Semana
08
Marisa Herga

Tiempo de glicinias (Desde mi ventana)

Género
No ficción
Ranking
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Desde primera hora de la mañana, el gran ventanal del gabinete del segundo piso deja entrar tanta luz, que coloniza la sala de luminosa claridad durante todo el día, y ahora que dispongo de tiempo, he confiscado un pequeño rincón para mí, en el que dispongo de una mesita que mi hija mayor amplió añadiendo un tablero que la hizo más funcional y desde entonces la uso como escritorio, donde he instalado un pequeño ordenador para realizar esta solitaria y gratificante tarea de escribir. Incorporé también un práctico y cómodo sillón giratorio, tipo despacho, de cuero negro, que hará más cómodas las muchas horas que dedico a esta desbocada afición mía.

Puedo ver desde aquí el jardín que adorna la placita rectangular que hay bajo mi ventana. Tiene ocho parterres de verde césped muy cuidado, que un jardinero poda bastante a menudo y lo mantiene como un manto de terciopelo. Unas hurracas ocupas y parlanchinas han conquistado las más altas copas de las elegantes palmeras, ocho naranjos sobreviven a las heladas del invierno y un seto de “espino de fuego”, circunda el perímetro.

El jardincillo es todo verde, no tiene flores, no hay otro color que el verde en distintos matices, pero al inicio de la primavera, como por un extraordinario prodigio, la pérgola que rodea la fuentecilla central adornada con una especie de escultura, bastante fea por cierto, de cuyo surtidor mana impenitente un chorro de agua, se invade de pequeños botones de color malva, poco después se tornan en olorosas glicinias que cuelgan como hermosos racimos de uvas, tan efímeras, que apenas da tiempo a disfrutarlas: pronto yacen esparcidas por el suelo como una preciosa alfombra vegetal. En los naranjos florece el blanco azahar del que luego emergen brillantes naranjas amargas, y una vez maduras, caen de sus ramas degolladas por el tiempo, y diseminadas por el césped, nadie las recoge.

Hacia el final de la primavera, el seto verde claro de “espino de fuego” que bordea la plaza, se vuelve de un verde oscuro con topitos blancos en densas inflorescencias, como si estuviera nevado, y en otoño, las ramas maduras se cuajan de pequeñas y sabrosas bayas amarillas y naranjas que cambian al rojo intenso según se acerca el invierno. Las bandadas de alborotados pajarillos en un ballet rítmico y sincronizado, con sus ruidosos aleteos, acuden a hurtar estos manjares exquisitos.

En los  días de sol, los más mayores toman al asalto aquellos bancos de hierro de la plaza que no estén ya ocupados por los ruidosos jóvenes del cercano Instituto, que en grupos heterogéneos, comparten risas y chanzas y se reúnen a ver pasar el tiempo, sin prisas, siempre colgados al teléfono móvil.

Tantos años mirando cómo pasa la vida por esta recatada placita, que he terminado por acostumbrarme a sus cambios, y hasta puedo adivinar con antelación cuánto de hermosa será cada estación.

Me asombra y admira esta belleza de lo efímero y esa agradable sencillez del que yo he adoptado ya como mi pequeño jardín particular. 

Publicado la semana 8. 19/02/2018
Etiquetas
El nacimiento de la primavera de Vivaldi , La proximidad de la primavera , Desde una ventana que mire a un jardín , Una nueva vida que acaba de nacer
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