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Alba Plata

MISTERIOSO ROBO EN EL MUSEO III

 Vuelto en sí, trató de recordar los hechos acaecidos esa noche, que narró ante el juez con voz cansada y aturdido todavía por la impresión, el efecto del golpe y los medicamentos.

-Aquella noche tomé del café que había dejado hecho el vigilante anterior, -dijo. -Estaba tan delicioso que no me resistí a tomar varias tazas. Suelo tomar bastantes cafés en el trabajo porque me mantiene despierto y alerta. Me sorprendió que hubieran sustituido a Luis sin avisarme. Me hice a la idea que era política de empresa. Lo normal es que los jefes tomen decisiones y no den explicaciones a los trabajadores. Así  es siempre.

-Una dama ricamente vestida envuelta en un halo de brillantes luces se  me apareció. La sentí como algo bastante real. Vino hacia mí y en volandas me llevó hasta la sala del Resucitado. No recuerdo haber llegado allí por mi propia voluntad sin embargo, ahora que lo pienso fríamente, esa alucinación nos salvó a los dos.

Relataba la experiencia vivida, respondía a las preguntas pausadamente. Por momentos su mente quedaba en suspenso, y al volver a recordar, reiniciaba su relato a veces un poco caótico. Todo era difuso y extraño.

En principio debía permanecer en el Hospital hasta tanto se recuperara custodiado por la policía, al fin y al cabo era el único testigo y de momento se le consideraba sospechoso mientras durara la investigación.

Las visitas de Mina surtieron un efecto revitalizador en el herido, podría decirse que milagroso. Era un hecho que su relación se estaba consolidando. En unos días se incorporó de la cama y comenzó a dar pequeños paseos en su compañía.

Luis el compañero al que debía sustituir aquella noche acudió a la policía, les mostró un mensaje de móvil que recibió sobre las 12 del mediodía del día de los hechos, en él se le comunicaba que se había cambiado su turno. Podía disponer de esa tarde libremente, al día siguiente continuaría rotando el turno como lo hacía de manera habitual. No era frecuente que la empresa se comunicara con sus empleados por medio del teléfono móvil, pero dedujo que a lo mejor optaron por este medio ante la premura de tiempo.

El revuelo por lo ocurrido alertó a los vecinos que antes no habían sentido preocupación por la herencia de sus antepasados contenida en el palacio. Los medios se encargaron de difundir el intento de expolio de los bienes de la comunidad, llegando al noticiario de las distintas cadenas de televisión por tratarse de un caso insólito en una ciudad tan pequeña y tranquila donde rara vez ocurría algún hecho reseñable fuera de lo normal.  Sin embargo este suceso tan singular fue el detonante para concienciar a los habitantes y más todavía a las autoridades que, a partir de entonces, asumieron la importancia que tenía conservar y proteger el rico patrimonio de la región para legarlo a las generaciones futuras, un patrimonio en muchos casos imposible de cuantificar económicamente.

Hay que agradecer a la policía que intervino con rapidez y gran eficacia. Convinieron que se había tratado de un robo malogrado y descubrieron algunas lagunas en el plan, gracias a las que se pudo detener al delincuente. Fue detenido y acusado de los cargos de robo frustrado e intento de homicidio. Descubrieron que no se trataba de una banda organizada como  pensaron en un principio sino que el ladrón actuó sin compañía por encargo de un traficante de obras de arte con la intención de sacarlas del país y desprenderse de ellas en el extranjero por un buen precio.

Tiempo después cuando Germán fue dado de alta quiso enseñar a Mina su lugar de trabajo y el objeto de todo este desatino que, de no haber salido bien, quizá hubiera abortado sus proyectos de futuro e incluso habría acabado con su vida. Pese a que residía en la ciudad desde que comenzó sus estudios de bachillerato, en todo ese tiempo la joven fue al Museo sólo una vez como una actividad obligatoria del Instituto, y ahora  con el inicio de sus estudios de Historia se había prometido no dejar de visitarlo en breve. A excepción del aljibe nada recordaba de su visita de entonces, algo debía tener de mágico ese lugar pues siempre quedaba marcado en la memoria de todo visitante.

La pareja se apostó frente al Jesús Resucitado del Greco la pintura que durante dos años le tenía fascinado, hermano de otros cuya serie se  conserva completa en la catedral de Toledo. Quería compartir con Mina las sensaciones que aquella obra maravillosa le transmitía y las noches que pasó contemplándola en silencio. Muchas veces se dijo: “si un día ardiera el Museo, esa sería la obra que rescataría aún a costa de mi propia vida”,  tan seducido estaba que se propuso viajar a Toledo la ciudad que guardaba buena parte de la obra de este artista, contemplarla in situ, en particular el Expolio, la magnífica creación sobre la que había leído todo cuanto caía en sus manos.

-Veo que estás aquí. –Tras ellos, una vigorosa voz masculina, les despertó de su artístico ensueño y les previno que no estaban solos.

-Quería hablar contigo, tengo información que debes conocer. ¿Cómo te encuentras?

-Me estoy recuperando bastante bien, gracias, -correspondió al saludo del director.

-Como sabes detuvieron al presunto ladrón y ha confesado. Efectivamente coincide con lo que pensabas. Se hizo pasar por el vigilante que sustituyó a Luis, cuando se despidió y cerró la puerta de un golpe,  se escondió dentro del palacio esperando que las pastillas que había disuelto dentro del café te hicieran efecto. Entonces, disfrazado de mujer y cubierto con un velo para que no pudieras reconocerle, aprovechó el estado de alucinamiento en que te encontrabas llevándote al Museo de Bellas Arte. Pensaba hacerte pasar por cómplice. Allí te golpeó dejándote inconsciente donde te encontró el hortelano. El ladrón pensó que te había matado, tuvo miedo y huyó sin concluir su trabajo.

-Parece que el misterio se ha desvelado felizmente, me quedo más tranquilo. ¿Qué va a pasar ahora?

-Está previsto remodelar y hacer una ampliación del Museo, tanto la parte del palacio como la Casa de los Caballos. Se instalarán dispositivos de vigilancia de la última tecnología y no quedará un rincón sin controlar, además hemos decidido ampliar el número de vigilantes, al menos uno por museo y un supervisor.

-Te he propuesto para este puesto, si estás de acuerdo. Tendrás turnos más reducidos y tu sueldo se verá incrementado. Las obras comenzarán en breve y calculamos que duraran un par de meses. Dispones de ese tiempo para tomarte unas vacaciones y reponerte del todo. –El director esperó en silencio la reacción del joven.

-Me gustaría hablarlo con Mina, quiero formar parte de su vida de ahora en adelante, y ella tendrá que opinar.

-De acuerdo. Ya me dirás. Tu eliges.

Ya había salido a la calle, cuando al instante regresó mesándose la barba, como si hubiera olvidado decir algo muy importante.

-Acabo de hablar con la Consejera de Cultura y Patrimonio, estoy autorizado para informarte que te ha propuesto para la medalla de la Región por tu valentía al defender las obras que se custodian en el Museo y repeler al intruso. La medalla la entrega personalmente el Presidente en la fiesta que se celebra el día de Extremadura en el Parlamento Regional. Te lo comunicarán de manera oficial informándote de los detalles.

Ambos hombres se estrecharon la mano y se unieron en un sentido abrazo. Germán le sonrió con agradecimiento, sabía que había tenido mucho que ver en todo aquello. Un camino lleno de esperanzas se abría ante él.

-Te deseo mucha suerte. Enhorabuena, -y se marchó sin esperar una respuesta.

La noticia de aquel hecho que pudo terminar en una doble tragedia, dio pábulo para acrecentar la imaginación popular. Los rumores iban y venían. Hubo personas que dijeron haber visto la mora Manssaborá recorrer las calles del recinto amurallado en la noche, unas calles que ella anduvo de niña cuando se acercaba a orar hasta la gran mezquita. Todavía pueden contemplarse partes del minarete desde donde el muezzin se encargaba de llamar a la oración a los musulmanes de la ciudad, y si se cierran los ojos, en la quietud y el silencio del recinto de piedras, aún puede escucharse su monótono cántico.

Luego, a la salida del rezo la joven hija del Qaid  se paseaba por la plazuela donde estaba instalado el mercado. Recorría los puestos y junto a su favorita adquiría pañuelos de seda, abalorios de colores, y frutas exóticas traídas desde el otro lado del mar.

Lentamente la pareja salió del palacio, cruzó la plazuela de San Mateo en el momento en que en el reloj de la iglesia daban las nueve campanadas, la hora en que las voces angelicales de las monjitas de la clausura del Convento de San Pablo se dejaban oír entonando sus cantos de las horas y, calle abajo, fueron caminando tomados de la mano hasta perderse entre la bruma de la noche recién nacida.

Publicado la semana 86. 25/08/2019
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