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Alba Plata

EL MISTERIOSO ROBO EN EL MUSEO II

Le extrañó encontrar la puerta de acceso al aljibe entornada, indignado por esta negligencia del compañero, encendió la luz y bajó hasta la altura del agua. Desde que descubrió ese recinto quedó cautivado por la belleza y perfección  de los arcos de herradura que lo sustentaban, signo inequívoco de que había sido construido por los árabes, grandes maestros en conducciones de agua. Desde el siglo XII permaneció en funcionamiento, proporcionando agua potable a la población. El extraordinario lugar tenía algo de mágico y misterioso como todo lo relacionado con el agua.

Germán había desarrollado su propia teoría: los arcos de herradura de gran perfección, algo que parece impropio de una cisterna, habrían estado pintados pues, a pesar de los siglos y la humedad, aún conservaban  restos de color,  por eso creía que en principio no fue construido como aljibe si no como una mezquita dentro del alcázar musulmán y que por alguna razón después se reconvirtió en cisterna para abastecer a la población,  razón por la que se había conservado a pesar de que, durante siglos, el edificio sufrió varias reformas.

Antes de abandonar el lugar, el lecho de agua comenzó a erizarse, un suave murmullo llegó buscando sus oídos, como un quejido, como  un lamento en medio del silencio. Tal vez se filtró una gota de agua dispuesta a ocupar su sitio en el estanque, quizá fuera un pájaro que se coló y no encontraba la salida, o se trataba de un golpe de aire que llegaba a través de los agujeros de ventilación. Volvió la vista atrás, se frotó la cara en un intento de esquivar sus miedos, y tratando de no darle mayor importancia, accionó el interruptor, apagó la luz, cerró con llave y continuó con la ronda.

Aquello le hizo recordar una de las leyendas que se contaban desde antiguo: Se decía que la hija del Qaid, enamorada de un caudillo cristiano, facilitó la entrada al ejército enemigo a través de un pasadizo secreto. Por esta traición el Qaid perdió su casa y su honra, enfurecido, ató a su hija a una de las columnas y le dio muerte. De nada sirvieron sus llantos y gritos de piedad, durante siglos, sus lágrimas cayeron en las quietas aguas del aljibe. Dicen que desde entonces puede verse a la mora caminando en la noche por las estrechas calles de la ciudad en un llanto que no tiene consuelo, por los siglos de los siglos.

Germán era un hombre pragmático poco dado a conceder crédito a leyendas ni fábulas de viejas. Seguramente en origen hubo algo de verdad en esa historia, y al correr del tiempo, las siguientes generaciones lo fueron corrigiendo y aumentando hasta llegar a nuestros días. Una ciudad medieval como ésta cuyo origen inicial se remontaba a un campamento de legiones romanas, habitada por las distintas civilizaciones que invadieron la península Ibérica, una zona poblada de cuevas que poco a poco han sido descubiertas y que fueron asentamiento de los primitivos humanos donde dejaron impresa su huella, todo ello fomentaba el imaginario popular. Efectivamente, era cierto que el aljibe proporcionó agua potable a la población hasta bien entrado el siglo XIX, un acceso desde el Callejón del Gallo, ahora cegado, lo permitía.

No se detuvo a contarlas, pero debían ser ya las doce cuando escuchó tañer las campanadas en el reloj de la plazuela. Desde el convento de San Pablo llegaban como un susurro de voces celestiales las notas de los cantos a maitines de la clausura. La noche parecía tranquila, sin novedad digna de reseñar.

Antes de regresar a su habitáculo, se cercioró de que el despacho del director quedó herméticamente cerrado, se consideraba una zona restringida, nadie estaba autorizado a entrar sino era con su permiso. Allí se guardaban informes confidenciales sobre la adquisición de obra nueva y tasaciones, se rumoreaba que se custodiaban también los planos de la remodelación y ampliación de todo el Museo, algo necesario para hacer de la colección un bien añadido a los encantos de la ciudad, y así  poder exhibir los varios miles de fondos que se guardan en almacenes y los que entran de las excavaciones en toda la región. De momento no se quería dar publicidad, pretendían mantenerlo en el mayor de los secretos, ardua tarea, pues los periodistas, que husmean y lo descubren todo, no dejaban de difundir rumores que poco a poco se extendían por la ciudad.

El director, esbelto y flaco de carnes, nariz regia, vestido siempre con traje color gris y corbata que le daba un aspecto señorial, muchas noches permanecía en su despacho hasta la madrugada, atareado con la multitud de funciones propias de su cargo. Germán pasaba junto a la puerta entornada si observaba que la luz de la lámpara permanecía encendida, sabía que el director seguía trabajando.

 -Buenas noches, -se hacía visible.

-Buenas noches, -respondía desde el interior una voz profunda. Luego salía y mantenían una breve conversación.

El Museo una institución muy activa que a lo largo de todo el año realizaba conferencias, presentaciones de libros, veladas musicales, cursos para voluntarios que informaban a los visitantes, reuniones. Muchas veces estas actividades corrían a cargo de personajes ilustres y expertos estudiosos de las materias que se trataran. Una actividad nueva era la exposición de la pieza del mes, generalmente de pequeño tamaño, procedente de excavaciones de la región sobre la que el propio director hacía una disertación en público.  

Germán comenzó a no encontrarse bien. Presa de un ligero vahído, se sentó aturdido, la cabeza le daba vueltas, se sentía confuso y le molestaba el estómago. Rellenó de nuevo la taza degustando cada sorbo con deleite. El compañero que debía ser nuevo y habría venido a sustituir a Luis,  pues no le había visto nunca antes, sabía hacer un buen café, la próxima vez que le viera le felicitaría por ello y le pediría su secreto. Hacía tiempo que dejó de fumar, sin embargo ese era uno de esos momentos en que echó de menos exhalar unas bocanadas del humo de un cigarrillo y compartirlo en buena compañía. Aquel mareo no remitía.

Las pantallas no habían revelado nada extraño. Llegó de pronto, fue como un relámpago que consiguió asustarle. Le sorprendió un brillante resplandor de cegadora luz blanca de origen desconocido que  ilumino el lugar llenándolo de pequeñas candelas encendidas que flotaban en el aire  moviéndose de un lado a otro. En ese instante el tiempo pareció quedar en suspenso. Se hizo un silencio total, los cánticos de las monjitas enmudecieron y una espesa nube oscureció su mente impidiéndole percibir el espacio que le rodeaba, la habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor, la vista se le nublaba percibiendo desdibujadas las imágenes.

No comprendía lo que le estaba pasando. Hizo intento de levantarse de la silla pero una fuerza poderosa le impedía dominar  las manos y las piernas no respondían a sus deseos. Parecían estar agarrotadas, ancladas al piso con solidez sin querer obedecer las órdenes de su cerebro. De entre aquella honda nebulosa surgió una figura femenina ataviada  con ropas antiguas  cuyo rostro  llevaba cubierto por un velo. Sus mermadas fuerzas no conseguían eludir la atracción de semejante visión. No tenía miedo pese a que la imagen sobrecogedora  y alucinante se le acercaba lentamente sin hablar, le tomó de la mano, y flotando y elevado por el aire, la misteriosa dama le condujo a través del jardín hasta la sala 15, depositándolo justo bajo el cuadro del Jesús Resucitado pintado por El Greco.

Era de madrugada cuando un vecino que se dirigía a regar su huerto en la Ribera del Marco, advirtió sorprendido que la puerta que daba al Rincón de la Monja estaba abierta. Demasiado temprano para hacer la limpieza, pensó atribulado.

-¿Hola, hay alguien? ¿Hola?

Insistió hasta cerciorarse que nadie respondía, y con cierta prevención, se coló en el interior de la primera sala descubriendo tendido en el suelo el cuerpo del vigilante de seguridad. Temiendo que estuviera muerto, no se atrevió a tocarlo aun así, venciendo sus miedos, llamó al 112. Rápidamente llegaron la ambulancia y los coches de la policía. El director del Museo, que fue avisado, también apareció tremendamente afectado y con la lógica inquietud por lo que pudiera haber ocurrido en el Museo del que era absoluto responsable. Desde luego había una despreocupación dado que nunca antes se había dado un caso semejante en una ciudad tan tranquila.

Los sanitarios examinaron el cuerpo del vigilante y comprobaron que el golpe recibido en la espalda le produjo un desvanecimiento y que no llevaba mucho tiempo tumbado sobre el piso según apreciaron. No detectaron señales de violencia, apuñalamiento ni otra clase de golpes que no fuera ese. Una rápida observación del iris indicaba que había ingerido algún tipo de alucinógeno, o quizá se lo habían hecho tomar en contra de su voluntad. La Científica recogió cuantos indicios pudo hallar.

Presente en el lugar de los hechos en todo momento, el director frunció el ceño preocupado y negaba reiteradamente con la cabeza. Siempre consideró a Germán un buen profesional, digno de confianza, fiel cumplidor de su trabajo, una persona honesta. No le convencía que estuviera implicado en un acto delictivo o lo que fuera que allí ocurrió. Echó un rápido vistazo por la sala sin detectar nada fuera de su sitio, los cuadros permanecían colgados en su lugar. Allí estaban la joya más antigua que el Museo conservaba, una Cruz Procesional de bronce con esmaltes de principio del siglo XIV, la talla de la Santísima Trinidad de alabastro, y otras piezas antiguas de incalculable valor. Si se había tratado de un intento de robo, no se habían llevado nada, o eso parecía.

Afortunadamente el empleado de seguridad seguía vivo, pero una serie de herramientas aparecieron tiradas al lado de su cuerpo; todo indicaba que iban a ser utilizadas tal vez para sustraer alguna pieza de la sala y por la razón que fuera aquellos que pensaban usarlas se vieron obligados a huir precipitadamente dejándolas allí abandonadas. Eso era una prueba decisiva de las que podrían extraerse huellas, lo que facilitaría encontrar al culpable.

Trasladado en la ambulancia fue conducido hasta el hospital, allí le curarían las heridas, le harían las pruebas pertinentes que identificaran con exactitud el tipo de alucinógeno que había tomado y la policía se pondría a trabajar para descubrir el misterio. La Consejería de Cultura y Patrimonio, que había hecho dejación de sus funciones, a la vista de lo ocurrido comenzó a mover los hilos para averiguarlo dada la repercusión mediática a nivel nacional, algo que los políticos llevan bastante mal. 

Publicado la semana 85. 12/08/2019
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MANSSABORA FLOLK , HISTORIAS Y LEYENDAS DE MI CIUDAD , EN NOCHES DE LUNA LLENA , CUENTOS DE INFANCIA QUE CONTABAN LAS ABUELAS EN LAS NOCHES DE INVIERNO
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