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Alba Plata

EL MISTERIOSO ROBO EN EL MUSEO I

“Permita Alá, que mal fin tenga tu cuerpo.

 Yo te maldigo hija de mi sangre,

que tu alma y quienes te ayudaron

 vaguen eternamente por estas tierras

 y no descansasen en paz.

 Así ha de ser

hasta que Qazris vuelva a ser musulmana.”

 

(Leyenda)

Pregúntale a la luna

que hoy es noche de San Juan,

que mientras las piedras duermen

pregúntale y te dirá

que una princesa cautiva

va sembrando la ciudad

de lágrimas de esmeralda,

Mora de Manssaborá.

 

(Leyenda de la mora de Manssaborá)

 

A diario su trabajo nocturno le obligaba a hacer idéntico trayecto, pasaba por los mismos sitios sin casi mirar; atravesar las calles y los parques se habían convertido en una cotidiana y aburrida rutina hasta el punto de que había perdido la buena costumbre de fijarse en los lugares por los que maquinalmente transitaba. A esa hora circulaban pocos transeúntes, las tiendas ya hacía tiempo que habían cerrado, sólo se mantenían encendidas las luces de los cafés y los restaurantes que apuraban los últimos servicios.

Germán subió a buen paso por la calle Ancha, una empinada cuesta recta y elegante, y pese a su nombre, bastante estrecha, flanqueada a ambos lados por palacios de familias de abolengo de la ciudad. Una pareja de enamorados se besaba en cada esquina y fue a ocultarse en el portal más oscuro, un rezagado que caminaba hacia su casa a deshoras dando trompicones y un gato que apareció de pronto maullando para escaparse inmediatamente por un callejón, fueron los únicos seres vivos con los que se topó antes de que las once campanadas sonaran en el reloj de la iglesia de San Mateo.

Cruzó la plazuela deprisa. La noche era clara, una luna grandiosa y blanca se adueñó de un cielo poblado de multitud de centelleantes estrellas. Al contemplarla pensó que nunca antes había visto una luna tan embrujadora.

Abrió con su llave la puerta del Museo, cerrándola a su vez al traspasar el portal.

-Buenas noches, -saludó el compañero al que venía a relevar.

-Buenas noches. ¿Todo bien?, -le preguntó automáticamente.

-Sin novedad. Todo está tranquilo,-dijo. –Acabo de hacer café.

-Muy bien, gracias, lo necesitaré, las noches son tediosas.

-Está bonita la noche con esa luna hermosa. Nunca la vi tan grande y luminosa.  -Afirmó mientras recogía sus cosas  y abría el portón para irse a su casa. Su tuno de tres a once se le había hecho extremadamente largo y por fin ya había terminado. Le pareció que había sido un turno extraño, algo en el silencio del palacio no le gustaba y le había inquietado, se sentía vigilado por una presencia misteriosa, una cosa insólita teniendo en cuenta que era la tarde del domingo, un horario en que el Museo está cerrado al público.

-Hasta mañana, buen servicio, -se despidió cerrando la puerta de un golpe seco, sin compartir con el compañero su enigmática sensación.

Con el uniforme en la mano y la bolsa de deportes en la que guardaba su cena Germán se dirigió al cuartito tras la garita de la taquilla donde se expendían las entradas, lugar de descanso y en el que se dejaban la ropa y efectos personales. Sacó una fiambrera, la colocó sobre la mesa y cenó antes de cambiarse para no manchar el atuendo de trabajo. Tomó un trocito de tortilla de patatas, un filete empanado con una lata de cerveza y un yogur natural. Luego cambió la ropa de calle por el obligado uniforme, dejó en carga la batería del móvil, comprobó la linterna y se dispuso a hacer la ronda después de revisar los monitores y cerciorarse de que todas las cámaras de seguridad estaban activadas. No hacía mucho que se habían instalado, con posterioridad también pusieron detectores de humo. Era patente que a la administración no le interesaba proteger la cultura, y dado que la ciudad era poco conflictiva, durante mucho tiempo resolvieron que no era necesario gastar dinero en esos medios de disuasión.

Para cualquier persona podría ser aburrido, sin embargo para Germán su trabajo era gratificante, le hacía inmensamente feliz, disponía durante horas de todo el Museo con toda su historia y todo su rico contenido para él solo. Constituía un disfrute grandioso que además no le obligaba a compartirlo con nadie. “El buey solo bien se lame”, se decía para sí.

Dos edificios históricos situados en un promontorio en la parte alta del casco histórico de la ciudad componen el Museo. Uno de ellos, un palacete cuyo solar pudo albergar el desaparecido alcázar almohade, recoge las secciones de Arqueología y Etnografía. Se trata de una casa palacio de piedra de traza rectangular sin fortificar, adornada en su fachada por unas gárgolas y pináculos de cerámica que ocupan el lugar en que estuvieron las veletas que dan nombre al edificio.

El vigilante atravesó el vestíbulo en dirección al precioso patio interior      renacentista sostenido por ocho columnas toscanas sin encender la linterna; no era necesario, la luz cenital de la noche clara se colaba hasta el patio. Bajó las escaleras de piedra, cruzó el jardín y recorrió el acceso hasta el otro edificio, en tiempos las caballerizas del palacio, transformado hoy en  Museo para contener la colección de Bellas Artes. Abrió la puerta que su compañero dejó cerrada y se aseguró de volver a cerrarla tras él. Se introdujo en el interior de la sala 15 del piso superior donde se exhibían obras de autores tan importantes como Picasso, Miró, Saura, Valdés, Canovar, Guerrero, Millares, Tapies, Guinovart y Zóbel,  y los extremeños Ibarrola, Eugenio Hermoso y Ortega Muñoz. También había varias esculturas de Chirino, Lobo, Oteiza y Julio Hernández. Reconocía que todas eran obras notables y de gran valor que muy bien podrían estar en el Museo del Prado, sin embargo las vanguardias y el arte abstracto no eran muy de su gusto, y no solía detenerse más allá del tiempo suficiente para la comprobación. Si todo estaba en su sitio, continuaba bajando hasta la sala 16 dedicada a exposiciones temporales, la mayoría de las veces bastante interesantes y de autores reconocidos internacionalmente. Hacía muy poco habían dedicado una exposición al valenciano Sorolla.

Pero su sala favorita era la 17, la de abajo dedicada a los siglos XIV al XIX,  que acogía grandes joyas de estos siglos, pintura, orfebrería y arte sacro. Una pieza destacaba entre todas: una obra de Jesús Salvador pintado por El Greco que le atraía como un imán. Todas las noches se quedaba  parado frente a ella, extasiado ante la viveza de los colores de la túnica de color rosa, un color extraño para un hombre, y el magnético rostro de Jesús, un rostro bello y noble que se dirigía directamente a él con su dulce mirada, siguiéndole por donde quiera que se moviera. Parecía estar vivo, así lo sentía,  tenía la certeza de que esa imagen le hablaba, sin duda le reconfortaba y le aportaba mucha paz, quizá, hasta le protegiera en las largas noches de soledad y vigilia en el Museo.

Comprobó puertas y ventanas, revisó los baños. Alguna vez se dio el caso de encontrar a algún turista cansado que no teniendo donde pernoctar, se había quedado allí dormido. Inspiró satisfecho. Todo estaba en orden. Se detuvo de nuevo frente al Resucitado, era tal su encantamiento que le resultaba imposible abstraerse a la atracción de esa figura de un hombre joven cuya imagen de  pureza virginal el pintor consiguió transmitir milagrosamente. Luego se despidió de él con un gesto de los dos dedos sobre la frente a modo de saludo marcial y retornó al palacio.

Subió deprisa las escaleras hasta la sala 17, atravesó presuroso la pasarela sobre el jardín iluminado por la gran luna y, deteniéndose en el último peldaño, echó una ojeada a las esculturas allí expuestas. A lo lejos las farolas alumbraban el camino que lleva al Santuario de la Montaña, el encalado edificio que guarda la imagen de la Virgen destacaba en lo alto como un leal centinela vigilante de la ciudad desde su atalaya.

Regresó dentro del palacio. Al llegar a la garita, examinó el teléfono aún sin terminar la carga. No había recibido ni llamada ni wasap, se preparó un café y se sentó a descansar. Había sobrevalorado su resistencia al subir las escaleras demasiado deprisa, ya cumplió los treinta, no podía considerarse un jovencito y, desde que se matriculó en la Universidad, había aparcado el deporte por falta de  tiempo. Dos años hacía ya que empezó con la carrera de Historia; trabajar en el Museo había fomentado su deseo de conocimientos del arte y la historia y ahora se convirtió casi en una necesidad. Este trabajo fue un gran hallazgo, disponía de los elementos esenciales para estudiar: silencio y tiempo. El procuraba aprovecharlo bien. Ya dormiría cuando llegara a casa en la mañana. No tenía familia, tampoco contaba con muchos amigos, desde muy joven se dedicó a trabajar y a estudiar y no había cultivado las relaciones sociales. Tuvo una historia romántica siendo muy joven, pero aquello no prosperó, la chica le abandonó, según le dijo era un aburrido, vana excusa aquella pero así fue y debía tener razón, hablaba poco, no le gustaba, lo suyo era observar y sentir, y siendo como era el trabajo nocturno de vigilante del Museo, le venía al pelo, no teniendo compañero no se veía obligado a conversar.

Hacía poco conoció a una compañera de la Universidad, bastante más joven que él, una estudiante de Historia que solía sentarse a su lado en la misma bancada. En todo el curso no se había fijado en ella, así que cuando un día, antes de salir de la clase, le abordó para pedirle ayuda, quedó impresionado.

-Disculpa, -le dijo la muchacha con una angelical sonrisa que le dejó desarmado.

Perdona que te moleste. Me he perdido algunas clases y me faltan apuntes de Prehistoria. ¿Te importa prestarme los tuyos para hacer fotocopias? Te los devuelvo enseguida. Mi nombre es Mina, -y le tendió la mano.

-Por supuesto, claro, -confirmó balbuciendo. En realidad estaba encantado, nunca antes una mujer  se le había aproximado tan directamente. –Yo soy Germán, --se presentó titubeante.

En el silencio rememoraba el momento en que hablaron por primera vez. Y cómo comenzaron a verse, primero tomando café en la cafetería de la  Universidad, luego fuera de las clases, alguna vez al cine o de paseo Estaba ilusionado, no le faltaban ganas de llegar un poco más lejos, pero había que dar tiempo al tiempo. Todo llegaría cuando tuviera que llegar, pensaba con su lógica mente, tan organizada  y racional

Apuró el café que le dejó reconfortado, echó un vistazo a los monitores  y volvió a su ronda. Cruzó las salas de la sección de Arqueología, enfocó la linterna hacía las vitrinas perfectamente cerradas, llegó hasta la última sala de Etnología y Vestimenta, atravesó toda la cronología que cubría desde el Megalítico hasta la época romana antesala al acceso al aljibe hispano musulmán.

Publicado la semana 84. 06/08/2019
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La mora de Manssaborá , Leyendas de mi ciudad , Por supuesto no dejar de leer aunque sea el prospecto de un medicamento
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