigo, conservadas con cariño durante años y que pensaba destinar para la dote de la niña, un par de gemelos de plata que el marido llevó en la boda, herencia del abuelo, una tabaquera de piel en la que había depositado su pátina el tiempo y el uso y unos cuantos libros de aventuras de Julio Verne y Alejandro Dumas bastante deteriorados, que eran la última posesión del más joven de sus hijos, el que vinieron a buscar para matarle, cuyo delito era estar afiliado al sindicato y huyendo de los asesinos, se fue a la guerra.

La mujer vestía toda de negro desde aquel aciago día que quedó viuda, algunos años atrás, por un estúpido accidente en el campo que tuvo su marido en la uña del dedo gordo de un pie, que se infectó y le envenenó la sangre. Nada se pudo hacer para salvarle, el hombre que era bastante joven aún se fue en menos que canta el gallo, dejándola con tres criaturas y con una mano delante y otra detrás.

Al morir el marido, su cuñada que no había tenido hijos, una mala pécora carente de sensibilidad y sentimientos, sin ningún reparo la echó a la calle de la casa que era de todos y donde habitaban desde siempre, y porque no había papeles que justificaran la propiedad de la casa y todos los enseres, se quedó con todo sin ningún miramiento.

De nada sirvieron los años que compartieron la vida las dos familias juntas, la casa, las herramientas, el ganado y las fincas que los hombres faenaban. Ni las lágrimas que la viuda derramó, las súplicas, ni los llantos de aquellos inocentes niños conmovieron un ápice las entrañas de aquella mujer desabrida y estéril.

Así, de la noche a la mañana, después de tener una  posición holgada, gran casa y criados, se vio defenestrada y hundida, desahuciada del que fue su hogar y el de sus hijos, tan pequeños, sin saber qué  hacer con su vida.

A duras penas, la viuda consiguió ganarse la vida lavando la ropa de aquellos que podían pagarlo, en los lavaderos de las aguas del río Aguas Vivas. Lloviera o tronara, recién amanecido el día, seis veces por semana, salía de la vieja casa alquilada en el barrio pobre con el baño de zinc sobre la cabeza repleta de ropa sucia.

Al llegar el viernes, después de la entrega de la ropa lavada y recién planchada casa por casa y con el jornal cobrado a buen recaudo, apretaba fuerte su boleto en la faltriquera y a toda prisa, sin mirar atrás, bajaba la cuesta camino del Montepío.

Para espantar la miseria, aquel día como si fuera una fiesta, sobre la mesa habría pan, aceite y naranjas.

Publicado la semana 9. 01/03/2018
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Historia en blanco y negro
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